El Día Mundial contra la Trata de Personas se conmemora desde 2014 cada 30 de julio. Año con año, la fecha se enfoca en distintos aspectos de este aberrante delito, con el propósito de impulsar acciones en todo el mundo para la prevención, la identificación y el apoyo a las víctimas, así como para combatir la impunidad de los tratantes.

En 2026, la campaña de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) se centra en el lema "Atrapados tras la estafa", con el fin de alertar sobre una modalidad de trata que crece con rapidez: aquella en la que la delincuencia organizada transnacional explota personas para cometer fraudes a gran escala.

En esta modalidad, las víctimas son sometidas a trata con fines de criminalidad forzada: se les obliga a participar en operaciones de estafa en línea, una forma de explotación estrechamente ligada a la ciberdelincuencia, el fraude financiero, el blanqueo de capitales y la corrupción. Esto confirma que la delincuencia organizada opera de manera global e interconectada.

Los tratantes suelen reclutar a sus víctimas mediante anuncios de empleo falsos que ofrecen oportunidades laborales en el extranjero. Ilusionadas con lo que creen una buena oportunidad, las personas viajan a otro país, donde son confinadas y obligadas a cometer fraudes cibernéticos dirigidos a víctimas en prácticamente todas las naciones.

Como ocurre siempre en este delito, sin importar su tipología, las víctimas permanecen bajo vigilancia constante: son violentadas, amenazadas, sometidas a incontables abusos y atadas por servidumbre de deudas, en un estado permanente de miedo y sufrimiento que socava su dignidad humana.

A la trata de personas se le ha llamado la esclavitud del siglo XXI o esclavitud moderna. La diferencia con la esclavitud histórica es que ya no se sustenta en la propiedad legal sobre una persona; sin embargo, en el fondo nada ha cambiado: el amo convertido en tratante ejerce un control absoluto, y la persona esclavizada —ahora víctima— pierde su libertad y queda sujeta a una explotación continua, producto de su extrema vulnerabilidad por edad, sexo, situación de pobreza, nacionalidad u origen étnico, y de un contexto sociocultural que la minusvalora, la despoja de derechos y la reduce a la condición de objeto que puede usarse a placer, o de mercancía que puede venderse, revenderse o intercambiarse.

En nuestro país, de acuerdo a la directora que encabeza el Programa Nacional contra la Trata de Personas del Consejo Ciudadano, 7 de cada 10 víctimas de trata son mujeres y 44% son personas menores de edad. La principal forma de captación sigue siendo persona a persona, y entre las mujeres predomina el enganche por enamoramiento; en niñas, niños y adolescentes, en cambio, predomina el enganche familiar: el propio tratante suele ser el padre, la madre o algún familiar. Lo que ocurre en México, cabe decirlo, no es ajeno a lo que sucede en otras naciones.

La miseria moral es el verdadero combustible de este delito silencioso. No hablamos de carencia económica, sino de una pobreza del alma que permite ver a otro ser humano como mercancía. Vendedores, enganchadores, compradores y explotadores de personas no son monstruos aislados: son parte de la misma sociedad que mira hacia otro lado, que normaliza, que calla. Es un delito regido por la ley de la oferta y la demanda, cuyas formas se adaptan sin cesar a las necesidades de los mercados ilícitos, y que figura entre las tres actividades más lucrativas del planeta —una lucratividad que solo es posible porque hay, en cada eslabón de la cadena, alguien dispuesto a renunciar a su humanidad por una ganancia.

Debo confesar que cada vez que escucho la grabación de la camioneta que vende cosas usadas, una fantasía catastrófica me cruza por la cabeza, me hiela la piel y me lastima el alma. Así las personas son compradas.

Paola Félix Díaz - Activista Social

@larapaola1

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