La Ruta 3 de las “10 Rutas para un México libre de pobreza” se enfoca en la primera etapa de la juventud, un periodo crucial y definitorio en la vida de cada persona. Su objetivo es dotar a cada joven de las condiciones para acceder a un trabajo digno y el vehículo para lograrlo es la educación técnica dual. Esta Ruta da continuidad a la atención al “curso de vida” de las rutas 1 (desarrollo en la primera infancia) y 2 (educación de calidad en la niñez y adolescencia).
La Ruta 3 bien podría llamarse “formación en oficios” o de las “carreras cortas”, un nivel educativo que en México está subvalorado, pero que en el mundo desarrollado es clave para la inclusión y la movilidad social. Por ejemplo, es el nivel educativo del 37% de los jóvenes de 25 a 34 años en Finlandia, del 35% en Austria, del 34% en Italia y del 30% en Francia (datos OCDE).
México ya cuenta con la infraestructura para ello: un amplio sistema de educación técnica de nivel medio superior (EMS) que permite cursar una carrera entre los 15 y 17 años. Actualmente, 1.8 millones de jóvenes (el 42% de la matrícula pública en EMS) estudian en 3,200 bachilleratos técnicos y tecnológicos públicos.
Este sistema, sin embargo, está relegado. Nació y se diversificó vinculado al aparato productivo —desde las vocacionales del IPN, pasando por los Cebetis y Cebetas en los 60-70, hasta el Conalep en los 90— pero hoy ha perdido ese norte. En lugar de ser una vía para “carreras cortas” e inserción laboral, se ha convertido en una preparatoria más, centrada en conocimientos generales y alejada de la aplicación práctica. El dato es elocuente: menos de la mitad (45%) de sus estudiantes realiza una práctica o estancia en un centro de trabajo (INEGI, ENILEMS 2019).
La aspiración de ir a la universidad es legítima y debe alentarse. Sin embargo, la realidad muestra que para miles de jóvenes de hogares en pobreza, esa no es la ruta más directa. El 30% de los que ingresaron a un bachillerato técnico en 2022 no llegaron a tercer grado en 2024, y de los que egresan, entre un 25% y 30% no logra transitar a la educación superior.
Asumir la educación técnica como un nivel formativo completo, que prepare para la primera transición laboral, es la opción más realista y efectiva para que estos jóvenes consigan un trabajo digno y muy probablemente accedan a la educación superior en un periodo posterior.
La oportunidad para revalorizarla es ahora, con el impulso del gobierno actual a la educación dual como parte de las metas del Plan México y la Reforma Integral al Bachillerato Nacional. Esto solo es posible vinculando las escuelas con el aparato productivo en cada región.
Adaptar la “educación dual” alemana a nuestra realidad inicia por garantizar una experiencia significativa de prácticas laborales durante los estudios, al menos por unas semanas (2 semestres completos no son viables para alcanzar una escala masiva). La vinculación no requiere mayor presupuesto y los impactos son múltiples: en aprendizaje, en reducción de deserción y sobre todo en la probabilidad de inserción laboral al terminar.
En el sector privado hay múltiples iniciativas que pueden confluir en ese propósito. Desde la sociedad civil, las organizaciones de la Alianza Jóvenes con Trabajo Digno tienen la disposición, experiencias y modelos para colaborar en esa tarea. Es hora de sumar por México y sus jóvenes.

