La discriminación formó parte de la agenda pública apenas al iniciar el Siglo XXI; el 11 de junio de 2003, hace exactamente 23 años se promulgó en nuestro país la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación y oficialmente cobró vida el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED); dos años después, en 2005 se llevó a cabo la primera Encuesta Nacional sobre Discriminación en México; y en 2011 la igualdad de trato y no discriminación alcanzó estatus constitucional de derecho humano, consignando la obligación del Estado de garantizarlo.
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Discriminación 2022, realizada por el INEGI en colaboración con el CONAPRED y la Comisión Nacional de Derechos Humanos, 23.7% de la población de 18 años y más manifestó haber sido discriminada. Los motivos más comunes fueron: el género (ser mujer); apariencia física (tono de piel, manera de hablar, peso, estatura, vestimenta, etc.); clase socioeconómica y lugar de residencia; creencias religiosas; edad; orientación sexual; ser una persona indígena o afrodescendiente; tener alguna discapacidad, entre otras.
Prácticamente todo era motivo de discriminación o mejor dicho las diferencias del prójimo con respecto a la percepción personal. La estadística da cuenta de la sociedad en que nos convirtieron y fuimos; sin embargo, estoy cierta de que el orden de las cosas ha cambiado, explico a continuación algunos aspectos que estimo relevantes.
El Universal Responde
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Hoy, al igual que la Constitución, mayoritariamente no entendemos la igualdad si no es sustantiva (de hecho y de derecho), lo que ha transformado distintas realidades, por ejemplo, la paridad en los cargos públicos y de elección popular, que hace dos décadas era impensable. Tan inconcebible como que una mujer fuera presidenta de la República, e inimaginable que surgiera desde abajo.
Hoy, los pueblos y comunidades indígenas son sujetos de derecho, su arte y su lengua son motivo de orgullo y su dignidad se respeta. A las juventudes no se les llama ninis, al contrario se les reconoce como constructoras del futuro. Los programas sociales no son dádivas, sino derechos constitucionales que no entienden de filiación, ideología, color de piel o situación económica.
Asimismo, las labores de cuidado no se dan por hecho y quienes las realizan son merecedoras de políticas públicas, debido a la aportación social y económica que representan. Tampoco podemos pasar por alto que la clase trabajadora dejó de ser mano de obra barata sujeta a explotación, el aumento del salario mínimo tiene una nueva narrativa.
Hoy la diversidad sexual se celebra, el respeto hacia quienes integran esta comunidad es creciente. El fenómeno migratorio se ve como el drama humano que es, sin deprecio y con la solidaridad propia de un Estado democrático y humanista. La mirada que tenemos sobre nosotras y nosotros mismos ha cambiado, y también la del mundo hacia nuestra Nación. Sí, México está de moda; el primer trimestre de este año alcanzamos nuevamente una cifra récord en Inversión Extranjera Directa; y en tiempos de tensión y conflictos armados nos convertimos en una gran opción: somos sede del mundial de fútbol.
En lo individual y como sociedad nos estamos reconociendo, reivindicando, reconstruyendo y transformando. Es verdad que tenemos un largo camino por recorrer, también lo es que estamos caminando hacia adelante, siempre adelante.
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