El oficialismo puso sobre la mesa la discusión de una reforma electoral que no abordaba los principales problemas que se enfrentan en las elecciones. No ofrecía soluciones reales para frenar la penetración del crimen organizado en el financiamiento como se ha documentado ampliamente que sucedió con el huachicol, la designación de candidatos o incluso el amago o asesinato de quienes no les convenían a sus intereses. Tampoco afrontaba la forma de eliminar la sobrerrepresentación para evitar que ningún partido político pueda modificar la Constitución sin consensos fundamentales. Y mucho menos asumía que había que atajar el uso abusivo de los programas sociales y la actuación grosera de la estructura de los servidores de la nación para llevarle votos al partido oficial. Durante meses se mantuvo al país discutiendo sus planes A y B que resultaron en un rotundo fracaso. Ninguno de los postulados que desde la mañanera se establecieron como prioridad quedaron consignados en la pírrica reforma que fue aprobada en el Senado. Ni la pretensión de modificar el esquema de representación de la diversidad política y social, ni la eliminación de la autonomía de los órganos electorales, ni la disminución del financiamiento público (mientras ellos se seguían beneficiando con financiamientos ilícitos) y ni la pretensión de colocar a la Presidenta en la boleta en el 2027 están contemplados en lo que se aprobó recientemente.
No podía ser de otra manera pues se trataba de una reforma propuesta desde el poder para favorecerlo. Y, si bien, la postura de uno de los partidos aliados ayudó a detener la pretensión de que la Presidenta hiciera abiertamente campaña a favor de su partido, también es cierto que la posición firme de los voceros de la oposición en el Congreso, los medios y redes, contribuyeron de manera significativa para que la intentona autoritaria fuera derrotada. Sin embargo, este debate permitió desviar la atención de los principales y grandes problemas nacionales. A la par de este suceso, se dio a conocer que la inflación tuvo un repunte, lo que implicó que productos básicos como jitomate, limón, pollo y carne, así como la gasolina, el diésel y los fertilizantes incrementaran sus precios golpeando el bolsillo de millones de familias mexicanas. A esto hay que sumarle que la violencia no cesa. Incertidumbre y miedo. Y frente a todo este panorama, la polarización como estrategia y la mentira. Un derrame en el Golfo reducido en el discurso oficial a unas “simples gotitas”. Reclasificación de los homicidios para aparentar disminución y ahora desaparecen a los desaparecidos con absoluto desdén a las víctimas y a una realidad que choca con sus otros datos. Las y los mexicanos sufren todos los días el deterioro en su poder adquisitivo y el miedo de salir a la calle o de que sus hijos no regresen con bien a casa. Frente a ello se impone la unidad de todas las fuerzas opositoras, partidarias y ciudadanas, para defender a México, para rescatarlo de esta oscuridad a la que nos quieren llevar. Sí se puede.
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