El día sábado 28 de febrero, volvimos a ser testigos de una ofensiva —la segunda en lo que va de este año— por parte de Estados Unidos de Norteamérica, a otro país. En esta ocasión uno con el que Washington mantiene desde hace décadas una relación marcada por confrontaciones diplomáticas y episodios bélicos indirectos, Irán.

Esta escalada de fuerza abre interrogantes que rebasan la coyuntura militar ente Israel y Estados Unidos y pone en cuestionamiento si lo que está en discusión es una nueva política mundial que avanza muy rápido hacia una normalización del uso preventivo de la fuerza o si aún es posible sostener un sistema, como el de las Naciones Unidas, basado en normas, instituciones y negociación política. Lo anterior se vuelve más cuestionable a la luz de los antecedentes recientes de intervención norteamericana en la región latinoamericana, advertencias hacia Cuba, presiones a México y la extracción del Presidente de Venezuela para enjuiciarlo.

En este contexto, la posición de México, expresada a través de nuestra presidenta, la Dra. Claudia Sheinbaum, refleja el respeto a la tradición diplomática que México ha construido desde hace dos siglos, cuando señala que nuestro país siempre va a abogar por la paz mundial, la cual se expresa claramente en nuestra doctrina constitucional. Es el artículo 89 el que establece los principios rectores de nuestra política exterior: autodeterminación de los pueblos, no intervención, solución pacífica de las controversias, proscripción del uso de la fuerza, igualdad jurídica de los Estados, cooperación para el desarrollo y respeto a los derechos humanos.

México no adoptó esos principios solo por idealismo, los construyó a partir de la propia experiencia histórica, desde la guerra de 1847 hasta la ocupación de Veracruz en 1914. De ahí la tradición diplomática que entiende al derecho internacional como un instrumento para la defensa de la soberanía.

En contraste, es importante destacar que, a pesar de contar con una tradición semejante por parte de la comunidad europea, su reacción desigual a hechos recientes confirma la fragilidad del momento. La firme oposición de Europa ante cualquier intento de modificar el estatus territorial de Groenlandia contrasta con la cautela frente a los bombardeos en Irán. Esta selectividad erosiona la credibilidad de un sistema creado por todos los países y basado en reglas que deberían aplicarse igual y sin distinciones o de lo contrario dejan de ser principios y se convierten en posiciones circunstanciales.

Para México, el desafío crece, pues compartimos con Estados Unidos una relación económica, social y geográfica profundamente entrelazada. Esta realidad obliga a una interlocución constante, seria y respetuosa pero firme; pues la cooperación de ninguna manera significa renunciar a una voz propia ante esta escalada de violencia; de hecho, nuestra historia nos demuestra que la cercanía con Estados Unidos hace aún más necesario sostener criterios claros, previsibles y jurídicamente fundados.

Defender la paz también es defender el bienestar, el desarrollo y la posibilidad de destinar recursos a la justicia social en lugar de a la confrontación. La política exterior no puede separarse del proyecto de país. Apostar por la diplomacia, el multilateralismo y la cooperación internacional es coherente con una visión que coloca en el centro a las personas y no a la guerra.

En tiempos de incertidumbre internacional, mantener nuestros principios y refrendarlos es una decisión política de gran calado. La paz no es una debilidad, sino la forma más responsable de ejercer la soberanía; es el momento mantener la convicción de que la independencia nacional pasa por sostener las reglas del derecho internacional en lugar de la fuerza y no ser indiferentes ante la violencia que lastima la vida de las personas.

Académico

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