1.- La ocasión anterior estaba usted regresando de China. ¿Qué actividades lo llevaron a la cárcel y cómo fue su estancia en ella?
Yo salgo de China desde Shanghai a Roma, después Amsterdam, Curazao, Panamá, Guatemala y desde Guatamala en ferrocarril a la frontera con México. De ahí un poderosísimo ADO desde Tapachula a México y nuevamente desaparezco. En ese regreso tan extenso y complicado, logré que Miguel Nassar perdiera temporalmente el rastro de Ángel Verdugo. Llego con mis camaradas y pregunté qué íbamos a hacer. Para entonces, la decisión ya estaba tomada. Íbamos a irnos al campo, a Durango, donde había una persona, Álvaro Ríos Ramírez, que dirigía una organización campesina. Una gran persona, amigo y compañero. Allá empecé a trabajar en un ejido al norte de Durango para ayudar a la formación de grupos de estudios de campesinos al norte de Durango como ya dije, y al sur de Chihuahua. Fallecieron 3 compañeros por una cosa tan sencilla como no saber moverse en el campo. Se les hizo fácil decir “vámonos al pueblo. Ahí empezó a ponerse más compleja la situación para nuestro grupo. Empezamos a movernos por San Luis Potosí, Parral en Chihuahua, la sierra, pero no regresar. Decidimos concentrarnos para ver qué hacíamos en la Ciudad de México. En esas condiciones, yo iba a San Luis Potosí a ver a un grupo de gente que trabajaba en ferrocarriles. Teníamos una célula ahí. Y cometimos un típico error de principiante, de quienes tienen nula experiencia con la clandestinidad. No era lo mismo la clandestinidad previa al 68, donde perteneces a una célula y un grupo de estudio que a estar huyendo de la policía. Nos movíamos por todo el país volteando siempre a ver si no nos seguía nadie. Entonces cometemos un error de principiantes. Teníamos un apartado postal donde recibíamos correspondencia de China. Que el Pekín Informa, que las obras escogidas de Mao, etc. Fundamentalmente propaganda china, pero no imaginábamos que la Federal de Seguridad tenía controladas todas las agencias de correos. Cuando llegaba material chino, inmediatamente reportaban. Si nomás se trataba de propaganda, lo dejaban que fluyera. A ese apartado postal, yo escribí antes de regresar. Llego tal día a tal hora, y después estaré en la central de autobuses de Querétaro tal día y a tal hora. La Federal de Seguridad evidentemente leyó mi carta, la cerró y la volvió a depositar. En ese momento, la Federal se dio cuenta que atrás de ese material había un grupo prochino. Y dejaron correr el hilito, como se dice en la pesca.
Entonces llegué a Querétaro y no había nadie esperándome. En ese momento las reglas elementales de la clandestinidad dicen “pélate y luego averiguas.” Yo no lo hice. Tomé un autobús y llegué a la casa de seguridad en la Ciudad de México. “Oye cabrón, te mandé una carta” reclamé. “No llegó”, me informaron. Fui con un compañero que era sastre a que nos hiciera un traje y cuando llegamos a la casa de seguridad “véngase para acá.” Nos pusieron contra la pared y empiezan a preguntar los nombres. Cuando yo dije “Ángel Verdugo Beltrán”, el comandante Gabriel Sosa dice “a ti te queríamos agarrar hijo de la chingada.” De ahí nos llevaron a una casa de seguridad ahí por Los Reyes, en el Estado de México, una vieja granja porcina. Ahí te interrogaba la Federal de Seguridad. Nos tuvieron ahí doce días.
2.-¿Aproximadamente en qué fecha sucedió esto don Ángel?
