Tuve la fortuna de que a la Feria Internacional de la Lectura en Yucatán (FILEY), que desde hace 14 años ha ido creciendo en la siempre bella ciudad de Mérida, me acompañara mi nieto. Incluso estuvo en la presentación de mi novela La ausencia, por el siempre generoso escritor Carlos Martín Briceño, quien también estrenó los cuentos de Los secretos vivos. No ha cumplido los ocho años y hace muchas preguntas. Además de sus preguntas quiero azuzar su curiosidad, su capacidad de observación.
Platicamos de los cenotes y la piedra caliza y la comida con pavo y lima y carne de venado. Pero confieso que de pronto pierdo el propósito de atizar su asombro. Porque no tengo muy claro en qué mundo vivirán los que ahora son niños, cómo colocarán sus sueños y acciones para un mejor horizonte. Ya ni siquiera sé qué es mejor. Claramente un mundo sin guerras, un mundo de inclusión y de respeto y de coexistencia, donde el trabajo exprese las capacidades de cada cual y produzca gozo y logros, donde haya un bienestar garantizado y tiempo para los sueños y los paseos y el aprecio del arte; cada vez más músicos y tiempo para dedicarse a escuchar música, bibliotecas y tiempo para leer, para apreciar la expresión plástica, para conmoverse, teatro para mirarse y pensar, danza para deleitarse con el movimiento y la partitura de los cuerpos. Ocio y risa y conversación. Vidas más sanas y longevas. Dignidad para todos. Comunidad crítica y respetuosa. Pero no estamos ahí. Y lo peor es que los que fuimos jóvenes en los 70 creímos que íbamos a llegar a ese escenario, y que sería permanente. Más personas dedicadas a la ciencia para ensanchar el saber y dar soluciones, con más espacio para la cultura; no un mundo más tacaño en la investigación científica y el quehacer cultural, donde valen menos el saber, lo racional, la verdad. Esperaba un mundo dialogante, donde no habitaran las verdades únicas y las formas simplistas de calificar a buenos y malos, las canciones hablaban de quitar fronteras, quizás faltó que subrayaran la importancia de disentir, tener opiniones diferentes, proponer y crecer en función de la argumentación, la inteligencia y los espacios para escuchar la voz de todos. Crecimos en la no democracia y celebramos participar de la apertura democrática, su visibilidad en la alternancia política. Pero como si el mundo, el país, nuestra comunidad rodaran hacia atrás, la crítica, disentir y proponer se ha vuelto peligroso. El poder es el poder, dejemos la ingenuidad. Entrelíneas y a pecho abierto o estás conmigo o estás contra mí.
Mi nieto y yo discutimos sobre perderse en las pantallas. Atiendo los video juegos que le gustan, las canciones que escucha y los libros que le llaman la atención y él trata de convencerme de los suyos y yo le propongo otros. Dialogamos. Y siguen las preguntas, esa avidez por saber que da envidia. Y por qué el avión se mueve más cuando pasa por las nubes, y por qué hace tanto calor aquí en Mérida y donde vivimos es más fresco y hay montañas. Cuántos di por qué que me obligan a fingir optimismo porque de verdad quiero un mundo ancho, cobijador, complejo y maravilloso para los niños que vivirán y moldearán el futuro.
Escribir es un acto de optimismo porque suponemos que hay alguien al otro lado que dialogará con nuestro texto. También comprendo que en las palabras escritas y leídas hay un acto de resistencia permanente para expresar nuestros puntos de vista. No lo voy a dejar de hacer. Esa pregunta no me la ha hecho mi nieto.
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