Abre tu correo electrónico. Entre mensajes, promociones y pendientes, seguramente encontrarás alguno acompañado por el logotipo de quien lo envía. Parecería un simple recurso gráfico o incluso de marketing, pero detrás de esa pequeña imagen hay algo mucho más importante para el negocio: la confianza. ¿Realmente quién nos escribe es quién es?
En México, 86.1% de la población de seis años o más utilizó internet en 2025, es decir, 104.9 millones de personas, según el INEGI. Hace apenas una década lo hacía 57.4%. Hoy compramos, contratamos, pagamos y hacemos negocios cada vez más por internet. Si buena parte de nuestra vida y de la economía ya es digital, la confianza también tiene que serlo.
Pero a medida que crece nuestra vida digital, también lo hacen los riesgos. De acuerdo con The Competitive Intelligence Unit (The CIU), 13.5 millones de mexicanos han sido víctimas de phishing, es decir, de comunicaciones que aparentan provenir de una empresa o institución para obtener información confidencial. El problema es tal que, apenas el pasado 23 de julio, entró en vigor en la Ciudad de México una reforma que sanciona el engaño digital con penas de tres a seis años de prisión.
Frente a esta realidad, la propiedad intelectual también tiene algo que aportar, particularmente a través de las marcas.
La función de una marca va mucho más allá de un nombre o un logotipo. Permite distinguir productos y servicios, identificar su origen empresarial y, sobre todo, generar reconocimiento y confianza entre los consumidores. Una manzana mordida, unos arcos dorados o un osito con gorro de panadero bastan para saber quién está detrás de lo que compramos. De ahí el valor de crear, registrar, explotar y defender una marca.
En el mundo digital, esa capacidad de identificar quién está detrás de una marca adquiere una nueva dimensión. Ya no sólo importa saber quién ofrece un producto o presta un servicio, sino también quién está detrás de un correo electrónico o una página de internet. Más aún cuando la inteligencia artificial facilita cada vez más reproducir imágenes, voces, mensajes e identidades.
Es aquí donde aparece BIMI (Brand Indicators for Message Identification), es decir, un indicador marcario para identificar mensajes, un estándar sobre el que recientemente me han preguntado en varias ocasiones y que permite que el logotipo de una empresa aparezca junto a determinados correos electrónicos autenticados. BIMI no es nuevo ni sustituye a la ciberseguridad. Lo interesante para la PI es que uno de los mecanismos para verificar esos logotipos, el VMC (Certificado de Marca Verificada), requiere que el logotipo que se pretende verificar esté protegido como marca registrada.
Así, un registro de marca que tradicionalmente asociamos con la posibilidad de protegerla, explotarla y defenderla adquiere una nueva utilidad: ayudar a acreditar que detrás de este logotipo está realmente su titular.
Esto debería llevar a las empresas a revisar sus estrategias de propiedad intelectual. ¿Tengo protegida únicamente la denominación o también el logotipo con el que mis clientes me identifican? Un portafolio de marcas debe responder a la forma en que actualmente hacemos negocios y estar integrado por verdaderos activos que podamos proteger y explotar.
Registrar mejor significa registrar con visión y estrategia, y hoy esa estrategia debe considerar también la confianza, el crédito empresarial. No olvidemos que crédito viene de credere: creer. La propiedad intelectual no puede permanecer ajena a la transformación de los negocios ni a la realidad digital en la que operan.
En un entorno en el que cada vez es más fácil aparentar ser alguien más, una marca registrada adquiere una nueva dimensión. Además de distinguir, proteger y generar valor, también puede ayudar a demostrar algo cada vez más importante: que quien está detrás de ella es quien es.
*Especialista en propiedad intelectual y protección de innovación
X: @MA_Margain
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