Hace 50 años, el escritor y futurólogo Alvin Toffler auguraba que la vida se estaba experimentando cada vez más rápido, el consumo, las relaciones personales y lo que dábamos por sentado, tendrían una duración cada vez más corta. A este fenómeno, Toffler le llamaba el choque del futuro: los sucesos de la vida, incluso el consumo, serían cada vez más rápidos en periodos de tiempo más cortos y eso produciría una desorientación que pocas personas serían capaces de afrontar y asimilar sin consecuencias psicológicas y sociales. Adelantaba que esa economía sería de productos transitorios.

Hoy estamos viviendo más allá de ese choque del futuro. El consumo actual no se parece en lo absoluto al de hace 50 años cuando Toffler publicó su libro. Tampoco se parece al consumo de hace 20 años, cuando nació el internet. Veamos.

Hace 50 años, para tomar una foto, las personas tenían que comprar una cámara y una película, y luego tomar la fotografía. El rollo de película tenía espacio para 12, 24 o 36 fotos y se tenía que agotar la película completa, antes de quitar el rollo de película. Después, tenían que ir a algún centro de revelado, para que personas entrenadas y las máquinas necesarias hicieran el trabajo de revelado e impresión de la fotografía. Podían pasar varios días, incluso semanas o meses, hasta tener la foto impresa. Y después, para compartirla con amigos y familia, otro tiempo más, para poder ver la única copia que se había impreso. Aunque también estaban disponibles las cámaras Polaroid, que imprimían la fotografía al instante, el precio resultaba prohibitivo para muchos. Al inicio del internet, cuando la promesa era tener acceso irrestricto a vastas cantidades de información como nunca en la historia de la humanidad, la velocidad de las redes era relativamente lenta. Aparecieron las cámaras digitales de baja resolución, que sustituyeron a las cámaras de película, y con ello fue posible visualizar la fotografía justo después de ser disparada, aunque todavía no había tiempo de compartirla con otras personas. Más recientemente, los teléfonos celulares con cámara lograron la instantaneidad de la imagen: se volvió posible disparar la fotografía, verla y compartirla inmediatamente en las redes sociales.

La difusión de los teléfonos celulares y las redes sociales permitió la generación masiva de imágenes, y eso es lo que consumimos hoy. Miles de millones de fotografías generadas por las personas con sus dispositivos móviles. La bondad de lo anterior permitió a cualquier persona generar y compartir imágenes. Por otro lado, tantas imágenes han hecho que los consumidores experimenten “sobrecarga de información”. Cuando vemos las redes sociales, no dedicamos más que unos cuantos segundos para ver la fotografía. Nos llenamos de imágenes que somos incapaces de digerir e interpretar. Con esto, vivimos más allá del choque del futuro de Toffler: indigestados, inútiles para interpretar cantidades masivas de información. Al final, queda una especie de indigestión en la que incluso somos incapaces de recordar las fotografías que llamaron nuestra atención.

La fotografía tal vez sea el ejemplo más evidente de consumir rápido, más rápido de lo que podemos procesar, tanto cognitivamente como emocionalmente. Todavía me faltaría hablar del video, de los libros, de los diarios y de las plataformas de streaming que también nos sobrecargan de información. Para no abundar más, las plataformas de video han habilitado la opción de ver vídeos al doble o más de la velocidad original—vemos más contenidos en menos tiempo, pero somos incapaces de recordar lo que vimos. Y así, seguimos enganchados al sobreconsumo de contenidos.

Los productos reflejan un momento y un espacio específicos. Tal vez sea posible describir el momento en que vivimos como uno de sobrecarga de información. Hay muchas consecuencias de esta sobrecarga y Toffler anticipaba unas cuantas, de las que seguiremos hablando en la siguiente entrega. La creciente instantaneidad del consumo moldea las emociones, los pensamientos y los recuerdos de las personas, lo cual tiene implicaciones económicas y sociales.

*Académico de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Anáhuac México

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