Hoy se presenta el paquete económico. Finalmente tendremos información sobre lo que la Secretaría de Hacienda espera de la economía para este año y los venideros. Queda claro que no habrá una reforma fiscal profunda a pesar de las presiones fiscales actuales. Quizás encontremos ajustes en algunas tasas impositivas, algunos cambios en la deducibilidad y tal vez algunos aumentos en el IEPS. Será difícil ver un recorte sustantivo al gasto porque las áreas en las que se podía recortar ya están operando en niveles muy bajos, pero el compromiso del servicio de la deuda y de los programas sociales crecerá en la fracción que representa de todo el gasto.

Pero ante ese escenario y la discusión que se dará sobre los detalles de dicho paquete estará —debería de estar— un debate que amerita una conversación más profunda: el grado de inversión. Hace dos años la pregunta parecía remota. Hoy no lo es. ¿Cuánto le queda a México antes de perder el grado de inversión?

Los números dejan poco margen para el optimismo. Fitch tiene a México en BBB-, el último peldaño antes del grado especulativo; S&P revisó su perspectiva de estable a negativa en mayo; Moody's bajó la nota de Baa2 a Baa3 —también el escalón más bajo— aunque cambió su perspectiva a estable. Las tres coinciden en el diagnóstico: bajo crecimiento, un déficit fiscal de 4.4% del PIB, deuda neta de 54.2% del PIB y, de forma particular, los pasivos contingentes de Pemex que erosionan cualquier intento de ajuste. El mercado ya cotiza a México como si el grado de inversión fuera cosa de otro momento.

Algo deberíamos de aprender de la experiencia latinoamericana. Brasil perdió el grado de inversión en 2015-2016 en medio de Lava Jato y el impeachment de Dilma Rousseff: el real se depreció 47% en 2015, la economía cayó 3.5% y la inflación rozó el 10%. Una década después, pese a reformas relevantes como el techo al gasto, Brasil sigue sin recuperarlo.

Colombia lo perdió en 2021, tras retirar una reforma tributaria en medio de protestas sociales: el peso se devaluó 13.5% ese año y 19.7% el siguiente, y el riesgo país siguió subiendo incluso después del anuncio, hasta un máximo en 2022. Cinco años después, dos de las tres calificadoras la mantienen en grado especulativo.

El caso extremo es Argentina: el colapso de la convertibilidad en 2001 no fue una rebaja gradual sino un desplome de escalón en escalón hasta el default. 24 años y tres crisis de deuda después, sigue sin recuperar el grado de inversión; los optimistas no lo ven antes de 2031.

El patrón que comparten los tres casos es el mismo: la rebaja no es el origen del problema, es su confirmación pública, y una vez que ocurre, la reconstrucción de la confianza se da en años, no en trimestres. Además, muchos fondos institucionales tienen prohibido por mandato sostener deuda fuera de grado de inversión, así que la salida de capital no depende de la opinión de nadie: es mecánica. La pérdida del grado de inversión implica la pérdida de un control relevantísimo para cualquier economía. Si ya no hay nada que perder, el gasto se desborda.

Por eso el Paquete Económico de mañana pesa más de lo habitual. No basta con seguir rescatando a Pemex ni con prometer disciplina sin cifras que la sostengan: el mercado ya está juzgando.

@ValeriaMoy

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