Es algo sin precedentes: a diferencia de todas las reformas electorales de los últimos 50 años en México, la que se acaba de anunciar el miércoles no fue discutida con la oposición ni con la sociedad civil. Morena, PT y PVEM negociaron los detalles en lo oscurito, y la oposición y el resto del país se han enterado a través de la televisión. Es una ley que no está a discusión porque Morena pretende aprobarla en fast track en las Cámaras.

Conviene empezar por lo esencial: el problema central de la ley electoral vigente no se corrige. Ese problema son las coaliciones electorales. Bajo esta figura, los partidos firman un “pacto de coalición” y se distribuyen de antemano los triunfos en los 300 distritos. Para votar por la coalición Morena-PT-PVEM basta cruzar el logo de uno, de dos o de los tres partidos. La gran mayoría de los votantes cruza solo un logo, y así fue como en 2024 Morena pudo ganar, con votos exclusivamente a su emblema, 250 distritos. Sin embargo, México es prácticamente el único país donde los electores en un distrito votan por un partido y la victoria se le atribuye a otro. En 2024, por ejemplo, el distrito 8 de Coahuila fue asignado de antemano al PVEM: aunque Morena ganó ahí con 38.9% de los votos, el diputado terminó en el PVEM, que solo obtuvo 4.5% en ese distrito.

Con este mecanismo, Morena redujo artificialmente sus 250 triunfos a 161, transfiriéndoles 89 distritos al PT y al PVEM. Podría parecer irrelevante, porque la suma de curules de la coalición es la misma, pero no lo es. Al “bajar” su número de distritos ganados, Morena pudo acceder a más diputaciones plurinominales y así obtuvo 75 de las 200 disponibles. También el PT y el PVEM recibieron plurinominales. De ese modo, la coalición Morena-PT-PVEM acumuló 364 diputados en total, es decir, 72.8% de la Cámara, con solo 54.7% de los votos: una sobrerrepresentación de 18.1%.

Lejos de corregir esta distorsión, la reforma propone eliminar a los senadores plurinominales y complicar aún más la asignación de los 200 diputados plurinominales.

Para el Senado, el proyecto suprime los 32 escaños de representación proporcional y deja 64 de mayoría relativa y 32 de primera minoría. Morena apuesta a capturar casi 64 senadurías entre ambas vías, asegurándose una sobrerrepresentación difícil de impugnar, porque en el Senado no existe un tope máximo de escaños por partido. En 2024, la coalición encabezada por Morena obtuvo 60 de las 64 senadurías de mayoría y 4 de las 32 de primera minoría, es decir, 64 en total. Al eliminar los plurinominales, ese número equivale a dos terceras partes del Senado (64 de 96), justo la mayoría calificada necesaria para cambiar la Constitución.

En cuanto a la Cámara de Diputados, la información disponible es confusa. Se habla de mantener 200 plurinominales, pero con listas confeccionadas de otro modo: 100 serían candidatos de distrito no electos, ordenados según su porcentaje de votación en los distritos que perdieron, y otros 100 serían personas electas directamente por partido. No está claro cómo se organizaría esta última votación en las urnas. En cualquier caso, este detalle es secundario. Lo verdaderamente decisivo es impedir la transferencia de votos de un partido a otro, cuyo único propósito es ocultar la sobrerrepresentación real para maximizar la asignación de plurinominales.

La situación actual —que la reforma no corrige— desvirtúa por completo la función de los diputados plurinominales. Estos fueron concebidos para compensar la sobrerrepresentación y aproximar el número de curules de cada partido a su porcentaje de votación. La elección por mayoría relativa en distritos genera una desproporción enorme. En 2024, Morena, con 40.8% de los votos, ganó 250 de los 300 distritos, es decir, 83% de las diputaciones de mayoría. Por eso existen 200 plurinominales: para acercar el porcentaje parlamentario de los partidos a su porcentaje electoral. Sin embargo, gracias a los convenios de coalición, Morena puede simular que ha ganado menos distritos para poder acceder a diputados plurinominales adicionales.

Es fundamental que los ciudadanos entiendan lo que se está cocinando con esta reforma. Su diseño apunta a garantizar que Morena conserve el poder durante décadas. Resulta difícil no ver la paradoja: quienes llegaron al poder gracias a sucesivas reformas electorales ahora se dedican a desmontar al INE y a retrasar el reloj institucional medio siglo, para volver a la época del carro completo y de la “dictadura perfecta”. Solo que ahora, en efecto, más perfecta que nunca.

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