La reunión de esta semana entre Donald Trump y Benjamin Netanyahu no fue una ruptura, pero tampoco el triunfo diplomático que el primer ministro israelí necesitaba. El encuentro del martes en la Casa Blanca duró cerca de noventa minutos, se realizó a puerta cerrada y terminó sin una declaración conjunta sustantiva. Trump se limitó a llamarlo “muy bueno”, mientras Netanyahu lo calificó de “excelente”. Detrás de esas fórmulas apareció una relación más jerárquica: un alto funcionario israelí reconoció después que Estados Unidos es el “socio principal” e Israel el “socio menor” en la guerra contra Irán. Esa frase resume el nuevo equilibrio.

Netanyahu llegó a Washington buscando recuperar influencia sobre una Casa Blanca menos dispuesta a aceptar automáticamente la agenda militar israelí. Antes de recibirlo, Trump se mostró irritado porque se habían divulgado detalles sobre inteligencia israelí relativa a una instalación nuclear iraní. Incluso afirmó que Netanyahu quería mantenerlo involucrado. Durante la reunión se discutieron tres opciones: negociación, continuidad del bloqueo y la presión económica, o un ataque masivo. No hubo decisión pública ni compromiso estadounidense con una nueva ofensiva. Más importante aún, Netanyahu aceptó que la decisión final corresponde a Trump.

Esto convierte la visita en un éxito limitado, cuando no en un fracaso político para Netanyahu. El primer ministro preservó la imagen de alianza, pero no obtuvo autorización abierta para ampliar la guerra. Trump necesita controlar la escalada porque Estados Unidos ya paga directamente sus costos. La guerra con Irán ha costado unos 37,500 millones de dólares, ha dejado 18 militares estadounidenses muertos y elevó el precio promedio de la gasolina desde cerca de tres dólares por galón antes del conflicto hasta más de cuatro. Solo uno de cada tres estadounidenses respalda la guerra y 69% considera que Trump no ha explicado claramente sus objetivos.

El cansancio no se limita a Irán. El gobierno de Netanyahu ha abierto o ampliado tres grandes frentes: Gaza, Líbano e Irán. La guerra de Gaza comenzó tras el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023, pero la respuesta israelí se convirtió en una campaña prolongada cuyos efectos ya rebasaron cualquier lógica inmediata de represalia. Israel controla aproximadamente 64% de Gaza y casi dos millones de personas sobreviven concentradas en una estrecha franja costera, principalmente en tiendas o edificios dañados. Aunque existe un alto el fuego desde octubre de 2025, más de 1,200 palestinos, en su mayoría civiles según las autoridades sanitarias gazatíes, han muerto por ataques israelíes durante la tregua; en el mismo periodo murieron cuatro soldados israelíes.

En Líbano, la guerra entre Israel y Hezbolá dejó, solo entre el 2 de marzo y el 22 de junio, más de 4,100 muertos y 12,115 heridos, además de desplazamientos masivos. En Irán, los ataques conjuntos iniciados por Estados Unidos e Israel el 28 de febrero transformaron una política de contención en una guerra regional que afectó el estrecho de Ormuz, bases estadounidenses y precios mundiales de la energía. El resultado contradice la promesa trumpista de evitar guerras largas.

También cambió la opinión pública estadounidense. Gallup registró por primera vez en veinticinco años una mayor simpatía hacia los palestinos que hacia los israelíes: 41% frente a 36%. Pew encontró, además, un deterioro significativo de la imagen del gobierno israelí, especialmente entre jóvenes y votantes demócratas. Israel conserva respaldo militar, institucional y congresional, pero ya no disfruta del consenso político y moral casi automático de otras décadas.

Por eso la reunión no fue un éxito para Netanyahu. No consiguió una nueva guerra inmediata contra Irán, llegó con concesiones parciales sobre Gaza y Líbano y aceptó una posición subordinada. Israel autorizó el ingreso de una fuerza internacional de 200 integrantes a sectores reducidos de Gaza, mientras Washington impulsa el despliegue del ejército libanés en áreas donde antes operaba Hezbolá. Son medidas limitadas, pero muestran que Trump quiere colocar la capacidad militar israelí dentro de una estrategia estadounidense, no permitir que Netanyahu dicte el calendario regional.

La alianza permanece, pero cambió su lógica. Trump todavía protege a Israel; ya no quiere pagar sin límites las guerras de Netanyahu. La fotografía en la Casa Blanca ocultó esa diferencia, pero no pudo borrarla.

Cargando comentarios...