El martes pasado quedó claro que la frase “llegamos todas” ha perdido su significado. Las diputadas que deberían representarnos nos dieron la espalda y nos recordaron que, en la política, el poder pesa más que la justicia.

Con 291 votos a favor, Morena, el PVEM y el PRI desecharon la solicitud de desafuero del diputado federal Cuauhtémoc Blanco, acusado de un delito sexual. La decisión no solo protegió a un posible agresor, sino que también dejó un mensaje claro: en México, la política sigue estando por encima del feminismo, y por ende, de los derechos de las mujeres.

En un país donde una mujer es agredida sexualmente cada cuatro minutos1, fuimos testigos de un acto de traición, las diputadas respaldaron a un agresor, gritando desde la tribuna “no estás solo”, asegurando así su impunidad. No se equivoquen diputadas, su momento de “grandeza” fue, en realidad, un acto de complicidad. No defendieron la justicia, defendieron a un agresor.

Nos dejaron solas. Quedó claro que el patriarcado no solo se perpetúa a través de los hombres, sino también desde quienes, siendo mujeres, lo reproducen. En su voto, en sus palabras y en su indiferencia, las diputadas demostraron que el machismo sigue arraigado en las estructuras políticas y que la violencia de género es un problema sistémico. Estamos lejos, muy lejos, de dejar de ser un México machista y encubridor.

No se trata de condenar a Cuauhtémoc Blanco sin juicio, sino de retirarle el fuero para que pueda ser investigado y, en su caso, juzgarlo como cualquier ciudadano acusado de violación. A pesar de esto, las diputadas que deberían luchar por los derechos de las mujeres eligieron protegerlo. ¿Por qué prefirieron garantizar su impunidad en lugar de permitir que la justicia hiciera su trabajo?

Diputado Cuauhtémoc, si eres inocente, ¿por qué no permites que te investiguen? No seas cobarde, enfrenta el proceso con la “conciencia muy tranquila” que tanto alardeaste tener en la tribuna.

Mientras tanto, ¿qué pasa con la víctima? A quien deberíamos proteger primero, hoy se le exigen pruebas “contundentes”, debido al mal trabajo de la Fiscalía de Morelos, cuyo titular en el momento de la denuncia era, según la propia Presidenta, un “encubridor de feminicidios con muchos casos de corrupción”.

Ahora resulta que la responsabilidad de la justicia recae sobre la víctima. Como si las violaciones ocurrieran en plazas públicas, a plena luz del día, con testigos y cámaras grabándolo todo.

Pareciere que para que un delito sexual se castigue, primero hay que investigar a las fiscalías, no vaya a ser que sean corruptas o ineptas. Y aun así, si no hay una prueba “contundente”, la culpa seguirá recayendo en la víctima.

Nuestras autoridades son como un mal chiste. El Poder Legislativo ovacionando a un abusador sexual. El Poder Ejecutivo culpando a la Fiscalía anterior. Todos encubriendo a un agresor y nadie protegiendo a la víctima. Me dueles, México. Me duelen nuestras instituciones. Me duelen nuestras autoridades.

Como dijo acertadamente la conductora Pamela Cerdeira: “Si la Fiscalía lo hizo mal, hoy los diputados lo hicieron peor”.

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