María Corina Machado es uno de esos ídolos que fabrica la prensa liberal con relativa frecuencia desde hace años. Primero nos presentan “un nuevo Churchill” (Zelensky), o “un Obama venezolano” (Juan Guaidó), y después nos dicen que la Historia con mayúsculas les resultará favorable y su causa ganará ante el tribunal del futuro. Ésta es la justificación para su fracaso político en los hechos, siempre queda el consuelo de la Historia. De preferencia, los héroes liberales tienen que ser actores “ciudadanos”, porque para el liberalismo contemporáneo, quienes militan en un partido, en automático pierden su ciudadanía. Pertenecer a un partido sataniza a la gente, la pureza es propia de los “ciudadanos”, entendida no según el criterio jurídico, sino el ideológico, que quiere decir no acercarse a la política profesional. Son políticos que vienen de algo llamado “la sociedad civil”, es decir que no tienen experiencia de gobierno, y, por lo tanto, según el argumento liberal, están capacitados para gobernar mejor. No se ría, eso piensan quienes desprecian la política profesional. Si usted nunca ha hecho política profesionalmente, no conoce las intrigas o manejos del poder, y si además no tiene experiencia en la administración pública, es usted la persona adecuada para gobernar un país. No tiene ninguna lógica, pero ese es el argumento liberal desde hace décadas.
La falta de experiencia política y por tanto de familiaridad con el poder, se manifiesta en gestos de candor e ingenuidad muy comprensibles. Por ejemplo, suponer que basta ganarle una elección a una dictadura para llegar a la presidencia. O imaginar que el prestigio de un Premio Nóbel en cualquier categoría supone una palanca de poder real. O conjeturar que alguien como Donald Trump, quien, de acuerdo con varias mediciones internacionales (The Economist Intelligence Unit, Freedom House, etc) está desmantelando las instituciones de la democracia liberal en su propio país, tiene interés en instaurar la democracia en Venezuela. En política, como en la vida, el problema de fondo no es equivocarse, sino persistir en el error. Contra toda evidencia, la prensa liberal y la propia María Corina, parecen esperanzados en que como Machado le regaló a Trump su Premio Nobel, éste la respetará y tal vez la colocará en la Presidencia de Venezuela. Ojalá, pero por lo pronto, no veo cómo. Ella no tiene control de ningún factor real de poder en su país, no puede garantizar gobernabilidad y control territorial. Mucho menos ofrecerle garantías a Trump de hacerse de los recursos y echar a andar los negocios que le interesan genuinamente en Venezuela. Machado, en suma, no puede imponer un orden, de cualquier tipo. Por tanto, no tiene capacidad de formar gobierno más allá del nombre. No tiene buena relación ni con los militares, ni con las fuerzas policíacas, ni con nadie capaz de proveer estabilidad. No se me malinterprete, admiro el civismo de la señora y encuentro heroica su lucha. Pero el civismo y el heroísmo no son factores de poder. Y la política hoy, mañana y siempre, se trató, se trata y se tratará del poder. No lo digo yo, sino pensadores de la talla de Raymond Aron. Si el liberalismo va a resurgir de las cenizas en las que se encuentra, necesita un mayor sentido del realismo político. La bondad y generosidad de Machado son distintivos de humanidad, no cualidades políticas. Pensar lo contrario constituye un peligroso gesto de ingenuidad, y no hay peor pecado en la política que ser ingenuo.
@avila_raudel

