El legendario Ulises sabía que hay batallas que no se ganan enfrentándolas. Por ejemplo, cuando se acercó a la isla de las sirenas, supo que el peligro no estaba en una fuerza visible ni en un enemigo armado, sino en la peligrosidad del canto de esos seres. El héroe homérico de la Odisea no respondió con otro canto ni intentó demostrar fuerza: eligió la disciplina de contenerse.
Esa decisión sigue siendo una poderosa lección en todos los ámbitos. Ulises entendió que la provocación busca exactamente lo que termina obteniendo —una reacción impulsiva—, y que mantener la mesura y conservar el objetivo original exige más carácter que responder de inmediato.
Pero la mesura no equivale a debilidad. Al contrario, es una forma superior de fortaleza. Quien conserva la serenidad demuestra que sabe distinguir entre lo importante y lo banal; quien mantiene el rumbo cuando intentan desviarlo entiende que la responsabilidad consiste en llegar a destino, no en ganar todas las discusiones.
Algo parecido ocurrió luego de la reciente cumbre del G7, celebrada en Évian-les-Bains, en Francia, en la que, en medio de declaraciones estridentes provenientes de figuras relevantes de la política estadounidense, México volvió a colocarse en el centro de una narrativa que, más que responder a la realidad bilateral, forma parte de una estrategia electoral del país vecino del norte.
No es la primera vez y parece que tampoco será la última. Cada cierto tiempo, particularmente cuando se acercan procesos electorales en Estados Unidos (EE. UU.), reaparecen estos discursos que buscan convertir a México en un pretexto útil para movilizar emociones, preocupaciones y temores entre su electorado.
Sin embargo, lo verdaderamente importante no fue la provocación, fue la respuesta. La presidenta Claudia Sheinbaum optó por la serenidad institucional. No cayó en la tentación de alimentar una confrontación verbal que habría beneficiado exclusivamente a quienes la promovían. Respondió con firmeza, pero sin estridencias; con dignidad, pero sin convertir el desacuerdo en espectáculo.
Se sabe que la política internacional rara vez recompensa los exabruptos, porque las relaciones entre países son demasiado complejas para administrarse mediante declaraciones exacerbadas, máxime cuando México se encuentra en un momento particularmente complejo, en el contexto de la revisión del T-MEC con EE. UU. y Canadá.
En estas circunstancias, la prudencia es más que una concesión, es una herramienta de Estado. De ahí que la mesura que hoy observamos en la conducción de la política exterior mexicana tampoco sea producto de la improvisación, ya que forma parte de un estilo de liderazgo que comenzó a ser reconocido más allá de nuestras fronteras.
Un artículo publicado por el diario británico The Guardian destaca la capacidad de la mandataria mexicana para proyectar serenidad en escenarios de alta tensión política, subrayando el contraste entre su estilo y la creciente estridencia que domina buena parte de la conversación pública internacional, así como su habilidad para combinar pragmatismo, sensibilidad social y visión de Estado.
Esa combinación ha contribuido a construir una imagen de liderazgo respetado y confiable tanto en la región como en todo el mundo. Lo que hoy algunos califican como cautela excesiva es, en realidad, una forma de fortaleza política: la capacidad de no perder el rumbo cuando hay otros que buscan imponer la lógica de la provocación.
Cabe recordar que las afirmaciones según las cuales México habría perdido el control de su territorio o que estaría sometido por completo a organizaciones criminales no son nuevas y tampoco resisten un análisis serio, ya que se trata de narrativas simplistas, construidas para fines políticos.
El fenómeno del narcotráfico es binacional por naturaleza. Si existen grupos que introducen drogas a Estados Unidos, también hay redes que las distribuyen, comercializan y obtienen enormes ganancias de ellas dentro del territorio de ese país.
La cooperación requiere responsabilidad compartida y no señalamientos unilaterales. No olvidemos que el Gobierno de México ha concretado acciones contundentes contra el crimen organizado en los últimos ocho años. Los desafíos persisten, desde luego, pero reducir una realidad compleja a consignas electorales no contribuye en nada al entendimiento entre ambas naciones.
La presidenta Sheinbaum entiende esa realidad. Su apuesta ha sido distinta desde el inicio: defender la soberanía nacional sin perder de vista los intereses estratégicos del país. Esa combinación de firmeza, prudencia y mesura constituye una muestra de madurez política que México necesita precisamente en estos momentos.
La coyuntura electoral estadounidense terminará eventualmente y lo que permanecerá será la relación entre dos países. Cuando llegue ese momento, resultará evidente quién actuó pensando en los votos de la próxima elección y quién actuó pensando en el futuro de su nación.
Frente al ruido, serenidad; frente a la provocación, inteligencia, y frente a quienes buscan dividir, unidad. Hoy, la mesura merece ser reconocida como la expresión de una confianza profunda en la fortaleza de México, su presidenta y su pueblo, y no como una actitud pasiva o una renuncia a defender los intereses nacionales.
Coordinador de los diputados de Morena
ricardomonreala@yahoo.com.mx
X: @RicardoMonreal
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