Pronto vencerá el ultimátum que Donald Trump lanzó a Irán: o abren el estrecho de Ormuz o podría “desatarse el infierno”. La respuesta iraní si esa amenaza se concreta, será destruir la infraestructura estadounidense en la región. Ambos hablan de consecuencias devastadoras y el conflicto se intensifica. La incertidumbre se alimenta además con las versiones contradictorias. Trump dice una cosa, Teherán la desmiente, y nadie sabe a qué atenerse.

Mientras el mundo entero padece los altos precios del petróleo, en Estados Unidos las consecuencias van más allá de lo económico. La incursión militar ha dejado al menos 13 militares muertos y cientos de heridos. La opinión pública reprueba muchas de las decisiones presidenciales y el costo político crece todos los días.

Trump inició su segundo mandato con la promesa de arreglar la economía y evitar guerras. La realidad ha estado muy alejada de eso. Los 200 mil millones de dólares adicionales que ha tenido que solicitar para gasto militar, han llevado incluso a sus aliados a cuestionar la estrategia. Y eso es apenas el principio. El mandatario estadounidense propuso un aumento histórico de hasta 1.5 billones de dólares destinados a defensa. Para lograrlo tendrá que recortar el presupuesto de educación, programas sociales, agricultura, comercio y sobre todo medio ambiente. Tan solo la Agencia de Protección Ambiental perdería más del 50 por ciento de sus fondos.

Las encuestas señalan que 6 de cada 10 de sus gobernados opinan que la intervención en Irán ha sido excesiva y están en contra del envío de tropas. Con casi la misma proporción, solo 4 de cada 10 avalan su desempeño en la presidencia. Si esos números se sostienen, los republicanos podrían perder la Cámara de Representantes y no tendrían un panorama sencillo en el Senado.

Ese rechazo masivo se dejó ver como repudio hace unos días, en las calles de decenas de ciudades de la Unión Americana. Se estima que ocho millones de personas participaron en las protestas anti-Trump. Con la frase ‘No Kings’, se manifestaron en contra del autoritarismo en prácticamente todos los estados del país. Las más de tres mil movilizaciones no fueron solo en contra de la guerra en Irán, también reprobaron la política migratoria del gobierno.

La reacción desde la Casa Blanca fue la habitual. En tono de burla, el presidente las minimizó y las llamó “sesiones de terapia” derivadas del llamado “delirio anti-Trump”.

Ese mismo diagnóstico le aplicó el presidente a Bruce Springsteen, una de las voces más visibles e influyentes en contra de las políticas de su administración. Tanto en sus conciertos como en las protestas ciudadanas, Springsteen ha llamado a defender la democracia, las libertades y el estado de derecho. Incluso ha calificado al gobierno como “corrupto, incompetente y traidor”.

Trump le respondió con descalificaciones personales y, de paso, pidió a sus seguidores de MAGA boicotear los conciertos. El resultado han sido llenos totales y boletos agotados para las próximas presentaciones.

El tema es si quienes llenan los conciertos y las calles durante las protestas, serán suficientes en las urnas de las elecciones intermedias de este noviembre para cambiar el rumbo político de su país. Mientras tanto, todo el planeta vive las consecuencias de las decisiones de líderes beligerantes que no elegimos, pero sí padecemos.

@PaolaRojas

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