Homero narró en La Ilíada el sitio de Troya durante diez años. Hablamos de una metáfora de la obstinación humana por la guerra y de la fragilidad de las murallas cuando la violencia se convierte en destino.

Hoy, ante el conflicto en Irán, resulta imposible no pensar en una nación sitiada, golpeada desde el aire, que resiste en medio de un asedio global. Pero no se trata de cualquier país, sino del heredero de Persia, cuna de una de las civilizaciones más antiguas y poderosas de la humanidad.

El Imperio aqueménida extendió su influencia desde Anatolia hasta el Indo, y bajo Darío y Jerjes se enfrentó a Grecia en grandes batallas. Irán no solo es un territorio en disputa, sino un símbolo de continuidad cultural, un pueblo que ha sobrevivido a invasiones y revoluciones.

Este fin de semana, el conflicto escaló dramáticamente. Los bombardeos masivos en Teherán y en la isla de Kharg, ejecutados por Estados Unidos (EU) e Israel, dejaron una estela de destrucción que se suma a semanas de violencia creciente.

Al mismo tiempo, Israel intensificó operaciones militares en distintos puntos de la región. Los ataques en Líbano han provocado cientos de víctimas civiles, mientras que la tensión se extiende hacia Irak y Siria. A su vez, Irán respondió con una oleada de misiles y drones dirigidos hacia Israel y varios países del Golfo Pérsico.

Las Fuerzas de Defensa de Israel, por su parte, dejaron claro que la campaña militar no terminará pronto. Lo mismo ocurre con Washington, que afirma haber golpeado más de noventa instalaciones militares en la isla de Kharg, donde se concentran importantes terminales de exportación petrolera.

Lo que comenzó como un enfrentamiento directo entre potencias regionales ha ido transformándose en un conflicto con múltiples frentes, donde cada parte parece medir fuerzas con cautela, pero sin retroceder.

La escalada tiene un punto especialmente delicado: el estrecho de Ormuz, corredor marítimo por el que circula gran parte del petróleo que abastece al mundo. Ante la amenaza de que Irán interfiera en el tránsito de buques, EU solicitó apoyo de otros países, para garantizar la navegación.

La sola posibilidad de que esa arteria se cierre disparó nerviosismo en los mercados internacionales. Todo esto demuestra que el conflicto dejó de ser exclusivamente iraní, y que hoy es una crisis regional con consecuencias globales.

Pero las guerras no se miden únicamente por los mapas militares. También se reflejan en lugares donde el eco de las bombas no llega, aunque sus consecuencias, sí. Cuba, por ejemplo, atraviesa una de las crisis más complejas de los últimos años: apagones masivos, escasez de combustible y carencias de alimentos y medicinas.

Aunque parezca lejano, el conflicto en Oriente Medio incide también en esa realidad. Cuando la energía se vuelve un arma geopolítica, los países más vulnerables lo resienten primero. El petróleo que escasea en un punto del planeta termina afectando la vida diaria en otro.

México observa los acontecimientos con atención, pero también con responsabilidad. La postura de la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido clara, al condenar la violencia indiscriminada, defender el derecho internacional y apostar por la diplomacia como única salida duradera.

Nuestro país conoce bien el valor de la política exterior basada en la no intervención, la autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de las controversias, que son herramientas para evitar caer en una espiral de confrontación permanente.

Sin embargo, hay una pregunta que va más allá de los análisis geopolíticos: ¿a quién beneficia que esta guerra se prolongue? Las guerras actuales no solo se libran por territorios, también se disputan rutas comerciales, mercados energéticos, influencia y narrativas políticas.

Para algunos actores, un conflicto prolongado puede significar reposicionamiento regional, contratos millonarios en la industria armamentista o ventajas económicas en el mercado energético. Para otros, en cambio, solo significa devastación.

Ahí radica la paradoja contemporánea: mientras los gobiernos discuten equilibrio de poder, los pueblos pagan la factura humana de esas decisiones. Por ello conviene volver a la metáfora inicial. Troya fue destruida, pero su historia sobrevivió como advertencia.

A Persia la conquistaron en distintos momentos, mas su cultura se mantuvo durante milenios. La persistencia de los pueblos, más que la fuerza de los ejércitos, termina definiendo el curso de la historia.

Irán encarna hoy ambas imágenes, la ciudad sitiada y el imperio que se rehúsa a desaparecer. En esa dualidad se juega algo más que el destino de una nación. Se juega el equilibrio de una región entera y, en buena medida, la estabilidad de un mundo cada vez más interdependiente.

La historia nos enseña que ningún asedio es eterno. Pero también recuerda que la paz no llega sola, se construye con voluntad política y con una convicción profunda de que la vida de los pueblos vale más que cualquier cálculo estratégico.

Coordinador de los diputados de Morena

ricardomonreala@yahoo.com.mx

X: @RicardoMonrealA

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