Una sola palabra bastó al primer ministro polaco, Donald Tusk, para describir la debilidad europea ante un apabullante Donald Trump que los amenaza con aranceles, los desconoce como aliados y los sacude con controlar Groenlandia: apaciguamiento. El polaco reclamó la pasividad en su continente, destacó los riegos que eso genera y pidió construir una Europa más asertiva y segura.
Fueron muchas las voces las que desde el Foro Económico de Davos, reaccionaron a la presión que el presidente estadounidense ejerce al usar a los aranceles como herramienta política.
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, planteó que entre aliados no se deben cometer “errores”. Reconoció también que Europa debe transformarse y ganar independencia.
El presidente francés, Emmanuel Macron, habló de un mundo sin reglas y con ambiciones imperialistas. Se refirió a una especie de colonialismo moderno en el que los acuerdos y los aranceles se usan para tocar la soberanía territorial.
Bart De Wever, primer ministro de Bélgica, fue aún más crudo en su diagnóstico: dijo que se cruzaron líneas rojas y que hay una diferencia entre ser “vasallo” y ser “esclavo”. Enfatizó que la unidad es la única forma de evitar la fractura del atlantismo.
Sin embargo, fueron las declaraciones del primer ministro canadiense, Mark Carney, las que generaron la reacción más furibunda de Donald Trump. Carney dijo que la integración económica dejó de ser sinónimo de beneficio mutuo y se convirtió en presión. Criticó que los aranceles, la infraestructura financiera y las cadenas de suministro se usen como armas y fue contundente al señalar que no se puede sostener la “mentira” del beneficio compartido cuando la integración sirve para subordinar.
Trump, que ya había hablado alguna vez de anexarse Canadá, compartió una imagen en la que ese país aparece como parte de los Estados Unidos. Dijo además que Canadá simplemente no existiría sin la Unión Americana.
Pero de todas las críticas a las medidas impulsadas por Estados Unidos, la más fuerte vino de su propio país. El gobernador de California, Gavin Newsom, llamó cómplices, patéticos y vergonzosos a aquellos que no hacen nada para frenar los abusos de Trump. No le permitieron hablar en el escenario oficial de Davos, pero encontró las vías para criticar con fuerza a la diplomacia tibia. Pidió a los líderes del mundo ser firmes y no rendirse.
Mientras eso ocurría en Suiza, en Estados Unidos la resistencia en contra de las redadas antiinmigrantes iba en aumento. El asedio a ciudadanos por parte de los agentes de ICE, llevó a miles de personas a manifestarse en las calles de Minnesota. Se han ido sumando sindicatos, organizaciones no gubernamentales y líderes religiosos. Algunos llaman a cerrar negocios en solidaridad con los migrantes.
Las movilizaciones se hicieron más masivas luego de la muerte del enfermero Alex Pretti durante un operativo de ICE en Minneapolis. Los agentes de Inmigración y Control de Aduanas responsables fueron inmediatamente defendidos por el gobierno federal y repudiados por buena parte de la población que reclama justicia y denuncia abuso en el uso de la fuerza.
Si los mandatarios y líderes globales no han estado a la altura de las circunstancias, los ciudadanos indignados y organizados son los que pueden hacer la diferencia. La sociedad civil no parece dispuesta a perder más libertades. No puede, por lo tanto, optar también por el apaciguamiento.

