“Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga”, escribió Elena Garro en Los recuerdos del porvenir, obra que en 1963 le valió el Premio Xavier Villaurrutia. La frase no sólo resume la esencia de su novela, sino que dialoga con el destino de tantas mujeres que, a través de la escritura, han luchado por permanecer en la memoria colectiva.
Antes de Garro, Josefina Vicens y Rosario Castellanos ya habían sido reconocidas con ese mismo galardón. Después vendrían las voces de Esther Seligson, Amparo Dávila, Inés Arredondo, Julieta Campos, Cristina Rivera Garza y muchas otras narradoras, poetas y ensayistas que consolidaron un lugar propio en las letras mexicanas. A ellas se suman figuras como Elena Poniatowska, Pita Amor, Margo Glantz, María Luisa Puga, entre otras más cuyas trayectorias trascendieron fronteras, distinguidas con premios nacionales e internacionales. Cada una, desde su estilo y su tiempo, amplió el horizonte de lo que significa escribir como mujer en México.
El camino que recorrieron no surgió de la nada. Tiene raíces profundas. Está sostenido por la obra y la valentía intelectual de mujeres como Sor Juana Inés de la Cruz, Refugio Barragán de Toscano, María Enriqueta Camarillo y Nellie Campobello. En contextos históricos donde las opciones femeninas parecían reducirse a la vida religiosa, al matrimonio o al silencio social de la soltería, ellas encontraron en la palabra un espacio de libertad. Fueron mentes que se negaron a ser silenciadas, aun cuando el entorno intentó imponerles límites infranqueables.
A casi 200 años de vida independiente, México continúa realizando esfuerzos por recuperar y visibilizar la historia literaria escrita por mujeres, una tarea que implica reconocer que durante siglos muchas autoras enfrentaron cuestionamientos, descalificaciones, burlas y comentarios sexistas; que en ocasiones vieron minimizado su talento o incluso apropiado su trabajo. La literatura hecha por mujeres no sólo ha sido una expresión artística, sino también un acto de resistencia frente a estructuras que buscaron relegarlas.
Hoy, a 337 años de la primera publicación de Inundación Castálida (1689), la obra inaugural de Sor Juana, podemos recorrer espacios como la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería y encontrar un catálogo donde abundan autoras, coordinadoras editoriales e investigadoras que enriquecen el panorama cultural del país. Esa presencia no es casual: es el resultado de generaciones que abrieron brecha para que la palabra femenina ocupara el lugar que le corresponde.
Dentro de esta fiesta editorial en su edición 2026 y en el marco del Día Internacional de la Mujer, se cuenta la presentación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos con perspectiva de género. Una lectura que resalta los avances en la protección de los derechos de las mujeres mexicanas desde nuestra Carta Magna. La cultura y el derecho, aunque distintos en su naturaleza, convergen en el propósito de dignificar a la mujer y garantizar condiciones más igualitarias para su desarrollo.
Es cierto que persisten los desafíos. La igualdad sustantiva aún es una meta en construcción. Pero también es innegable que el país ha avanzado. Más niñas, adolescentes y mujeres tienen hoy la posibilidad de estudiar, publicar, crear y participar en la vida públicas sin necesidad de recluirse como otrora en un monasterio para tener acceso al conocimiento. Más voces pueden dejar constancia de su tiempo, narrar sus propias historias y construir memoria tanto individual como colectiva.
Al final, escribir es una forma de existir en el tiempo. Cada mujer que toma la palabra sea reconocida o anónima, amplía el archivo vivo de nuestra nación. Si, como afirmó Elena Garro, somos la memoria que de nosotras se tenga, entonces el mayor acto de justicia es garantizar que ninguna voz femenina vuelva a ser condenada al silencio.

