Paso a paso, porra a porra, el rebaño se va formando a medida que avanzamos por las calles, entre ríos de cuerpos, rostros familiares anónimos, huesos ancianos, jóvenes y niños ilusionados –corazones abiertos todos. Una mirada tímida que se cruza con otra, la sed de trascender nubla la mente, la bandera tricolor y el espíritu ganador caminan codo a codo. Temerosa expectativa temprana, mezcla amorfa de Alicia en el país de las maravillas y el Chavo del ocho, del Laberinto de la soledad y Yo soy el rey.

Todos apostando el alma, todos en sagrada comunión guadalupana para cumplir la misión. Y es que llegar puntual a la cita es el destino anhelado, el único escape de la cotidiana desesperanza, el láudano para adormecer nuestras desventuras es estar en el lugar más importante del Universo hoy: el Estadio Azteca de la Ciudad de México.

Foto: Omar Vidal
Foto: Omar Vidal

“Prohibido ingresar con penachos”, gritan a coro no muy convencidos varios integrantes de la Guardia Nacional en la entrada. Aquí comienza esta crónica de la locura, la del ¿Y si sí? Un grito profundamente incrédulo pero esperanzador, un grito mudo y punzante que emerge de las entrañas del mexicano ansioso por liberar al Pedro Páramo que todos llevamos dentro –aunque sólo sea durante noventa minutos.

Tres horas antes de que inicie el partido, el Estadio Azteca se ve casi vacío, excepto por algunos miles de manchas tricolores dispersas como un rompecabezas nacional. Nadie se siente solo en esta gigantesca jícara mundialista. Somos los hinchas anónimos, los que se pintan la barba y las mejillas con los colores patrios, los que no quieren perderse ni un suspiro del camino colectivo que conduce a la gloria nacional. El tiempo se congela, el mundo es el estadio, la vida y el futuro es la ilusión del gol. ¡Méxicooo, Méxicooo, Méxicooo!

La cancha verde imponente, el tablero en donde las naciones se juegan su efímero orgullo nacional es un altar imán que todo lo atrae, como un remolino. El cielo se nubla, cae la lluvia, nadie se inmuta. Los rayos demoran el inicio del partido. Chaac, dios maya de la lluvia, el rayo, el relámpago y el agua también viste hoy la tricolor. Por los altavoces cantan, resucitados de repente, muertos ilustres: Juan Gabriel, el inmortal y Gustavo Cerati, el de Soda Stereo ponen la pauta. Mariachis de carne y hueso roban el aliento, la mexicanidad alborotada se transforma en locura nacional. El rebaño está listo. Viva la vida loca.

El aire se espesa a medida que miles de abejitas tricolores nos aglomeramos para construir, sudor contra sudor, la inmensa colmena nacional en la que hoy se ha convertido el Coloso de Santa Úrsula a sesenta años de su inauguración. El yo deja de existir, la colectividad es lo que importa, todos somos uno, juntos somos invencibles. ¡Sí se puede! El Estadio Azteca retumba con el himno nacional. Lleno completo, anuncia la pantalla. “¡Cerveza, cerveza!”, pregonan de lado y lado.

Foto: Omar Vidal
Foto: Omar Vidal

“Fuera morena, fuera Morena”, gritan a la entrada de los baños mujeres y hombres. “¡Fuera!”, responden al unísono voces hartas de estar hartas. Como cuando gobernaban el PRI y el PAN. “No estás sola Venezuela”, proclama a lo lejos la voz incógnita del altavoz. “No estás sola”, responden decenas de miles de voces solidarias que ahora son una.

Salen los gladiadores que hoy tienen la misión de redimirnos de nuestro conformismo valemadrista, del ya merito, del si no tranzas no avanzas, del ¿y yo por qué? De la polarización a la que por ya demasiado años nos han arrastrado nuestros mentirosos, corruptos e ignorantes tlatoanis. Porras caen como lluvia cuando sale el niño titán de sólo 17 años, el más joven de los 26 ángeles nacionales improbables. Entonces llega el primer gol de mi doble compatriota colombiano mexicano, la locura se apodera de la locura, la colectividad levita hacia la estratósfera apelando a la unidad nacional alrededor de un balón y el gol. Un solo grito que unifica a 80, 824 gargantas supera los 130 decibeles: “Y retiemble en sus centros la tierra…”

El Nirvana es posible, avanzar a octavos de final es una gesta patriótica a nuestro alcance. Porque hace cuarenta años el Tri no gana un partido de eliminación directa. Y eso que el fútbol lo inventaron los mismísimos mayas hace tres mil años para recrear la batalla cósmica entre la vida y la muerte, pateando con la cadera una pelota de caucho de cuatro kilogramos.

Entre gritos de júbilo llueve cerveza. El sombrero charro de la muchacha incógnita cubre a medias la cancha sagrada, nubla mi vista, inmortaliza la patriótica proeza. No vi su rostro, pero le agradezco haberme regalado, sin saberlo, ese marco sublime del 2 a 0. Pandemonio, catarsis inmediata, erupción del Popocatépetl. En la tribuna, mezclados entre hinchas, veo sonrientes a Nezahualcóyotl, a Cantinflas, a Santo el Enmascarado de Plata, a Pedro Infante y a Chanoc que vino desde Ixtac. ¡Viva Tenochtitlan!

El ¡Si se puede! colma corazones, sella gargantas. La milpa colectiva nos redime. A mi izquierda, tres polacos desconocidos, más mexicanos que las enchiladas, me abrazan emocionados. A mi derecha, quien hizo posible mi presencia, mi hijo mayor mexicano colombiano. Seguro estoy que piensa que en el lecho de muerte su viejo recordará esta apoteosis nacional. Y tiene razón. Emergen de nuestras bocas dos palabras: ¡Viva México!

Segundo gol. “Ay, ay, ay, ay... canta y no llores”, se desgañita la colmena bajo un cielito lindo. Los gladiadores, parsimoniosos, dan la vuelta al ruedo –como debe ser–, orgullosos ante un público incondicional que agradece su talante ganador, su entrega absoluta. “No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey”, cantan miles de gargantas. Caminamos de regreso, ya no como riachuelos sino como una marea tricolor segura de que a partir de hoy todo es posible. Nada ni nadie nos puede agüitar la búsqueda de la felicidad.

Hasta el Niño Dios se puso la tricolor. Foto: Omar Vidal
Hasta el Niño Dios se puso la tricolor. Foto: Omar Vidal

Me siento confiado pues hasta el Niño Dios se puso la tricolor, está con nosotros, sonriente, desde la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México.

Que mañana nos traigan a Inglaterra, y el 11 de julio a quien quieran para los cuartos de final. Con nosotros nadie puede, ya hemos derrotado a españoles, gringos y franceses cuando nos invadieron. Porque aun perdiendo ya ganamos.

Pero ¿y si sí?

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