El gobierno de Estados Unidos decidió no prorrogar el T-MEC. Durante diez años, si el gobierno de ese país que inicia el 2029 no decide otra cosa, estaremos esperando su decisión en las evaluaciones anuales. Nuestro país, que optó por una política de no confrontación con el imperio del norte en el tema económico, plantea al mismo tiempo la defensa de la soberanía aunada a la colaboración ante las continuas amenazas de intervención e invasión armada de los vecinos que han hecho temblar al gobierno de la “Cuarta Transformación”.
Es una de las contradicciones en las que caen los “progresismos” en temas económicos: quieren seguir siendo capitalistas, pero al mismo tiempo soberanos y socialmente igualitarios, características que este sistema no respeta, en particular su país hegemónico, Estados Unidos, como lo demostró muchas veces en los pasados 200 años de independencia de México y otros países latinoamericanos, y en el mundo desde que asumió como cabeza del capitalismo mundial; y en las condiciones económicas, políticas y militares que ha impuesto su actual presidente.
Otra contradicción económica importante es afirmar que se está contra el neoliberalismo, pero tratar de salvar su producto más preciado: la integración comercial e industrial subordinada con la economía capitalista estadounidense, la mayor del mundo, de la que somos el vituperado “socio” principal en comercio exterior. El compromiso con el T-MEC es también con lo que ocurre en EU, su economía y su política, mientras ella se mantenga.
Esta contradicción económica, que padecen los “progresismos”, ha sido uno de los factores que ha incidido en la ola de victorias electorales en los procesos recientes y que está tiñendo de azul, de ultraderecha, al panorama gubernamental en Nuestra América Latina: las movilizaciones sociales acaecidas en nuestros países no corresponden a las acciones reales -no verbales- de los gobiernos que ayudan a poner en el poder. Además, el gobierno de Estados Unidos afirma, sin ninguna vergüenza, que interviene en los procesos electorales a favor de las opciones de ultraderecha que le son favorables, sin tener en cuenta ni los antecedentes ni las propuestas de los candidatos, contrarias a la democracia liberal que no es su ideal, como lo hizo en Honduras, Chile, Argentina, Venezuela, Perú, Colombia y amenaza en Cuba.
La economía mexicana, capitalista y socialmente desigual como pocas en el mundo, con muy baja tributación fiscal en relación con otras, acosada por el espasmo en el crecimiento, sin inversión, y bajo amenaza constante de Estados Unidos, no debe -aunque podría- seguir usando ese doble discurso. Debe decidir de qué lado se inclina; muchos periodistas -no todos- y políticos han optado por los intereses de las trasnacionales, el gobierno del vecino del norte y los negocios de los perceptores de plusvalía, los más interesados en la relación comercial con los Estados Unidos; otros nos inclinamos por defender la soberanía y la igualdad, pero pedimos coherencia a nuestros gobernantes, ya que pues el balance electoral puede llevar al sector de derecha a dominar el partido gobernante pues ya está ahí presente y dominando con su discurso ambiguo y contradictorio.
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