Regresemos por un momento al 2024. Para México, un año marcado por la llegada de nuestra actual presidenta, la Dra. Claudia Sheinbaum. También un momento en el que la planeación en materia de política exterior y seguridad nacional se construyó sobre supuestos que entonces resultaban funcionales: un sistema internacional tenso, con signos claros de competencia entre potencias, pero aún capaz de contener los conflictos entre estados dentro de límites razonables y negociaciones justas para todas las partes. En este contexto, ese año aún permitía pensar en trayectorias de mediano plazo, es decir: diseñar rutas hacia 2030 y más, confiando en que la gestión institucional del riesgo seguiría siendo un instrumento eficaz. Entonces llegó enero de 2026 y ese marco dejó de describir la realidad.
Hoy, el entorno internacional se encuentra en lo que para muchos analistas es el ojo de un huracán, pues el suceso —vivo e incierto— que representa la relación Estados Unidos y Venezuela, avisa que las reglas del juego deberán cambiar y el rol del sistema internacional de naciones pareciera estar en un letargo que indudablemente tendrá costos muy altos para sí mismo. Para los países, particularmente latinoamericanos, la coerción ha dejado de ser un recurso excepcional y la legalidad internacional hoy en día y por la vía de los hechos opera de forma fragmentada, condicionada por intereses estratégicos y correlaciones de poder. Por su parte, las fronteras entre política exterior, economía y seguridad se han desdibujado y con ello, la idea de que los conflictos pueden administrarse únicamente mediante tiempos largos y consensos graduales.
En este contexto, habría que reconocer el fin de la era neoliberal que promovía el libre mercado, la apertura de fronteras, el adelgazamiento del Estado y la diversidad cultural con el reconocimiento de sus derechos, con un marcado individualismo por una etapa encabezada por EU, caracterizada por el proteccionismo, un nacionalismo que rechaza la diversidad, impone la presencia del Estado de manera autoritaria y violenta tanto a sus compatriotas como al resto del mundo. Una noción de multipolaridad en la que las regiones se dividen de acuerdo con la hegemonía económica de las potencias.
Bajo esta lógica, la estabilidad ya no depende solamente de acuerdos amplios o de reglas compartidas. Ahora más que antes, esta estabilidad estará condicionada a la presencia real de capacidades institucionales disponibles y decisiones tempranas perfectamente analizadas y sostenidas por la evidencia disponible. Los márgenes para la ambigüedad estratégica se redujeron, las ventanas de acción se volvieron más breves y los costos de la demora aumentaron. Además, operar con esquemas diseñados para otro entorno, implica asumir riesgos que antes no existían o que tenían efectos limitados.
América Latina refleja con claridad este desplazamiento, ahora nuestra región vuelve a ser el centro de la geopolítica global, aunque desde una posición incómoda: más visible, más presionada y con menor margen de maniobra. Recursos estratégicos, control territorial, rutas logísticas y flujos migratorios, concentran hoy la atención externa, mientras que la lógica de intereses se impuso sobre el lenguaje de la cooperación.
De cualquier manera, hoy, los riesgos derivados de las relaciones internacionales ya no solo se originan a causa de gestiones incapaces; se presentan también cuando decisiones internas continúan apoyándose sobre supuestos que ya no existen. En ese tenor, la planeación estratégica pierde capacidad y se convierte en una extensión automática del pasado. Las instituciones siguen funcionando, los planes se mantienen, los documentos se actualizan, pero el razonamiento de fondo permanece intacto; y es justo ese desfase el que comenzará a acumularse hasta que la realidad imponga ajustes abruptos, tardíos, pero sobre todo poco efectivos; entonces se hará evidente para todos o casi todos, el error de cálculo.
Para México, el desfase entre lo supuesto en 2024 y la realidad que apenas se asoma en este primer mes del año, tendrá efectos inmediatos. Ahora más que nunca nuestra capacidad de adaptación, la coherencia entre nuestros diagnósticos y las respuestas a ellos, así como nuevas lecturas a la realidad, serán claves para determinar el margen efectivo de acción para los meses restantes. Hoy, lo único que sabemos es que estas dinámicas que estamos presenciando se profundizarán; y regresando al tema internacional, es claro que el sistema de Naciones Unidas ha comenzado el inicio de sus últimos días, al menos como lo conocíamos hasta el momento.
En esta reflexión es necesario remarcar que el análisis y la precisión de cálculo no radica en haber pensado y planeado con base en el mundo como era antes. Más bien, el error aparece cuando no se visualizan escenarios alternos, incluso los que puedan parecer improbables.
Estamos ante el fin de una era neoliberal, aún no se termina de dibujar el escenario futuro, aunque ya da muestras de cómo se sentarán las bases. La unidad nacional está asociada a la capacidad de gobernar en momentos de crisis. Hasta ahora nuestra presidenta ha sorteado con éxito las tensiones, pero necesita que nuestros apoyos individuales e institucionales estén en la lógica de sus expresiones y de la gobernabilidad democrática. Trabajemos en ello.
Académico

