Por Gustavo Mejía Pérez

Mi abuela materna (Doña Juana) nació y creció en una ranchería de Michoacán llamada Puerto Bermeo, un nombre irónico para el lugar, pues se encuentra lejos del mar en medio de un bosque de coníferas. Doña Juana, que tuvo una memoria prodigiosa hasta los 87 años (sabía la fecha de nacimiento de sus más de cien nietos), no sabía el año de su cumpleaños y murió en la primera década del siglo XXI. Así que debe haber nacido entre 1920 y 1930. Mi abuela, como la mayoría de las personas que vivieron en la primera mitad del siglo XX, no fue a la escuela, pero aprendió a leer y escribir gracias a las enseñanzas de uno de los hombres letrados del pueblo. Mi padre (Don Rubén) terminó la primaria en los años setenta, cuando era adulto, en una escuela nocturna de la Ciudad de México. Mi mamá (Doña Tere) terminó su primaria en una sede del Conafe poco antes de que naciera mi sobrina en el 2007. Mi hermana, mis hermanos y yo tenemos estudios de licenciatura.

La historia de mi familia es la historia de la educación en México y en el mundo, donde hasta principios del siglo XX leer y escribir era un privilegio, después tras la revolución mexicana y la ampliación de la cobertura la educación se volvió un derecho. Nunca como ahora en México existe un porcentaje de analfabetismo tan bajo (4.7 %), la cobertura en educación primaria ronda el 100 % y la superior el 40 %. Sin embargo, parece haber un fenómeno extraño: la renuncia a la lectura y a la escritura (al pensamiento).

Hace unas semanas, en una de mis clases en la UAM Azcapotzalco, comenzamos a platicar sobre “La sociedad de los poetas muertos”. En ese momento había en el salón alrededor de treinta estudiantes y apenas cinco habían visto la película. Al platicar con mis estudiantes me llevé dos sorpresas. La primera, que los y las jóvenes de esta época siguen viendo esa película. La segunda, que les gustó y conmovió hasta las lágrimas. Cuando pregunté sobre qué trataba la película hubo varias respuestas: el amor, la pasión por la docencia, la represión de los sistemas educativos… Pero nadie mencionó la poesía… cuando les pregunté que quién había leído poesía sólo levantaron la mano un par de alumnas. Entonces me llevé mi tercera sorpresa.

La poesía, como muchas cosas que hay en internet, está al alcance de cualquier persona que tenga un dispositivo móvil (ya no son necesario los libros de papel y tinta) y conexión. Pero las personas jóvenes (al menos la mayoría de mis estudiantes) nunca han leído poesía. La poesía, como los conjuros mágicos, las oraciones y los ritos satánicos, se lee en voz alta, en eso radica su poder sobrenatural.

El internet, los dispositivos móviles, la tecnología y la inteligencia artificial nos evitan trabajos rutinarios y facilitan muchas de las cosas que hacemos ahora: nos evitan la fatiga de buscar información, elegir música, perdernos en un lugar… nos permite vivir sin leer ni escribir cosas que no sean mensajes de texto, memes, correos electrónicos… No necesitamos ni leer ni escribir nada más; las novelas, cuentos y poesías no son necesarios, podemos prescindir de ellos.

El abrazo a las tecnologías de la información y la comunicación, además de comodidad y eficiencia, también puede implicar una renuncia a un privilegio que se volvió derecho. Quien haya visto “La sociedad de los poetas muertos” y no haya leído poesía estará viendo una película incompleta… ¡O Captain my Captain!

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