El 20 de mayo de 1972. A las once de la mañana del 21 de mayo, me llevan a un lugar de la casa y veo a un señor bajo de estatura, ojo claro. Era Nassar. Me ponen frente a la pared, me quitan las esposas y me voltean. “Hasta que por fin nos vemos Ángel” dice Miguel Nassar Haro. “Sí, usted ganó. Me capturó”. Antes de eso, a las siete de la mañana, en un cuarto de la casa me había dado una madriza Sosa. Una madriza de Padre y Señor mío, por coraje de que yo me les había pelado muchas veces. Yo estaba cansado y Nassar se me queda viendo antes de decirme “no, te equivocas. En esto no hay vencedores ni vencidos. Siéntate”. En una mesa como la que estamos sentados tomando café ahorita, chiquita, había un escribiente al lado derecho que tomaba notas y Nassar observando todo. “Antes de que empiece a interrogarme” le pedí a Nassar” “ayer capturaron también a mi esposa. Quiero verla para que ella sepa que yo también estoy vivo.” “No hay problema” contesta Nassar y me llevan al cuarto donde estaba ella detenida. Ya que vi a mi esposa de aquel entonces, me regresan a donde mismo. Nassar tenía un altero como de veinte centímetros de aquellas como tarjetas de contabilidad ¿te acuerdas de esas? Era el equivalente a los archivos electrónicos de hoy. “Mira Ángel, a la vista de estos archivos, tú dirás si quieres que te trate como animal o como persona.” Obviamente respondí que como persona. Saca Nassar la primera tarjeta y me pregunta “¿cómo dabas clase en Física y Matemáticas?”. En ese momento, contesté “no me acuerdo.” Se molesta y me reconviene “no te hagas pendejo. Pero bueno, yo te lo voy a recordar. Tú aprovechabas tu calidad de maestro para aleccionar a tus alumnos en contra del imperialismo yanqui.” Yo tenía que impartir clase de lógica matemática y entonces les decía “la guerra de Vietnam es una guerra injusta, por tanto, el imperialismo yanqui será derrotado”. Saca Nassar la segunda tarjeta “en el mítin celebrado en abril del 67 en Puebla, tú representaste a la escuela de Física y Matemáticas. ¿Qué fue lo que dijiste?.” Y de nuevo yo “no me acuerdo.” Ay Ángel, nomás decía Nassar, él tenía todo anotado en sus archivos y le pedía al escribiente que transcribiera mis respuestas. Nassar me tuvo así, agotando desde que me agarraron hablando del 68 en adelante. Él podía escribir mi biografía con información y datos más serios que yo mismo sin ningún problema. Y de repente, me muestra una copia de mi pase de abordar de Pekín a Paris cuando fui a recoger unos camaradas mexicanos. También una copia del pasaporte que presenté ante los oficiales de migración, la boleta de desembarque, mis identidades falsas. “Mira nomás todo lo que tengo Ángel”. Tenía todo de mi ida a China, pero nada del regreso. Él no sabía cómo había yo distribuido a mis compañeros en el regreso, en cuáles ciudades. Eso no sabía. Entre sus papeles tenía mis informes para los chinos. Y qué es esto Ángel, y qué es aquello, nomás demostrándome lo que sabía. Hasta que terminamos, el veinte de mayo de 1972. Y yo pensé, aquí murió el asunto. “Cierre esos expedientes licenciado”, ordenó Nassar al escribiente. Y entonces empieza otra serie de preguntas “¿dónde naciste?”. “¿Quién te enseñó a manejar armas?”. Le expliqué que mi papá desde chamaco me enseñó a manejar armas. Esos tres o cuatro días me tuvo ocupado con puras preguntas desde que nací hasta mi época como docente. Para elaborar un perfil psicológico. Así trabajaba la CIA y así lo aprendió de ellos Nassar. Lo importante no son las acciones del individuo sino qué las motivó. ¿Quién fue tu familia? ¿Cómo te educaste? ¿En qué ambiente te desenvolvías? Pepe Newman, nuestro amigo psiquiatra, siempre me pregunta de estas cosas. Cuando Nassar ya tuvo cubierta toda la información sobre mi nacimiento hasta que me capturaron, se dio por satisfecho. Y de repente me desafía “¿Sabes qué? Todo lo que hemos estado haciendo no sirve para nada. Aquí tenemos un miembro de tu movimiento que dice que tú estabas dedicado a comprar armas.” Veo al fulano en cuestión y me le abalanzo al cabrón “¡no es cierto!”. Me separan de él y Nassar tranquilo “no no, espérame, espérame.” Entonces llega la oferta de Nassar. “ahorita yo tengo la oportunidad de consignarte o dejarte ir. ¿Quieres trabajar para el PRI?”