En el derecho romano, Ulpiano dejó asentada, en el Digesto (I, IV, 1), una máxima que resume buena parte de la lógica del poder imperial: Quod principi placuit legis habet vigorem, es decir: “lo que place al príncipe tiene fuerza de ley”.
Bajo esa fórmula, la voluntad imperial podía convertirse en norma obligatoria —incluso para aliados y pueblos federados—, siempre revestida de una apariencia de legalidad. Con el paso de los siglos, particularmente durante la Edad Media y el absolutismo del siglo XVII, esta idea terminó convirtiéndose en una justificación del poder absoluto.
La lección sigue siendo vigente: cuando negociar significa simplemente aceptar la voluntad del otro, deja de ser cooperación y se convierte en subordinación. La historia romana y su herencia política demuestran que cuando los acuerdos se convierten en instrumentos de fuerza dejan de servir para construir regiones fuertes y terminan pareciéndose a una versión actual de la antigua máxima imperial.
Las actuales tensiones entre Canadá y Estados Unidos ilustran lo anterior. El anuncio de aranceles del 50 por ciento a bienes canadienses y la posterior decisión de Ottawa de responder dólar por dólar muestran un escenario que se parece más a un pulso de fuerza que a una negociación. Queso, cemento o palos de hockey terminaron convertidos en símbolos de un desencuentro que, aunque pueda tener un impacto económico acotado, posee un enorme peso político.
El problema va más allá del efecto inmediato sobre el comercio, porque también debe tomarse en cuenta la narrativa que se construye. Cuando los acuerdos comerciales empiezan a funcionar como una especie de ley del talión, se olvida que fueron creados para resolver diferencias, dar certidumbre y construir regiones más fuertes.
Los tratados no son armas, son puentes. De ahí que utilizarlos como mecanismos de castigo termine poniendo en riesgo la confianza de millones de trabajadoras, trabajadores y empresas cuya estabilidad depende de ese intercambio, lo cual es algo mucho más importante que la relación entre dos gobiernos.
México observa este escenario con atención. Las negociaciones para renovar el T-MEC están en pausa y la postura de la presidenta Claudia Sheinbaum de fortalecer los vínculos comerciales y de cooperación sin subordinación ha sido clara en todo momento.
Esa visión resulta fundamental, porque mientras otros responden a las presiones con represalias, México apuesta por construir acuerdos que reconozcan la interdependencia de cada economía, pero también la dignidad y soberanía de cada nación. Y, más que aceptar imposiciones, se trata de entender que la fortaleza de América del Norte dependerá, en buena medida, de la capacidad para dialogar y encontrar soluciones compartidas.
La historia ofrece un claro ejemplo: en 1951, Francia y Alemania decidieron colocar bajo una autoridad común dos industrias estratégicas, la del carbón y la del acero. Venían de décadas de guerras que habían devastado Europa y dejado profundas heridas entre sus pueblos. La Comunidad Europea del Carbón y del Acero fue un acuerdo económico, pero también, y sobre todo, un acto político de reconciliación.
Al compartir recursos y crear instituciones supranacionales, los antiguos enemigos transformaron campos de batalla en espacios de cooperación y desarrollo. Esa decisión sentó las bases de lo que hoy conocemos como la Unión Europea.
La enseñanza es sencilla, pero no menor; la integración nace de la capacidad de imaginar un futuro distinto y no de la represalia. Ha faltado voluntad política, pero Canadá y Estados Unidos pueden lograrlo. Comparten frontera, cultura y mercados.
Y México, como integrante del T-MEC, tiene la responsabilidad de insistir en la visión de que los acuerdos están hechos para que una región entera pueda fortalecerse, no para que una nación gane una batalla. No podemos permitir que el tratado termine convertido en una disputa. Debe seguir siendo un instrumento de desarrollo compartido, capaz de reconocer las diferencias entre economías y, al mismo tiempo, aprovechar lo que se puede hacer en conjunto.
En ese sentido, la negociación debe entenderse como un espacio para construir; nunca como un campo de batalla. Las diferencias entre Ottawa y Washington se resolverán sentándose nuevamente a dialogar y negociar, en vez de seguir acumulando aranceles mutuos.
México habrá de mantener su insistencia en que el T-MEC siga siendo un instrumento de cooperación y desarrollo. Está en juego el futuro de una región que tiene condiciones para convertirse en un ejemplo de integración para el mundo, más allá de cuánto se vende o cuánto se compra entre países.
A final de cuentas, los acuerdos fueron creados para construir; no son un castigo. Y en esa tarea, México tiene la oportunidad —que no debe desaprovechar— de ser la voz que recuerde, con firmeza y sin subordinaciones, que negociar no significa ceder, significa tener la inteligencia y la responsabilidad histórica para encontrar un camino que permita avanzar a las naciones y a los pueblos.
Coordinador de los diputados de Morena
X: @RicardoMonrealA
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.
Exclusivas
Experiencias El Universal¿Por qué dejamos de escuchar? Hábitos que pueden dañar tu audición sin que lo notes
Experiencias El Universal“Off The Record” tercera edición: desayuna junto a Carlos Loret de Mola
Experiencias El Universal4 destinos de ecoturismo en Veracruz para conectar con la naturaleza
Experiencias El Universal





