El neoliberalismo surgió a finales del siglo XX como una respuesta a la crisis del Estado de bienestar y al agotamiento del modelo keynesiano. Se presentó como una solución racional y eficiente para reorganizar la economía y la política global: menos Estado, más mercado; desregulación, privatización y apertura comercial como motores del crecimiento; y la promesa de que la competencia generaría prosperidad, estabilidad y, eventualmente, democracia. Bajo esta lógica, el mercado fue elevado a principio organizador de la vida social, económica y política.
Tras el fin de la Guerra Fría, el neoliberalismo se consolidó como paradigma hegemónico global. Occidente, encabezado por Estados Unidos, lo promovió no solo como un modelo económico, sino como un proyecto civilizatorio. El libre comercio, la globalización financiera y el multilateralismo liberal fueron presentados como mecanismos neutrales y universales. Se prometió que la integración a los mercados globales reduciría conflictos, ampliaría libertades y garantizaría bienestar. Durante un tiempo, ese relato funcionó.
Sin embargo, el modelo comenzó a mostrar grietas profundas. Lejos de generar prosperidad generalizada, produjo concentración extrema de la riqueza, precarización laboral y debilitamiento de los Estados. La crisis financiera de 2008 marcó un punto de inflexión: los mercados que debían autorregularse colapsaron, y los Estados intervinieron masivamente, no para proteger a las mayorías, sino para rescatar al sistema financiero. Desde entonces, el neoliberalismo perdió su principal fuente de legitimidad: la promesa de eficiencia y estabilidad.
Noam Chomsky ha señalado que el neoliberalismo nunca fue un proyecto de libertad, sino un sistema diseñado para disciplinar sociedades y proteger los intereses de las élites, utilizando al mercado como ideología y al Estado como garante de ese orden. Cuando los beneficios dejaron de llegar a las mayorías, el consenso social se erosionó. Lo que siguió no fue una corrección del modelo, sino su endurecimiento.
Hoy, esa crisis se manifiesta con claridad en la política exterior occidental. Las recientes acciones de Estados Unidos —la intervención directa en Venezuela, la intensificación de la presión sobre Irán y la reactivación de ambiciones estratégicas sobre Groenlandia— no son episodios aislados. Son síntomas de un modelo que ya no logra sostener su hegemonía mediante consenso, y que recurre crecientemente a la coerción para preservar su influencia. Venezuela ejemplifica esta lógica. Tras años de sanciones económicas que agravaron la crisis social sin producir estabilidad política, la respuesta fue una escalada directa bajo discursos de “seguridad y orden”. El lenguaje cambia, pero la lógica permanece: control político y acceso a recursos estratégicos. El neoliberalismo, que proclamaba respeto a la soberanía y al libre mercado, suspende esos principios cuando dejan de servir a sus intereses.
El caso de Irán responde al mismo patrón. La retórica de los derechos humanos y la estabilidad regional encubre una estrategia de contención permanente frente a un actor que desafía el orden liberal occidental. El aislamiento, las sanciones y las amenazas no buscan integrar, sino disciplinar. La interdependencia, antes presentada como garantía de paz, se transforma en arma.
Incluso Groenlandia, un territorio con enorme valor geoestratégico y energético, se convierte en objeto de ambición. La idea de controlar o “adquirir” un territorio ajeno revela una regresión imperial: cuando un modelo ya no puede expandirse mediante reglas compartidas, recurre a la posesión y al control directo. No es fortaleza, es señal de desgaste.
Por ejemplo, Michel Foucault entendió el neoliberalismo como una racionalidad de gobierno, una forma de organizar conductas, economías y subjetividades. Cuando esa racionalidad deja de producir orden y previsibilidad, no surge inmediatamente un modelo alternativo. Aparece un vacío, un espacio de incertidumbre donde el poder se ejerce de forma más cruda, menos sofisticada y más violenta. Ese vacío es el momento histórico que atravesamos.
La crisis actual no es solo económica ni únicamente política. Es una crisis de sentido y de horizonte. El neoliberalismo ya no puede prometer bienestar, pero tampoco ha sido reemplazado por un proyecto estable y contemporáneo en un escenario de Guerra Fría 2.0. En este interregno, como advirtió Gramsci, el viejo orden no termina de morir y el nuevo no termina de nacer. Lo que emerge son respuestas autoritarias, intervencionistas y contradictorias.
Las sociedades occidentales comienzan a percibir esta fractura. Crece el rechazo a las intervenciones externas, aumenta la desconfianza hacia las élites políticas y se profundiza la distancia entre discurso y realidad. Al mismo tiempo, el Sur Global observa con escepticismo a un Occidente que exige reglas que ya no respeta. Por eso, la pregunta ya no es si el neoliberalismo funciona. La evidencia indica que su capacidad de organizar el mundo se ha agotado. Lo que queda es un vacío histórico: un momento de transición en el que el viejo modelo ya no convence, pero el nuevo aún no emerge. Y en ese vacío, el poder actúa sin máscaras, con urgencia y con miedo.
Hoy resulta cada vez más evidente que ya no estamos frente a la crisis financiera de 2008 ni ante un simple ajuste del ciclo económico. Lo que se despliega ante nuestros ojos es una crisis de guerras, de intervenciones permanentes y de erosión institucional. Las herramientas que durante décadas fueron promovidas (ej: las Naciones Unidas) como garantes del orden ,los organismos multilaterales, el derecho internacional, los mecanismos de gobernanza global, aparecen debilitadas, desplazadas o simplemente ignoradas cuando dejan de servir a los intereses de las potencias que las impulsaron.
La pregunta entonces deja de ser económica y se vuelve política y civilizatoria. ¿Qué ocurre cuando el modelo que prometía estabilidad solo puede sostenerse mediante la fuerza? ¿Qué tipo de orden internacional puede emerger cuando las instituciones creadas para regular el conflicto son incapaces de contenerlo?¿Qué legitimidad conserva un sistema que invoca reglas solo cuando le favorecen?
No estamos ante un mundo desordenado por accidente, sino ante un vacío producido por el colapso de una racionalidad dominante. El neoliberalismo ya no organiza, ya no persuade, ya no integra. En su lugar, deja un espacio donde la intervención sustituye a la diplomacia, la amenaza reemplaza al consenso y la fuerza ocupa el lugar de las instituciones.
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