Donovan Carrillo terminó en el lugar 23 en unos Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina y aunque se ve lejano de las medallas, es un resultado valioso. No por el número frío, sino por todo lo que significa cargar una bandera que no siempre tiene pista, presupuesto, ni estructura para sostener a un atleta de élite en un deporte que, en México, parece un milagro.
Donovan no compite en igualdad de condiciones. Y aun así, compite. Ese solo hecho ya es una victoria. Porque mientras en otras potencias el patinaje artístico es un sistema, en México suele ser una aventura personal: entrenar donde se pueda, viajar como se pueda, sobrevivir como se pueda. Y por eso, reconocerlo está bien. Aplaudirlo está bien. Ponerlo en primera plana está bien.
El problema no es Donovan. El problema es lo que pasa alrededor de Donovan.
Porque de pronto, el lugar 23 se convierte en “hazaña histórica” para todos… pero esa misma emoción desaparece cuando otros deportistas mexicanos se meten al Top 25 del mundo en disciplinas menos televisivas, menos “bonitas” para la cámara, menos vendibles para el algoritmo. Hay mexicanos que han estado entre los mejores 25 del planeta y jamás reciben una mención, ni un encabezado, ni una entrevista, ni un “qué orgullo”.
La pregunta no es si Donovan merece reconocimiento. Claro que lo merece. La pregunta real es: ¿por qué México solo celebra a ratos? ¿Por qué el aplauso es tan selectivo? ¿Por qué algunos logros se vuelven trending topic y otros ni siquiera existen?
El deporte mexicano vive en una contradicción constante: exigimos resultados como potencia, pero apoyamos como país improvisado. Nos enamoramos del momento, pero no del proceso. Nos emociona el atleta cuando aparece en la tele, pero lo olvidamos cuando está entrenando en silencio.
Y mientras todo eso pasa, los Juegos Olímpicos de Invierno siguen siendo una maravilla. Italia lo ha hecho espectacular: la organización, los escenarios, los protocolos, el color, los uniformes, la estética impecable. Todo parece diseñado para recordarte que el deporte también es cultura, identidad y espectáculo bien cuidado. Ver esas montañas nevadas, esas pistas perfectas, esos atletas jugándose la vida en cada descenso, te sacude la cabeza. Te hace pensar: "Esto también es el deporte. Esto también es el mundo".
Para México, en dónde no vivimos entre nieve ni hielo, asomarse a ese universo es fascinante. Y Donovan, en medio de todo eso, es un símbolo. Un símbolo de resistencia, de disciplina y de orgullo. Pero también, sin quererlo, se vuelve un espejo, que nos muestra que el reconocimiento en México no siempre es justicia: muchas veces es moda.
Y ya que ayer fue el Día del Amor y la Amistad, vale decirlo sin cursilería: no sirve celebrar un día si el resto del año nos soltamos la mano. El país está cansado, dividido, golpeado, desconfiado. Y por eso, más que flores, más que mensajes, más que hashtags… lo que necesitamos es algo simple: estar más juntos.
Profesor deportivo

