En la entrega pasada hablamos de cómo ocupamos buena parte de nuestro tiempo trabajando, para producir bienes y servicios, que dormimos otro tanto del tiempo, y que dedicamos nuestro tiempo de ocio para consumir más productos y servicios -ya sean físicos o digitales- y también mencionaba que podemos no hacer nada en lo absoluto con nuestro tiempo de ocio.
Los productos basados en mindfulness se han vuelto populares desde hace tiempo. El mindfulness puede ser traducido como consciente, esa orientación hacia tratar de estar plenamente atento en un momento y en un espacio dado a lo que hacemos. Este concepto tiene su origen en las prácticas religiosas budistas y de yoga, de hace miles de años en el continente asiático, en particular en la India. El mindfulness ha mutado en el mundo del consumo para representar actividades de meditación, de yoga, de actividades deportivas que se orientan a practicar la consciencia de estar presente en la actividad misma porque gusto inherente de la actividad.
El concepto también ha evolucionado hacia el consumo mismo. De esta manera, hace cerca de 15 años, se acuñó el término de consumo consciente como una forma de reducir el consumo excesivo. Hay personas que compran más ropa de la que necesitan, más comida de la que pueden comer, más zapatos de los que pueden calzar. El consumo consciente se refiere a poner atención a la forma en que compramos y consumimos productos, para de esta moderar nuestros patrones de comportamiento de tal manera que nos orientemos hacia la moderación en el consumo.
Aquí viene lo interesante. Vivimos en ciudades enormes en las que los traslados toman mucho tiempo. Poder ver a los amigos se vuelve muy difícil; hacer tiempo y espacio para estar con las personas significativas es aún más difícil. Además de sumarle la parte individualista, que parece permear todo. En la dimensión económica, las personas experimentan frustración al no lograr satisfacer sus necesidades básicas. Ya no hablemos tanto de ese consumo digital pasivo que no nos deja ni el mínimo recuerdo de los cien videos que vemos en media hora. No es casual, entonces, pensar en el mindfulness como una moda, sino como una respuesta a esa falta de espacios y de tiempos personales y colectivos. Es decir, el mindfulness no es la solución, sino un síntoma evidente de los problemas que enfrentamos como sociedad, y que no quedan totalmente atendidos con sesiones de mindfulness, por mejores que sean.
Es claro que el mindfulness puede funcionar para reducir la tensión producida por la vida diaria y para dedicar un espacio al autocuidado de las personas, pero abriendo la vista no solo al consumidor, sino también a la sociedad, no es suficiente.
Veamos. Primero, parece que el mindfulness, más allá de su comercialización como producto o servicio, aborda el tema espiritual. Atendemos las sesiones de meditación, prácticas de atención profunda para encontrar esa “paz interior” que puede reemplazar las conexiones personales y comunitarias. Además de atender sesiones para desarrollar una atención plena a lo que hacemos, las personas somos seres sociales, que necesitamos desarrollar conexiones profundas con otras personas, un punto que mejora como ninguna otra variable el bienestar personal. Segundo, el mindfulness puede ser un puto de fuga temporal para evitar pensar sobre los problemas más graves como la desigualdad económica o el hambre. Mi crítica aquí es que puedo atender mis sesiones de mindfulness, pero al salir a la calle, otra vez me encuentro con los mismos problemas que siguen sin solución. Tercero, los servicios basados en mindfulness se ofrecen a un precio, con un proveedor y un consumidor, y donde, como comentamos en la entrega anterior, el bienestar del consumidor es momentáneo.
Los productos y servicios no son solo eso, sino que son expresiones sociales y económicas del tiempo en que se popularizan; los mercadólogos deben tener presentes estas dimensiones para tener un conocimiento más preciso de cuándo y cómo se ofertan. Si bien hay fuerzas que el mercadólogo no puede controlar, tenerlas en el radar ayuda a encuadrar mejores propuestas de servicios y, con ello, generar un alto valor social.
*Académico de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Anáhuac México
Email: pavel.reyes@anahuac.mx

