Brenda Sarahí Marín

Cuando decidí estudiar una carrera universitaria lejos de casa, lo primero que me preguntaba fue cómo serían mis profesores, mis compañeros y las instalaciones. No pensé en lo que significaría adaptarme a una nueva vida. Nadie te enseña realmente cómo atravesar esa etapa de moverse en una ciudad desconocida, entender el transporte público, administrar el dinero, cocinar, vivir sola y asumir que, por primera vez, muchas de las decisiones cotidianas dependían únicamente de mí.

Así como yo, hay miles de jóvenes que empacan cada año su maleta y salen de casa llenos de ilusiones y con ganas de salir adelante. Sin embargo, estudiar lejos de casa representa una realidad de la vida universitaria de la que todavía se habla poco. Y vale la pena preguntarnos: ¿qué papel deben asumir las universidades en la adaptación de sus estudiantes foráneos? ¿Es una responsabilidad exclusivamente individual o también un desafío institucional?

La dimensión del fenómeno no es menor. Un estudio de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) encontró que, durante el ciclo 2018-2019, alrededor de 956 mil estudiantes estaban inscritos en una institución de educación superior ubicada en una entidad distinta a la de su nacimiento, cifra equivalente al 19% de la matrícula analizada. En las instituciones públicas eran más de 556 mil. Aunque este indicador es una aproximación a la movilidad por motivos de estudio, revela una realidad significativa.

Pero ¿por qué salir de casa para estudiar? En mi caso, una de las razones fue el prestigio de la UAM Xochimilco y el interés por su Sistema Modular. Para otros jóvenes, la respuesta puede ser que en su comunidad no existe una universidad, que no se ofrece la carrera que desean o que buscan mejores oportunidades educativas y profesionales.

Pero detrás de esa decisión comienza otra historia. La vida estudiantil se entrelaza con la vida cotidiana, haciendo más complejo el trayecto por la universidad. Además de las clases y actividades para aprender medicina, ingeniería, derecho, administración, diseño o cualquier otra carrera, los problemas habituales como cuánto cuesta vivir, cómo llegar a fin de mes, cómo preparar los alimentos y cómo construir una nueva red de apoyo a kilómetros de casa son un desafío constante. Adicionalmente, algunos, tendrán que combinar los estudios con un empleo para sostenerse.

No todos enfrentan esta experiencia desde las mismas condiciones socioeconómicas. No es igual contar con respaldo monetario suficiente que trabajar para pagar la renta; poder regresar a casa cada semana que vivir a diez horas de distancia; llegar acompañado de familiares o amigos que no conocer absolutamente a nadie.

Estudios previos como el de Zárate et al. (2025) muestran que la adaptación de los estudiantes foráneos involucra dimensiones económicas, sociales, familiares, alimentarias y de seguridad. Otros estudios (Ruiz et al., 2021) han documentado también el choque cultural, las experiencias emocionales y la importancia que adquieren las redes de apoyo durante este proceso.

En este marco, la pregunta adquiere otra dimensión: cuando hablamos de permanencia, desempeño y éxito universitario, ¿estamos considerando realmente las condiciones en las que estudian nuestros jóvenes?

El proceso de adaptación puede tomar meses y sus dificultades pueden impactar en el ámbito académico. Por ello, las universidades necesitan conocer mejor quiénes son sus estudiantes foráneos, cuáles son sus condiciones y qué factores facilitan o dificultan su trayectoria. Hace falta escucharlos y generar evidencia que permita diseñar mejores estrategias institucionales.

No se trata de resolverles la vida, sino de construir condiciones que favorezcan su integración: mentorías entre estudiantes, formación docente sensible a las diversas realidades, sistemas de becas, vivienda, alimentación y transporte, redes de apoyo y acompañamiento académico y emocional. Se trata, en suma, de evitar que cada joven tenga que descubrir completamente solo cómo funciona su nueva vida universitaria.

Hoy, cuando reflexiono sobre ese proceso que viví, pienso que mi llegada a la Universidad habría sido distinta si, además de darme un recorrido en las instalaciones, alguien me hubiera orientado en los trámites escolares, sobre cómo comenzar una vida lejos de casa y de la familia con información básica sobre la ciudad, el transporte, las opciones de vivienda y los apoyos disponibles dentro y fuera de la universidad. Puede parecer algo sencillo, pero para quien llega sin conocer a nadie puede hacer una gran diferencia.

En aquella primera maleta con la que llegué a la universidad cabían la ropa, los documentos y algunas pertenencias; también viajaban expectativas familiares, incertidumbre, miedo y enormes ganas de salir adelante. Las universidades no pueden eliminar todas las dificultades que implica estudiar lejos de casa, pero sí pueden conocerlas mejor y construir condiciones para que ese camino sea menos solitario.

Garantizar el acceso a la universidad es fundamental. Construir las condiciones para que quienes llegan puedan adaptarse, permanecer y concluir sus estudios también debería serlo.

Fuentes

Bustos-Aguirre, M. L., Castiello-Gutiérrez, S., Cortes Velasco, C. I., Maldonado-Maldonado, A., & Rodríguez Betanzos, A. (2023). Movilidad estudiantil en educación superior en México en los años del 2016 al 2019. Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior.

Zárate-Depraect, N. E., Zurita-Camacho, D. D., Bustillos-Terrazas, N. A., Martínez-Ortíz, R. M., Valle-Urías, Á. E., & Achoy-Murillo, L. Z. (2025). Retos de los estudiantes universitarios foráneos: Revisión documental. Conference Proceedings, Jornadas de Investigación en Odontología, 5(5), 112–118.

Ruiz-Casanova, S.M.R., Pérez-Coello, E.A., Canto-Esquivel, J.C., Ortega-Santana, G. y Canto-Esquivel, J.A. (2021). Aspectos relevantes en la adaptación de estudiantes foráneos para determinar estrategias académicas. Revista del Centro de Graduados e Investigación. Instituto Tecnológico de Mérida, 36(87)56-61.

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