Históricamente, el éxito académico ha dependido en gran medida de una suerte de "lotería de habilidades", como la facilidad para redactar, la capacidad de síntesis o la ventaja de tener acceso a una educación básica privilegiada. Sin embargo, ¿qué pasa cuando la Inteligencia Artificial (IA) elimina esas brechas y genera la posibilidad de que todos los alumnos partan de la misma base? Eso es lo que está sucediendo en la educación superior. Hemos entrado a lo que Ethan Mollick denomina la “era de la democratización del talento”, en donde la IA está nivelando el campo de juego, ayudando más a quienes tienen menos habilidades iniciales. En efecto, la IA está cerrando brechas que siglos de pedagogía tradicional no pudieron resolver. Los datos son claros: los estudiantes con menores habilidades de partida son los que están experimentando los mayores saltos en su desempeño cuando colaboran con la IA. La IA está actuando como un "piso" nivelador de habilidades. Por ejemplo, estudiantes con dislexia, barreras lingüísticas o formación previa deficiente ahora tienen un "traductor de pensamiento" que les permite competir en igualdad de condiciones. Más que un lujo, la IA está siendo un derecho que potencia a quienes tienen menos recursos iniciales; un motor de justicia para los que no estaban en condiciones de competir equitativamente.
Esta “democratización del talento” nos está obligando a redefinir el concepto mismo de "mérito". Esto es así, porque históricamente hemos premiado la capacidad de memorizar, procesar información y ejecutar tareas técnicas repetitivas en un tiempo limitado (redacción de ensayos simples, cálculos básicos, resúmenes) o la capacidad de redactar con elegancia técnica, pero ¿qué pasa ahora que la IA generativa puede hacer estas tareas para todos de forma casi instantánea y excelente? ¿Dónde está el mérito? Si un estudiante de primer año, gracias a la IA, produce un análisis de nivel de posgrado, ¿dónde reside el mérito? Si la IA puede otorgar a cualquier estudiante la capacidad de escribir con elegancia o programar con precisión, el mérito académico ya no puede residir en la "carpintería" del conocimiento. Ya no puede residir en la ejecución técnica (el "hacer"), sino en la visión estratégica (el "qué y para qué"). Ya no evaluaremos quién puede repetir una fórmula, sino quién sabe qué hacer con el resultado de esa fórmula para mejorar su entorno. El valor de un estudiante ya no está en lo que sabe de memoria, sino en su capacidad para colaborar con la IA para producir soluciones innovadoras y complejas. El mérito se está desplazando hacia habilidades que la IA no tiene: creatividad, juicio ético, inteligencia emocional, liderazgo y pensamiento crítico. A diferencia de la antigua meritocracia universitaria que recompensaba al que más obstáculos superaba (a menudo gracias a recursos heredados), la nueva se centra en las habilidades únicas de cada estudiante en lugar de evaluar a todos con la misma vara estándar.
Las universidades deben observar con esperanza pero también con cautela esta nueva meritocracia. El proceso debe verse como una oportunidad para dejar de ser instituciones que premian la obediencia técnica para convertirse en laboratorios que fomenten la sabiduría. La “democratización del talento” no debe ser el fin de la excelencia; sino el inicio de una excelencia más humana. Toda vez que el acceso a la técnica se está democratizando, la educación superior debe centrarse en desarrollar el carácter, el juicio moral y la curiosidad de los estudiantes. Si la IA ha logrado que la habilidad técnica sea hoy un bien común, lo único que nos queda como ventaja competitiva es nuestra humanidad. La democratización no significa que el esfuerzo deba morir, sino que debe trasladarse a otros derroteros como la capacidad de aprendizaje continuo (Lifelong Learning), la habilidad de adaptarse y aprender a usar nuevas IA a medida que evolucionan, o hacia la ética y la responsabilidad para poder usar la IA para maximizar el potencial humano sin perder la integridad académica. En conclusión, la IA no elimina el mérito, sino que lo eleva. El reto de la educación hoy día no es que los estudiantes aprendan a usar la IA, sino que no olviden cómo es el esfuerzo de pensar por sí mismos. Porque en un mundo donde ahora todos pueden ser talentosos, sólo los que tengan propósito -Víctor Frankl dixit- serán verdaderamente excepcionales.
Presidente de la Asociación Mexicana de Educación Abierta y a Distancia AC.