. Mi respuesta “no señor, yo todavía me respeto…”. Nassar subiendo el tono “no te hagas pendejo Ángel. Si yo quiero ahorita te suelto y te… echo a perder tu vida política por siempre.” Y que le contesto “eso usted no lo va a hacer.” Se me queda viendo “¿y por qué no?.” Le dije que porque “usted y yo somos profesionales en lo que estamos haciendo.” Entonces trabaja para mí, me ofreció Nassar. “Menos” le contesté. “Órale pues, proceda usted a la consignación licenciado” y me llevan a la perica. Fuimos a la PGR en Valerio Trujano. Estuvimos tres días ahí y luego me mandaron a Lecumberri. Mi esposa fue a cárcel de mujeres y salió al mes y medio porque los delitos que le imputaron no ameritaban quedarse. Mi suegra y su familia pagaron la fianza de mi señora. De nosotros nos quedamos otro compañero y yo. Pero él estuvo como un mes porque no había delitos graves y solamente me quedé yo, con uno de los detenidos que ya habían capturado “el flaco Simental.” Nos presentan ante el ministerio público y en el momento que a nosotros nos llevan a la PGR, yo pensé “ya no me mataron”. Antes de eso podían hacer lo que quisieran conmigo. No se trata de chuparse el dedo. Pero no, me presentan ante ministerio público, arman el documento de consignación y vamos a Lecumberri. Llegamos a la crujía de turno, que era la H, mientras el juez determinaba si había elementos para dictar auto de formal prisión y lo que llaman ahora prisión preventiva oficiosa. En aquel entonces, en mi caso fue automática, por tratarse de un grupo como el mío. El primer miércoles de junio a dormitorio. Me llevan a la E, la crujía más dura, para rateros primerizos. Setecientas y tantas personas. En aquel entonces Lecumberri tenía como subdirector a Santiago Peña Moncada, un capitán que era el representante de la Federal de Seguridad en Lecumberri y el jefe de vigilancia era Heriberto Gil Cárdenas, teniente coronel y segundo de Díaz Escobar. Me llevan con Gil Cárdenas, un feroz anticomunista y nos dice “miren señores, aquí las reglas son éstas. Si ustedes obedecen, no tendrán problema alguno. Pero si no, me van a encontrar. Y órale, a dormitorio.” Esa noche me enfrenté a lo que jamás en mi vida imaginé. La E era uno de los dormitorios largos en el panóptico. Había dos registros de drenaje, uno a la mitad y otro al final. Un preso me quitó los zapatos cuando llegamos. El botín… entonces nos dicen “órale cabrones, desnúdense”. Y como decimos en mi pueblo, hasta aquí quedó. Y me dicen “a ver métete”, me mandan al registro mayor del drenaje, donde caía todo. Cuando digo todo, es todo. Me ponen un balde y me dicen “quiero que el agua que sale por aquí por un canalito, salga cristalina.” Y empiezo como dirían en Sonora, a mano bichi a sacar excremento y depositarlo…
3.- El entrevistador hace una mueca de asco que no puede contener ante la descripción gráfica de Verdugo.
Así como te lo estoy diciendo. No estoy exagerando en lo más mínimo. Aquí las heces fecales (hace un gesto). En ese momento ya te tienes que preparar para eso y más en la cárcel. Como a las tres horas debo haber acabado y dejé todo perfectamente limpio. Debo haber terminado a las tres o cuatro de la mañana. Eso es lo que hacía Gil Cárdenas a los presos políticos aunque estuviéramos en una crujía de presos comunes. Nos ponía tres meses a recoger… en todas las áreas de Lecumberri. El mayor que estaba en la E, era el jefe de la banda que efectuó el primer asalto bancario psicológico. (Hago un gesto de desconcierto y don Ángel asegura que luego me explica qué es eso). Y su primer oficial era Vicente Zarazúa, que se decía de izquierda y que asaltaba bancos para obtener armas y la revolución. “Ni que yo fuera tan pendejo” como dijo aquel, pero bueno. Como a media mañana me manda llamar y me pregunta qué necesito, dizque por que él también andaba en la lucha revolucionaria. “Pues aquí ando sacando excremento” le digo. No te preocupes, me dice, y llama a un porro del Poli, Raymundo Olvera Rico. “Mira Raymundo, aquí hay un colega tuyo del Poli y la chingada. Necesitamos que unos días mientras se acomoda aquí lo ayudes. Es un preso del 68.” Y aquel dice “nombre hermano, que le