El sistema educativo actual enfrenta una crisis de sentido porque ha perdido su capacidad para responder de manera convincente a la pregunta fundamental: ¿para qué sirve realmente la educación? Debería funcionar para formar personas íntegras, críticas, con propósito ético y capacidad para transformar su realidad y la sociedad, pero pareciera que mayoritariamente se ha reducido a un instrumento utilitario y reproductor: preparar mano de obra adaptable al mercado laboral, acumular competencias técnicas para la empleabilidad inmediata y competir en una economía global acelerada y automatizada. Frente a ello, en Chiapas hay un movimiento para recuperar y arraigar en los distintos sistemas el “Lekil Kuxlejal” de la cosmovisión maya prehispánica, como una brújula ética para orientar la política educativa. A diferencia del modelo educativo tradicional que privilegia la competencia individual egoísta y desmedida, el “Lekil Kuxlejal” -traducido como el "Buen Vivir"-, es un valor que entiende que el bienestar individual es imposible sin el bienestar del “otro” y de la “madre tierra”. En la educación, ello significa complementar -que no sustituir- el "aprender para competir" con el "aprender para servir y convivir". Tiene paralelos en el “Sumak Kawsay” de Ecuador, que fue reconocido en la reforma constitucional de 2008 como principio estatal, o en el “Suma Qamaña” Boliviano, el cual se reconoció en la reforma constitucional de 2009 como principio del "Vivir Bien". En una coyuntura de crisis climática, polarización social y deshumanización tecnológica, en donde no podemos seguir egresando técnicos brillantes pero humanos indiferentes ¿puede el “Lekil Kuxlejal” convertirse en un referente educativo?

En Chiapas ya se viene promoviendo en la educación superior una "pedagogía de las conciencias", una política pública que prioriza la comunidad sobre el individualismo, la sustentabilidad sobre el consumismo, un modelo educativo donde el estudiante no solo adquiera títulos, sino herramientas para el bienestar colectivo. Ello no implica romantizar la pobreza ni añorar un supuesto paraíso premoderno, sino reconocer que la “armonía entre el ser humano, la comunidad y la naturaleza” constituye un horizonte ético y cultural capaz de complementar y dar sentido humano al riguroso proceso formativo basado en competencias técnicas que exige el mercado global de hoy. Formar profesionistas solo en algoritmos, datos masivos o emprendimiento sin raíces sería tan incompleto como peligroso: tiende a producir técnicos eficientes pero desarraigados, incapaces de generar soluciones sostenibles o con responsabilidad social. El Lekil Kuxlejal, lejos de oponerse a estas competencias, las potencia: aporta la visión sistémica y ética que hoy valoran las economías más avanzadas -sostenibilidad real, innovación inclusiva y liderazgo para el bien común-, permitiendo que los egresados no solo compitan, sino que lideren con ventaja diferenciadora en sectores como la agricultura de precisión, la salud comunitaria inteligente o la la educación digital intercultural. Por ejemplo, en agricultura de precisión, un egresado puede usar algoritmos de IA para optimizar cultivos de milpa o café, pero guiado por el Lekil Kuxlejal priorizará prácticas agroecológicas que preserven la biodiversidad y fortalezcan la soberanía alimentaria comunitaria, en lugar de monocultivos extractivistas. En salud comunitaria inteligente, la IA para diagnóstico remoto o monitoreo epidemiológico se aplicaría con empatía y reciprocidad, asegurando acceso equitativo en zonas indígenas rurales y respetando saberes tradicionales de curación.

Así como va el mundo, incorporar el “Lekil Kuxlejal” al modelo educativo superior no debería ser opcional, sino una obligación moral. Una formación donde el éxito personal sea inseparable del bienestar colectivo. Una que promueva egresados con arraigo, ética y capacidad de dialogar con la ciencia global desde su identidad local. Donde se formen profesionales con ética comunitaria. En una era de IA, globalización y crisis climática, este tipo de principios contrarrestan la alienación tecnológica promoviendo valores humanos como la reciprocidad y el equilibrio con la naturaleza. El reto es lograr que el “Lekil Kuxlejal” deje de ser solo un concepto tsotsil y tseltal para convertirse en el latido cotidiano de nuestra educación superior. Llevar esta filosofía a las aulas universitarias significaría abrir espacios para que las nuevas generaciones no solo aprendan a competir, sino a valorar; no solo a extraer, sino a cuidar y agradecer. La universidad del presente y del futuro no puede darse el lujo de ignorar esta sabiduría.

Presidente de la Asociación Mexicana de Educación Continua y a Distancia AC

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