A tres meses de las elecciones intermedias en Estados Unidos, las decisiones de Donald Trump en este segundo mandato han empezado a hacerse presentes. De acuerdo con una encuesta de Reuters/Ipsos del pasado 3 de agosto, 42% de los votantes registrados en Estados Unidos apoyaría a un candidato demócrata al Congreso frente a 37% que respaldaría a uno republicano. La misma encuesta subraya que por primera vez en casi diez años, más votantes confían en que los demócratas tienen un mejor plan económico que los republicanos. Irán y los aranceles, por sus efectos inflacionarios, explicarían buena parte de ese cambio.

Sumemos a eso que Trump fue electo prometiendo no meter al país en más guerras interminables. Promesa que, tras más de cinco meses de enfrentamientos bélicos, podría llevarlo a perder la mayoría en la Cámara de Representantes, quizá incluso en el Senado, y quedar paralizado. Teherán lo sabe y entiende que la prioridad de la Casa Blanca son precisamente las elecciones de noviembre. Su apuesta, como lo he mencionado antes en este espacio, es esperar a que Trump se desespere y así mejorar su posición negociadora, pues sabe que no puede ganar con las armas, pero puede prolongar la guerra para aumentar los costos políticos contra su enemigo.

El ejemplo más reciente se dio justo esta semana, cuando Irán dijo haber alcanzado un acuerdo con Omán para una gestión supuestamente conjunta en el Estrecho de Ormuz. El vocero de la cancillería iraní, Esmail Baghaei, afirmó que Irán y Omán habían acordado las coordenadas de una ruta de navegación por Ormuz y que una declaración conjunta estaba por cerrarse. El anuncio, sin embargo, provino del lado iraní mientras que, hasta el cierre de este espacio, Omán aún no se había pronunciado. Cualquier arreglo que entregue a Teherán un control real sobre la ruta de entrada al Golfo representaría una concesión que Washington ha dicho reiteradamente que no está dispuesto a aceptar.

Pero Irán mismo desactivó su anuncio. En la misma comparecencia Baghaei advirtió que ningún acuerdo con Omán devolvería la seguridad en el estrecho mientras Estados Unidos mantuviera su bloqueo naval. El anuncio iraní, además de contradecir abiertamente las recientes declaraciones de Trump de que se estaría a punto de alcanzar las bases de un acuerdo para reabrir Ormuz, traslada a Washington la responsabilidad de la imposibilidad de la apertura, aumentando el costo político-electoral del cierre a la Casa Blanca.

El anuncio con Omán, se firme o no en las próximas horas, es un episodio más de lo que hemos venido viendo todos estos meses: Irán acuerda para luego incumplir y hacer correr el reloj contra Trump, sabiendo que este no puede conceder sin que parezca capitulación, y apostando así a lograr concesiones a cambio de promesas que luego puede volver a incumplir.

Irán sabe que no puede ganar esta guerra militarmente, mientras que Washington no puede hacerlo políticamente. Ahí yace la trampa. Para que cualquier ultimátum funcione (este, los anteriores o el próximo), Irán tendría que comprometerse a reabrir con garantías creíbles de tránsito seguro. Teherán no ha dado señales de querer dar nada de eso. Lo que mantiene a Trump en el peor de los escenarios: haga lo que haga, incluso alcanzando un acuerdo a cambio de compromisos nucleares iraníes, será visto como una capitulación, pues para obtener la firma de Irán tendría que hacer concesiones que Teherán difícilmente cumplirá. Eso no significa que Teherán no pague un precio. El bloqueo naval y el cierre prolongado también erosionan su economía y su capacidad de exportación. La diferencia es que el régimen iraní no se juega su permanencia en las urnas.

Analista internacional. X: @solange_

Cargando comentarios...