caiga acá a mi celda”. Se portó de maravilla. Me dijo “vamos a esperar dos, tres días que se calme la cosa. El teniente coronel va a hacer la ronda y sobre todo va a detenerse aquí, para verte haciendo la faena. Prepárate, yo te aviso con pocos minutos de anticipación cuando venga y en chinga corriendo te vienes.” Dicho y hecho. Me daban un pedazo de jerga, y en cuclillas, me daba un balde de agua el jefe, y yo dizque secando cuando pasaba Gil Cárdenas. Así con su pinche sonrisa, como diciendo “ya ves méndigo comunista…”. Así pasé el primer mes y luego se supone que me tocaba cambio a otra área. No me acuerdo cuánto pagué…
En fin, se viene el primer centenario del fallecimiento de Benito Juárez. El 18 de julio de 1972. Iba a celebrarse una ceremonia en todo el país. A las once de la mañana un minuto de silencio en todo el país, por Echeverría y el culto de Benito Juárez. Había que hacer una ceremonia y pronunciar unas palabras. Le dice el mayor a Zarazúa, hay que hacer esto. Búscate alguien que te escriba un discurso porque va a venir el subdirector, un general y el jefe de vigilancia. Una crujía de 700 presos encuadrada en secciones, como veinte secciones creo. Mucho… y me dice Zarazúa “oye Ángel aviéntate unas palabras. Cabrón pues a poco crees, quién va a escribir algo así, más que tú.” Me prestaron una máquina de escribir. Ángel Verdugo Beltrán, que tenía 45 días en Lecumberri. Pues ya qué, si había puesto bombas en el PRI, que no me aventara unas palabras. Llega el 18 de julio y todos formados. “Ahora dirá unas palabras el interno Ángel Verdugo Beltrán.” Y se me queda viendo Gil Cárdenas, “¿cómo es posible que éste que es peligroso y la chingada, sea el que hable?”. Para entonces yo compartía celda con un sobrino del doctor Rodolfo Stavenhagen, Sergio Carrasco Vargas. Zarazúa dice “ya sé con quién te voy a mandar. Ahí está el loco cabrón de Carrasco que es intelectual y pintor y la chingada.” Y aquel feliz de la vida, celda amplia para pintar. Cumplo los 3 meses obligatorios. Se supone que a los 3 meses debieron cambiarme a la crujía de presos políticos. Al mismo tiempo estaba un grupo prochino en Lecumberri, el del ingeniero Fuentes. Mandaron esos presos una carta a la revista Porqué, de Mario Menéndez. En la carta se quejaban “detuvieron a Ángel Verdugo por difundir el pensamiento Mao Tse Tung…”. No me ayuden les dije. “Es para que te traigan a la crujía de presos políticos.” No, les dije, yo me voy a quedar en la crujía de presos comunes. Yo no vine a la cárcel a hablar de la revolución mundial. Efectivamente, los 3 años, 10 meses y 4 días que estuve en la cárcel, me quedé con presos comunes. Viví, leí y analicé lo que había hecho con mi vida.
Cumplí mis tres meses de fajina y pedí la oportunidad de trabajar como maestro en la escuela de la cárcel. Mi solicitud la rechazó Gil Cárdenas. Cuando fue a verme mi esposa le dije “háblale a don Miguel (Nassar) y dile lo que me negaron. Quiero dar clases.”
4.- ¿Seguía usted en contacto con Nassar?
No, desde que me agarró no. Entonces mi esposa le habló por teléfono. “Déjame ver” le dijo Nassar. Y en chinga le habló a Santiago Peña Moncada, que era el representante de la DFS en la cárcel. Me llama Peña “me habló Miguel que quieres dar clases. Déjame ver cómo lo negociamos.” A la semana y media más o menos, me llaman. “Preséntese en el centro escolar Venustiano Carranza”. Pelones, otra raya más al tigre y me la peló Gil Cárdenas. Empecé a dar clases con grupos de 60 alumnos, todos ellos presos. Primero entré como suplente de otro que daba clase de matemáticas. Al mes ya me lo había comido vivo y tenía mi grupo de matemáticas. En ese entonces, Echeverría hizo una reforma educativa que pocos recuerdan y hacía del libro de ciencias sociales un manual del materialismo histórico. Me moví para que me dieran la clase de ciencias sociales y empiezo a adoctrinar a los alumnos para escaparse de la cárcel. Empecé a estudiar francés con un maestro políglota, hijo de un diplomático mexicano, que nos dio clases particulares a un grupo de 6. Empecé a organizar también mi vida en la cárcel con todos sus inconvenientes: Esculques a las 3 AM, que tienes que traer el pelo corto, toda la disciplina.
