En 1998, el exsecretario de Defensa de Estados Unidos, Caspar Weinberger, publicó The Next War (La próxima guerra), un libro que, aún en nuestros días, resulta inquietante. No es una novela de ficción ni un ejercicio académico, más bien parece una advertencia cruda acerca de cómo las potencias piensan sus movimientos militares con décadas de anticipación.
Entre los escenarios posibles, el libro plantea la invasión de México, bajo el argumento de proteger los “intereses estratégicos” de Washington. El plan estaba alimentado por información reservada de carácter político, económico y militar. Es decir, no era un delirio aislado, sino un recordatorio de que, para algunos círculos de poder, nuestro país siempre ha sido visto como terreno disponible.
Este antecedente viene a cuento luego de lo que ocurrió en la llamada cumbre de Alaska, donde Donald Trump y Vladímir Putin protagonizaron una reunión que fue publicitada como un esfuerzo conjunto por alcanzar la paz en Ucrania.
El hecho de que los líderes de los bloques políticos y económicos más importantes del orbe se sienten a negociar frente a frente parece, en primera instancia, un avance. Pero detrás de las declaraciones y los saludos se esconde una realidad incómoda: la guerra no la inició Ucrania, sino la invasión rusa contra una nación libre y soberana.
Recordemos que el origen del conflicto está en la obsesión imperialista de Moscú por rehacerse de territorios que aún considera propios. Pero Ucrania nunca pidió esta guerra; fue víctima de una invasión militar que ha cobrado miles de vidas y desplazado a millones de personas.
Y aunque el discurso de la “paz perdurable” puede sonar atractivo para quienes observan desde lejos, el hecho es que, según algunos medios estadounidenses, las propuestas para lograr la paz tras la cumbre apuntan a concesiones que comprometen la soberanía territorial de Ucrania.
En plena Guerra Fría habría sido impensable un encuentro así entre Washington y Moscú. En aquel tiempo, el mundo se dividía en dos bloques irreconciliables que se espiaban, se desafiaban y se contenían mutuamente a través de armas nucleares y conflictos indirectos.
Hoy, en cambio, se sientan a dialogar como si estuvieran cerrando un trato comercial. La pregunta de fondo es: ¿realmente buscan la paz o simplemente estabilizar sus zonas de influencia? Mientras tanto, la voz de Ucrania parece perderse entre los pasillos diplomáticos.
Lo mismo ocurre con los países del sur global. ¿Quién defiende el principio de que ningún pueblo tiene que ser sacrificado en nombre de los equilibrios de poder? La paz no puede ni debe imponerse como un acuerdo entre accionistas de una empresa, es decir, repartiendo territorios ajenos y garantías de seguridad al margen de los directamente afectados.
Y aquí conviene volver a México, porque nuestra historia demuestra que las grandes potencias siempre han tenido la tentación de intervenir. La invasión de 1847, la ocupación de 1862 o los intentos recientes de condicionar la lucha conjunta contra el narcotráfico nos recuerdan que la soberanía se fortalece con unidad nacional y con decisiones inteligentes.
No olvidemos que la Iniciativa Mérida, impulsada en su momento por los gobiernos neoliberales, aduciendo el combate al crimen organizado, es apenas un ejemplo de cómo se busca abrir espacios de injerencia bajo causas aparentemente legítimas.
Weinberger anticipó que el pretexto podía ser el narcotráfico, pero el objetivo es y será siempre político y estratégico, porque quien controla la narrativa sobre “seguridad mundial” intentará también controlar las decisiones de un país libre.
En este escenario, México debe ser cuidadoso y firme. No se trata de alimentar paranoias, no, sino de asumir la responsabilidad histórica de defender nuestra soberanía con información veraz, con una política energética soberana, con una cultura fuerte y con unidad nacional frente a cualquier intento de injerencismo.
Esa tarea recae hoy en la presidenta Claudia Sheinbaum, quien cuenta con el respaldo del pueblo y del Congreso para enfrentar los desafíos internacionales con inteligencia y dignidad. Su liderazgo ha sido firme; no ha caído en la confrontación estéril y tiene claro que México no puede ni debe ser un espectador pasivo en este reacomodo mundial.
La cumbre de Alaska nos deja una lección: cuando las potencias negocian, piensan en sí mismas, no en los pueblos que sufren las consecuencias, pero la paz entre naciones no debe significar la subordinación de los pueblos libres.
Que Trump y Putin se estrecharan la mano en Alaska puede ser leído como un gesto diplomático, pero también como una advertencia: el mundo se mueve rápido y quienes no se posicionan con claridad corren el riesgo de ser arrastrados por intereses ajenos.
La verdadera cumbre no está en Alaska, Washington o Moscú. La verdadera cumbre está aquí, en la defensa de nuestra soberanía frente a cualquier intento de sometimiento. Y en esa tarea, el pueblo mexicano y su presidenta deben seguir caminando juntos.
Coordinador de los diputados de Morena
X: @RicardoMonrealA