Hay dolores que no sangran, pero duelen. Se alojan en el pecho como una piedra caliente, invisible a los ojos, pero incandescente por dentro. Nadie los ve. Nadie los nombra. Pero gobiernan silenciosamente nuestras decisiones, nuestras palabras, nuestros silencios. Hay heridas que no tienen forma, pero tienen historia. Y aunque no las reconozcamos, ellas nos conocen a la perfección.

Esa herida puede nacer de un abandono, de una palabra no dicha, de una despedida que nunca fue clausurada. O de algo más sutil: el desamor cotidiano, el olvido sistemático de uno mismo. La herida que no se ve no tiene cicatriz visible, pero deja cojeando al alma. Y duele más al no concedérsele espacio. Nadie la valida. A veces, ni siquiera nosotros sabemos que existe.

Vivimos en una cultura que aplaude el maquillaje emocional. Sonríe, agradece, sigue adelante. Hay que estar bien, aunque se esté roto por dentro. Nos vestimos de entereza como si eso bastara para protegernos del derrumbe. Pero, ¿cuánto se puede sostener una fachada sin que se desplome el cimiento? ¿Cuántas veces más vamos a disfrazar el grito como si fuera silencio?

No reconocer la herida, no la cura. Al contrario, la infecta. La hace crecer hasta que se convierte en una forma de vida. Y entonces, sin saber por qué, repetimos patrones, nos saboteamos, herimos a otros con lo que no hemos podido sanar. Lo que no se revisa, se repite.

La herida que no se ve es peligrosa, no por invisible, sino por íntima. Se enreda en la forma en que nos relacionamos, en la manera en que nos hablamos a nosotros mismos. Nos vuelve exigentes, complacientes, o desconfiados del amor. Y, sin embargo, ahí está: pidiendo ser escuchada. Suplicando un espacio donde pueda descansar sin ser juzgada.

¿Y si empezáramos por eso? Por nombrar la grieta. Por decirnos, sin culpa, que hay un nudo que no sabemos deshacer. No para victimizarnos, sino para empezar a liberarnos. Sanar no es olvidar, es recordar sin que duela. Es mirar la herida sin miedo a tocarla. Es dejar de rendirle culto al sufrimiento y comenzar a abrirle espacio a la posibilidad de vivir sin él.

No todas las heridas necesitan ser expuestas públicamente. Pero sí requieren ser reconocidas. Lo que negamos en voz baja, se manifiesta en voz alta. El cuerpo, la vida, las relaciones, terminan siendo un espejo de lo que no queremos ver.

Tal vez el primer paso no sea la sanación. Tal vez sea la aceptación. Decirnos con honestidad: "Aquí hay algo que no está bien". En ese acto habita un principio de ternura. Una oportunidad para volvernos a mirar con compasión. Para abrazarnos incluso en el momento más desarmado. Lo contrario al abandono no siempre es la compañía de otros. A veces es nuestra propia presencia. No dejarnos solos justo cuando más nos necesitamos.

La herida que no se ve deja huellas. Pero también ofrece claves. Señala lo que necesita ser soltado, transformado. Nos invita a hacer pausa, a dejar de correr hacia afuera, buscando respuestas que solo habitan dentro. Y a veces, solo a veces, basta con detenerse, cerrar los ojos, y decir: "Estoy aquí, aunque duela, no te voy a soltar".

Quizá no podamos cambiar el pasado. Pero sí decidir qué hacemos con lo que dejó. Y quizá, en ese acto de mirar lo que duele sin miedo, descubramos que debajo de la herida no está el vacío, sino la semilla de algo nuevo. Una posibilidad. Una versión de nosotros, más íntegra, más ligera.

Hay heridas que no se ven. Pero también hay amor que no se ha usado. Y ese amor, cuando por fin se dirige hacia adentro, tiene la fuerza de una revolución silenciosa.

Y entonces, sin necesidad de palabras, la herida empieza a sanar.

Empieza por ti.

Empieza hoy.

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