5.- ¿A qué se refiere con los esculques?
Entraban a las tres de la mañana, y estuvieras como estuvieras, te sacaban de la celda y esculcaban. Es la vida propia de la cárcel y si lo aguanta el de la celda de enfrente, ¿por qué yo no?. Te aguantas. En diciembre, veo que un grupo de damas piadosas llevaban a los presos suéteres y chalecos que ellas bordaban, para el frío. La ceremonia de entrega de prendas tenía lugar en la escuela. Pasa el tiempo y a los maestros nos pagaban 28 pesos por semana, se supone que para que pudiéramos ahorrar. Pasé ahí la primera Navidad en la cárcel. Muy dura, a pesar de que ya en la clandestinidad había pasado navidades muy difíciles, separado de mi familia por si llegaban a detenerme para que no detuvieran a mi esposa también. La nochebuena es el día más difícil para un preso.
En aquel entonces se presentó una oportunidad, pues el 70% de los presos no habían terminado la primaria y ya en esa época el certificado de primaria era un mínimo indispensable. Entonces se nos ocurrió armar un programa para hacer la primaria de seis años en tres. Se trataba de lograr que los presos salieran con su certificado de primaria. Logramos la primera graduación e invitamos a doña Amalia, viuda del general Cárdenas. Y ella aceptó. Preparamos una ceremonia con honores a la bandera, presídium, doña Amalia madrina de la generación. Y el patio de la escuela lleno de 150 presos. El maestro de ceremonias fui yo. Entonces comenté que los presos al salir de la cárcel enfrentaban discriminación, a pesar de que no pocos de ellos son inocentes. Eso había que combatirlo. “Por ejemplo, ahorita señora Amalia, estamos frente a usted y tres militares casi doscientos presos. ¿No cree usted que si fuéramos tan malos como dicen, los tomábamos como rehenes? Pero no se preocupe, está usted entre amigos que la respetan y al general Cárdenas también.” Ya te puedes imaginar, las autoridades furiosas “este cabrón que apenas lleva un año preso ya controla la escuela y nos montó este numerito.” Y cae en la cárcel, Eusebio Mendoza, un guerrerense que cometió fraude. Era el director de una escuela de artes gráficas. Su ahijado era el oficial mayor de la SEP. Y fue a revisar qué nos hacía falta en la escuela. Resultó que este ahijado era muy amigo de Rodolfo Echeverría, igual que yo. Y nos ayudó a mejorar las condiciones de la escuela. A los 2, 3 meses viene un vigilante a la reja a decirme “estate listo porque a las 7 voy a llevarte a la dirección”. Y yo ah cabrón qué hice. Me llevaron a la subdirección. Ahí estaban Peña Moncada y Gil Cárdenas. Y me dicen “va a venir a verte una persona a las 11 de la noche. Ahí estate.” Pregunté quién era y no me dijeron. A la hora señalada, llegó Rodolfo Echeverría. A partir de ahí se formó una amistad que dura hasta la fecha. Terminamos de platicar hasta las cuatro de la mañana. “Qué necesitas” me preguntó. “Nada”. Me aseguró que él iba a estar pendiente de mi caso y lo iba a comentar con el subsecretario de gobernación, don Fernando Gutiérrez Barrios. “Voy a hablar con él para que te reintegres a la sociedad.” Va con él, y don Fernando le contesta “Ángel Verdugo es considerado muy peligroso todavía. Venga a verme en seis meses.” Y así se lo dijo seis veces don Fernando a Rodolfo, pero así se construyó nuestra amistad. Me iba a ver Rodolfo, me regalaba libros. Y eso me ganó consideraciones en la cárcel, para que no se metieran conmigo.
