Quiero retomar el tema de la Olimpiada Nacional, porque detrás del cambio de nombre (según reportes de medios), aparece otra vez una confrontación entre el Comité Olímpico Mexicano y la CONADE. Resulta incomprensible que no puedan dialogar. Las luchas de poder termi-nan pagándolas los atletas, entrenadores y familias. La Olimpiada Nacional nació como un proyecto de formación y masificación que llegó a reunir a más de 30 mil jóvenes en más de 40 disciplinas. Su nombre adquirió identidad entre deportistas, entrenadores y familias; fue la puerta de entrada para generaciones que después alcanzaron el alto rendimiento. Cambiarlo significa ignorar el valor de una marca construida durante décadas.
Desde los años setenta, muchos deportistas se prepararon en las instalaciones del Comité Olímpico Mexicano, pero el deporte evolucionó y su estructura cambió. En 2006, durante el gobierno de Vicente Fox y en medio de las diferencias con el entonces presidente del COM, Mario Vázquez Raña, se construyó el Centro Nacional de Desarrollo de Talentos Deportivos y Alto Rendimiento (CENAR).
Actualmente, la mayor parte de los seleccionados nacionales entrena en el CENAR, del cual han surgido representantes de México en los últimos cuatro Juegos Olímpicos. Otros se preparan en institutos estatales. La realidad ya no es la de hace cincuenta años y no vale la pena regresar al pasado.
También deben quedar claras las responsabilidades. La CONADE, como institución del Gobierno Federal, administra recursos públicos y debe cubrir entrenadores, becas, concentraciones, preparación, competencias y todo lo relacionado con el desarrollo deportivo. El Comité Olímpico Mexicano, conforme a la Carta Olímpica, debe supervisar el proceso y asegurarse de que quienes representen a México en los Juegos Olímpicos sean los mejores atletas disponibles.
Ambas instituciones son necesarias, pero ninguna debe invadir funciones ni colocar sus intereses por encima de los deportistas. No pueden olvidar que su razón de existir son precisamente los atletas. La Olimpiada Nacional, cuyo nombre construyó identidad, tampoco puede ser víctima de estos desacuerdos.
La Olimpiada Nacional nació como un proyecto de formación y masificación que llegó a reunir a más de 30 mil jóvenes en más de 40 disciplinas. Su nombre adquirió identidad entre deportistas, entrenadores y familias; fue la puerta de entrada para generaciones que después alcanzaron el alto rendimiento. Cambiarlo significa ignorar el valor de una marca construida durante décadas.
Ya vivimos un sexenio en el que Ana Gabriela Guevara eliminó ese nombre para convertir la competencia en Juegos Nacionales CONADE. Fue un fracaso de identidad: la nueva denominación nunca tuvo la misma fuerza ni sustituyó en la memoria colectiva a la Olimpiada Nacional. Ahora se habla de llamarla Orgullo Nacional, una modificación que amenaza con repetir el error.
México necesita coordinación, continuidad y objetivos comunes. Volver a las confrontaciones del pasado sería un retroceso capaz de poner en riesgo la estabilidad del deporte nacional. CONADE y COM deben dialogar, respetar sus facultades y trabajar juntos. El futuro de nuestros atletas vale mucho más que cualquier protagonismo o lucha de poder.
Profesor deportivo
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