Consuelo Sáizar de la Fuente

Hace un par de días, por las redes de Joaquín López-Dóriga, me enteré de que, con su ampliación, el aeropuerto internacional de Tepic comenzaba a presentarse como «Aeropuerto Internacional Tepic–Riviera Nayarit». El nombre de Amado Nervo, que ha identificado históricamente a la terminal, quedaba fuera de la nueva denominación visible. La escena carecía de dramatismo: una fachada limpia, una fórmula turística, la serenidad burocrática de las decisiones que parecen explicarse solas. Precisamente por eso inquietaba. Las pérdidas simbólicas rara vez llegan con estrépito; suelen estrenarse con tipografía nueva.

Grabé un video: ciertos asuntos exigen una postura pública. Quise señalar lo que la costumbre comercial vuelve invisible: un aeropuerto también es un texto. Es la primera frase pública que lee quien llega y la última que recuerda quien se va. En un nombre, una ciudad ensaya su autorretrato y revela su vocación. Durante años, el de Tepic llevó el nombre de un poeta, un privilegio infrecuente. El Federico García Lorca de Granada ofrece un precedente luminoso. El cambio parece mínimo hasta que uno se pregunta qué idea del lugar cabe en cada fórmula.

La comunidad literaria de Nayarit se inconformó de inmediato y pidió conservar el nombre. Me sumé a su petición. Un nombre público trabaja incluso cuando nadie lo mira: entra en los boletos, las pantallas, los anuncios de abordaje, las conversaciones familiares. Hace circular una curiosidad. Entrega al visitante una clave. La cultura pública consiste también en sembrar encuentros cuya consecuencia ignoramos. Alguien leerá Amado Nervo y preguntará quién fue. A veces una tradición completa comienza con una pregunta casual.

La ampliación del aeropuerto merece celebrarse. Una pista de mayor alcance, una terminal renovada, mejores conexiones y nuevas rutas pueden transformar la vida económica de Nayarit. La inversión trae movimiento; la memoria le concede espesor. Entre ambas existe una alianza más fértil que la sustitución. Riviera Nayarit nombra un destino. Amado Nervo nombra una identidad. El destino se promociona; la identidad permite saber desde dónde se habla. Una campaña dura una temporada. Un nombre bien elegido sobrevive a quienes lo eligieron.

La convivencia cabe, literalmente, en la fachada: «Aeropuerto Internacional Amado Nervo. Tepic–Riviera Nayarit». Allí están la ciudad, el destino y el poeta; la ubicación, la aspiración y la memoria. La modernidad suele imaginarse como una sala recién inaugurada de la que se retiraron los muebles heredados. Es una fantasía costosa: termina por confundir la limpieza con el vacío. Modernizar significa añadir posibilidades a un lugar, no volverlo intercambiable con cualquier otro.

Amado Nervo nació en Tepic el 27 de agosto de 1870. Fue poeta y prosista, periodista y diplomático. Viajó a la Ciudad de México, llegó a París como corresponsal de la Exposición Universal, vivió en Madrid y representó al país en Argentina y Uruguay. Su biografía tiene la forma de un itinerario: estaciones, cartas, ciudades, despedidas. Salió de Tepic sin desprenderse de su lugar natal. El cosmopolitismo verdadero consiste en llevar el origen por el mundo sin convertirlo en equipaje folclórico.

Murió en Montevideo en 1919, a los cuarenta y ocho años. Menos de medio siglo bastó para colocar su obra entre las mayores del modernismo hispanoamericano. Así lo entendieron sus contemporáneos: su cuerpo emprendió el regreso a México entre barcos, banderas, escoltas y multitudes. América despidió a un escritor como a una figura central de su vida pública. Esa procesión continental recuerda una época en que la poesía todavía ocupaba espacio físico, congregaba cuerpos, alteraba el ritmo de las ciudades.

Los versos de Nervo pertenecen a la memoria colectiva incluso de quienes ignoran que los escribió un poeta de Tepic. Nervo hizo del arraigo una forma del viaje y del viaje una comprobación del arraigo. Conoció la distancia íntima, la patria recordada desde otra lengua, el regreso que comienza mucho antes de comprar un boleto. Los aeropuertos administran hoy esas emociones mediante horarios y claves. En una estación aérea contemplamos lo más íntimo: alguien parte, alguien espera, alguien vuelve. Llamar Amado Nervo a la terminal de Tepic permite que esa maquinaria conserve oído: el de la poesía.

Carlos Monsiváis describió la extraña durabilidad del poeta. «La fama literaria de Amado Nervo, como la de casi todos los poetas de crédito institucional, se cifra por lo común en las todavía amplísimas resonancias de su nombre, en su caso tan a prueba del olvido», escribió al abrir Yo te bendigo, vida. Amado Nervo: crónica de vida y obra, el libro que, en 2002, Julia de la Fuente —hoy mi esposa— y yo editamos para el Gobierno de Nayarit. La frase vuelve ahora convertida en argumento: la resonancia del nombre forma parte de la obra y de su presencia social.