A veces Nassar también iba a la cárcel a hablar con los presos para alguna investigación policíaca. “Qué pasó Ángel, te hace falta algo. Cualquier cosa que necesites…”. Con esos detalles, dejaron de meterse conmigo y decían en Lecumberri, Ángel es picudo. Yo me levantaba a las 6 de la mañana, me bañaba, a las siete iba a mis clases de francés. A las 8 y media empezaba a dar clases en la cárcel. Luego comía y en la tarde daba más clases. El ritmo de trabajo me permitió leer, pensar y estudiar mucho. Ahí vi nacer a mis dos hijos Ángel y Alvar. Para mí era una delicia el domingo porque me venían a ver. El problema era la hora de la salida. Una cosa que no le deseo a nadie. Que tú acompañes a tus hijos a la reja de salida y tus niños se agarren a ti porque no quieren irse, está cabrón. Así pasé 3 años, 10 meses y 4 días. Echeverría debe enviar al Congreso una iniciativa de ley de amnistía el 25 de marzo de 1976. Dice en los considerandos “que todos los dirigentes y participantes en el 68, etcétera, los cubre esta ley de amnistía”. El único problema es que la mayoría ya habían salido desde el 71 y el único que seguía preso era Ángel Verdugo.
El 24 de marzo vino a verme Rodolfo a las once de la noche. “Mañana te vas”, me avisó. “Rodolfo, es la sexta vez que pasamos por esto”. “Ahora sí es en serio, pero no se lo digas absolutamente a nadie”. Al día siguiente yo como si nada hice lo mismo. Yo estaba esperando que me llamaran a juzgado. Empezó a hacerse tarde y yo pensé “otra vez no voy a salir.” Y en eso como a las dos y media de la tarde, un vigilante grita “Ángel Verdugo, a los juzgados”. Y yo pensé, ya chingué. Bajé con mis dos boletas de libertad. Peña Moncada me interceptó y no creía que yo ya iba a salir libre. Le habló a Nassar. “Oye Miguel, tengo frente a mí a Verdugo y dice que ya se va. Nadie me avisó. Qué soy tu pendejo o qué.” Quién sabe qué le contestó don Miguel, “se me olvidó o algo así.”
Me llevaron al petal y me pidieron que devolviera mi cobija, mi tasa para el café de peltre y el plato de aluminio para comer. Yo no tenía nada de eso. “A buscarlos” me dicen “y un uniforme o no sale”. Ahí voy con mis alumnos a decirles lo que necesitaba. Por cien pesos me lo consiguieron. Y después de eso, ya para fuera. Ya les había avisado a mis amigos que como a las 5 salía. A las cinco y media salí, para empezar a recibir los choques del hombre en reclusión. Sentía yo que los camiones se nos echaban encima, porque mi percepción óptica y espacial había disminuido en la cárcel. Una sola vez vi la libertad cuando fueron a filmar una película a Lecumberri. Mi horizonte era una barda donde asesinaron a Madero. Mi horizonte estaba muy limitado por las paredes de la celda y de la propia cárcel. Así me incorporé a la sociedad y me habló Rodolfo a las 8 de la noche. “Ángel me llamó el presidente Echeverría y te invita a que lo visites el viernes a las 5 de la tarde. ¿Hay algún impedimento? ¿No? Nos vemos a las cuatro en una cafetería y de ahí nos vamos juntos.” Llegado el momento, nos encontramos a Echeverría en Los Pinos, en medio de una reunión a su estilo con 200 o 300 campesinos. “Qué tal Ángel, cómo le fue en Lecumberri” me dijo Echeverría. Me dieron ganas de mentarle la madre, no la chinga, después de que me tuvo en prisión casi cuatro años. “Bien” le digo. “Cuando conocí al camarada Tito, me confesó que su mejor escuela había sido la cárcel fascista. Ahí estudió marxismo, historia, economía y todo. Usted qué hizo.” Le conté que yo también había estudiado. “Muy bien, cómo está la familia y qué quiere hacer.” “Señor presidente, trabajar. No tengo absolutamente nada y mi familia, mis hijos están en condiciones muy difíciles. Necesito trabajar.” Me preguntó dónde quería yo trabajar. “Hay una empresa de Conasupo que se llama Ceconca, Centros Conasupo de Capacitación Campesina y yo quisiera trabajar ahí.” Me preguntó Echeverría quién dirigía eso. “El licenciado Salazar Toledano” respondí. “Ah Chucho”, soltó Echeverría. “A ver Rodolfo, habla con Chucho y dile que yo le mando a Ángel, que me lo cuide y me lo trate bien. Y Ángel, lo que se le ofrezca, cualquier cosa, aquí tiene usted a su amigo.”
Todo esto sucedió un viernes. El lunes a las diez de la mañana ya estaba yo platicando con Salazar Toledano. Luego vino la separación de mi esposa y después ya el sexenio de López Portillo. Pasaron muchas cosas en mi vida posterior, pero eso ya fue otra historia.

