En los años 60, tras la Segunda Guerra Mundial, cuando surgieron los dos grandes bloques de países —los socialistas y los capitalistas—, era común ver cómo ambos se disputaban la supremacía militar. Ambos bloques mostraban armas cada vez más poderosas: metralletas, tanques, misiles y, finalmente, armas nucleares. Uno de los momentos en que esta carrera armamentista puso al borde del colapso nuclear al mundo fue la crisis de los misiles de 1962. A partir de ahí, surgieron movimientos por el desarme nuclear, entre los que destaca el Premio Nobel de la Paz mexicano Alfonso García Robles, cuya labor se reflejó en el “Tratado para la proscripción de las armas nucleares en la América Latina”, firmado el 14 de febrero de 1967.
Traigo a colación esta parte de la historia reciente porque pareciera que hoy estamos viviendo una guerra similar, donde —una vez más— los países se disputan la supremacía, ahora, la tecnológica.
La inteligencia artificial es un nuevo campo en el que los Estados Unidos y China lanzan grandes modelos de lenguaje con la promesa de ser más eficaces. Estos modelos que parecen comunicarse como si fueran humanos son entrenados con cantidades masivas de datos para poder dar una respuesta razonable y que parezca inteligente. Cuando la compañía OpenAI lanzó chatGPT a fines de 2022, utilizó datos públicos y privados para entrenar su software. Es decir, utilizó obras —libros, blogs, enciclopedias, música, periódicos, artículos de investigación, etc.— para alimentar su programa de computadora que después empezó a ofrecer a precios simplemente muy altos. Es decir, se basó en un modelo de negocio que aprovechó bienes públicos para obtener ganancias privadas. China, por su parte, ha lanzado dos modelos populares: DeepSeek y Kimi, ambos entrenados con datos masivos. El modelo Kimi fue lanzado de forma abierta; esto quiere decir que cualquier persona puede adaptarlo y modificarlo sin pagarle nada a ninguna compañía.
Si bien es innegable el proceso de investigación básica y de innovación tecnológica que subyace al desarrollo de los chatbots, tanto la inteligencia artificial generativa (que produce textos, imágenes y videos) como la agéntica (que toma decisiones en lugar del usuario) son tecnologías que llamamos “de propósito general”, es decir, pueden programarse para lograr casi cualquier objetivo que una persona se imagine. Hace justo unos días vimos cómo agentes de inteligencia artificial se inmiscuyeron en los sistemas de otra compañía. Al final fue un “error humano”. Sí. Un humano es quien construye dichos programas de computadora. ¿Qué pasaría si ese programa de computadora atentara contra la vida de las personas, utilizando “lógicas que la transforman en instrumento de dominio, exclusión o muerte”, tal como le preocupa, textualmente, al papa León XIV?
Aquí quiero rescatar dos propuestas:
Primero, rescatar la propuesta del papa León XIV sobre el desarme de la inteligencia artificial para ponerla al servicio de las personas. Evitar que la tecnología se utilice para atentar contra la vida de las personas. Es necesario evitar otra carrera armamentista que ponga en peligro la vida de prácticamente todos los habitantes del mundo. Firmar un tratado como el que promovió García Robles es necesario para evitar que la inteligencia artificial se convierta en un arma de destrucción.
Segundo, poner la inteligencia artificial al alcance de todos. Tal vez no basta con que OpenAI reduzca el precio de su chatbot en un 80 por ciento. Si la información con la que se entrenan los grandes modelos de lenguaje es creada por toda la humanidad, los beneficios deben ser para toda la humanidad. Es necesario crear un esquema que permita que todas las personas se beneficien de las tecnologías de propósito general. Un consorcio público y plural puede ser un esquema de gobernanza más adecuado que el consejo de administración de una empresa privada.
La inteligencia artificial necesita un esquema de gobernanza que asegure la vida de las personas y que todos nos beneficiemos de sus ventajas. La tecnología no se manda sola, como en las películas, sino que depende de cómo la diseñan las personas. Es necesario diseñar un esquema de gobernanza amplio que contribuya a cumplir este objetivo.
*Académico de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Anáhuac México
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