Monsiváis había aprendido a desconfiar del pedestal, ese mueble incómodo de la cultura oficial. Por eso su lectura importa. Señaló las caídas de Nervo en el facilismo, su temperatura devocional, el desgaste de la poesía rimada; también reconoció «el oído literario perfecto» y la destreza que sobrevivía a esas caídas. Su justicia crítica consistió en sostener al mismo tiempo el reparo y la evidencia. Admirar sin examinar produce estampitas; examinar sin admirar produce inventarios.

La prueba estaba en la calle. Los versos reaparecían, escribió Monsiváis, «siempre en donde no se lee». Nervo vive en las recitaciones de sobremesa, en álbumes, dedicatorias, lápidas, antiguas cartas de amor; vive en la voz de quien jamás abriría una antología y, sin embargo, sabe decir: «Vida, nada me debes; vida, estamos en paz». La posteridad comienza cuando una frase pierde la dirección de su autor y encuentra domicilio en la memoria.

Llamarlo cursi fue durante décadas una contraseña de sofisticación. La cursilería, sin embargo, suele ser el nombre que una sensibilidad nueva da a la emoción que heredó y ya no sabe administrar. Nervo soportó el cambio de gusto porque había intervenido en algo más profundo que el gusto: la educación sentimental de una época. La crítica establece jerarquías; la memoria registra intensidades. Confundir esas tareas empobrece a ambas.

Los aeropuertos mexicanos honran a presidentes, militares, revolucionarios, juristas, aviadores y figuras de la Independencia. Tepic ofrece una excepción valiosa entre las principales terminales comerciales: el reconocimiento a un poeta. En el panteón aéreo de la República, Nervo introduce otra forma de servicio público. Recuerda que una nación se funda también con metáforas, que el idioma reclama soberanía y que una vida dedicada a las palabras merece viajar junto a las vidas dedicadas a las armas o al poder.

La singularidad posee además eficacia promocional. «Riviera» es un género; «Amado Nervo», una biografía. El mercado prefiere los géneros porque puede reproducirlos; los viajeros recuerdan las biografías porque resultan irrepetibles. Quien llega saturado de marcas idénticas agradece encontrar un nombre que ofrezca resistencia a la equivalencia. Un aeropuerto llamado como un poeta comunica, antes de cualquier campaña, que ese territorio también se ha pensado, se ha escrito y se ha vuelto verso.

El contraste reciente añade una ironía que convendría aprovechar. La SICT ha anunciado que el nuevo puente entre Bahía de Banderas y Puerto Vallarta llevará el nombre de Amado Nervo. El poeta merece, pues, cruzar el río Ameca mientras corre el riesgo de quedar fuera de la identidad visible del aeropuerto de su ciudad natal. Un puente y un aeropuerto cumplen la misma fantasía civilizatoria: vencer una distancia. En uno, el nombre se estrena; en el otro, se discute su permanencia. La coherencia cultural podría reunir ambas obras bajo una idea sencilla: Nayarit entra al futuro acompañado por el autor que primero lo llevó, mediante el idioma, más allá de sus fronteras. Un nombre público también es un puente: enlaza a quienes llegan con quienes estuvieron allí mucho antes.

La empresa que administra el aeropuerto tiene ante sí una oportunidad: puede hacer que la inversión dialogue con el lugar que transforma. El nombre podría inaugurar una experiencia discreta: unos versos en las salas, una cronología precisa, libros al alcance del viajero. La espera aeroportuaria —ese tiempo suspendido que solemos entregar a las pantallas— encontraría de pronto una frase. La terminal ganaría identidad sin perder eficiencia.

Ésta es una batalla poética. Se libra con argumentos y con una confianza elemental en la conversación pública. Su propósito consiste en sumar, preservar, afinar el oído institucional. Pedimos que la nueva proyección de Tepic y de la Riviera Nayarit viaje acompañada por el poeta. Una obra de infraestructura alcanza su plenitud cuando, además de resolver el movimiento de los cuerpos, comprende la memoria del sitio donde fue construida.

En 1919, América acompañó el cuerpo de Nervo para devolverlo a México. Más de un siglo después, a Nayarit le corresponde acompañar su nombre hasta la nueva terminal. El trayecto mide apenas unos metros y contiene una idea entera de país. Los aeropuertos administran partidas; la cultura decide qué regresa. Que lleguen más aviones, más viajeros, más mundo. Y que, entre el ruido de las turbinas y la prisa de las pantallas, dos palabras sigan diciendo de dónde partimos: Amado Nervo.

Monsiváis vio el nombre de Nervo a prueba del olvido. Lo está, sí, mientras una comunidad decida volver a pronunciarlo. La vida no le debía nada a Nervo, nuestra generación le debe el preservar su nombre en el aeropuerto de Tepic.

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