Hace casi un año, en entrevista para la revista Time, Steve Bannon, exasesor de Trump y una de las personas más influyentes en su pensamiento, ya nos había advertido que Trump venía en modo de “Guerra Total”. El argumento central de Bannon era que Trump sentía que en su gestión previa había sido “demasiado suave”, y que esta vez lo movía una “visión apocalíptica”. Esto último no puede faltar en las conversaciones sobre la guerra comercial que ese presidente ha desatado por todo el planeta. Porque frecuentemente, y con razón, se habla de las dimensiones económica, comercial y financiera de todo el tema arancelario. Pero hace falta hablar más acerca de la parte “guerra”, lo que pasa por comprender que, para ese presidente, la lucha está menos en los instrumentos, y mucho más en los fines que implica restaurar la grandeza de EU y colocar los intereses de ese país antes que los de cualquier otro: “America First” y “Make America Great Again”. En un mundo en el que todos los actores—aliados y adversarios por igual—se “aprovechan” de EU, le “sacan ventaja” y son “injustos” con ese país, solo la aplicación de la fuerza puede doblegar a las contrapartes. En este universo de la lucha de poderes, los criterios técnicos para la toma de decisiones son lo menos importante. Lo es mucho más el despliegue de fuerza, y la proyección de la determinación a usar esa fuerza a pesar de los costos que inevitablemente habrá que pagar. Así que es necesario entrar al tema desde esta otra dimensión.

Primero, el diagnóstico de Trump esencialmente consiste en que EU se encuentra en declive. Un diagnóstico negro de un país en descontrol, un país con fronteras abiertas y en desorden, lleno de crimen, amenazas, traición y crisis de confianza en lo interno, y del cual, en lo externo, todo el planeta saca ventaja y provecho. Desde esta perspectiva, EU es un país al cual se le ha perdido el respeto. La superpotencia va y defiende a otros en sus conflictos, y paga altos costos, sin que esos “aliados” le correspondan o a veces siquiera “le den las gracias”. Por el contrario, incluso países con quienes EU tiene acuerdos militares como los europeos o como Japón, “comercian injustamente” con Washington. Según esta visión, es de ahí, del trato injusto, de donde provienen los déficits comerciales de EU. Estos temas no están desvinculados, en su mente, de otros temas de seguridad. Esos otros países no están dispuestos a pagar o invertir para su propia defensa. Así que, por un lado, exprimen a Washington para pagar esos costos para defenderles, y por otro lado sacan ventaja del “privilegio” de comerciar con la superpotencia.

Segundo, bajo esos términos, se justifica la aplicación de medidas de emergencia y seguridad nacional, a fin de activar la “aplicación de fuerza” en contra de rivales o aliados por igual. En la teoría clásica sobre la materia, Clausewitz nos explica que la guerra es la continuación de la política por otros medios (y que la política es la continuación de la guerra por medios pacíficos). No es muy distinto en una guerra comercial. Un país que se asume con poder y pretende negociar bajo sus términos o condiciones, puede primero amenazar con implementar aranceles, y luego, solo si sus amenazas no funcionan, abandona la política y despliega sus fuerzas aplicando esos aranceles buscando regresar nuevamente a la negociación, ahora bajo mayor presión. Quizás con Trump hoy podemos verlo al revés: primero la aplicación de la fuerza y luego (en teoría) la negociación bajo sus términos.

Sin embargo, siguiendo a Clausewitz, el objetivo último no es combatir; ese es solo el instrumento táctico para conseguir las metas mayores. Es por ello, según ese autor, que, en las guerras tradicionales, los políticos, y no los militares, deben liderar la toma las decisiones importantes. Las guerras no se ganan enfocándose o ganando una o dos batallas, sino en el plazo mayor, en el plano estratégico. Por lo tanto, a quienes toca librar una guerra comercial debe quedar muy clara la planeación táctica y la planeación estratégica. Se debe entender muy bien en qué punto es necesario combatir o defenderse, y en cambio, cuáles son los tiempos para emplear la política. Caer en el común error de empezar (o responder ante) guerras que luego no se sabe cómo terminar es dejarse envolver por una lógica que se sale de las manos y que debiera evitarse.

Pero acá es necesario incorporar otros factores. En una guerra comercial también hay daños y hay víctimas. Los hay en el país rival, y los hay en el propio, mucho más en un entorno globalizado en el que vivimos. Es precisamente el nivel de interconexión de las economías lo que hace posible que una guerra comercial pueda ser luchada. Ello implica que cada una de las partes debe estimar correctamente las potenciales consecuencias negativas que sufriría de desatarse la espiral. La decisión de combatir (o continuar el combate) o bien, en su caso, presentar la rendición y aceptar negociar términos desfavorables, pasa por sopesar los costos de pelear, en contraste con las potenciales ganancias de hacerlo. Esto es debido a que tal y como sucede en un enfrentamiento armado, una guerra comercial se caracteriza por espirales ascendentes, una situación en la que a cada acción corresponde una reacción la cual, a su vez, desata más reacciones, ocasionando cada vez más víctimas y consecuencias negativas para las economías.

En ese sentido, una guerra comercial está también plagada de factores psicológicos como las demostraciones de poder y los intentos por provocar miedo en la contraparte. Esto supone, entre otras cosas, mostrarse como un actor que no solo tiene fuerza, sino que está dispuesto a emplearla a pesar de las potenciales consecuencias negativas que el despliegue de esa guerra tendría para la propia economía o para determinados sectores en el propio país que inicia las hostilidades. Por eso parece esencial para un personaje como Trump proyectarse como creíble (no solo en el campo comercial). Cada vez que emite amenazas descabelladas y no las cumple, pierde puntos de credibilidad. Sin embargo, cada vez que sí cumple con ese tipo de amenazas, incluso cuando muchos pensaban que no cruzaría ciertas líneas, se muestra como un actor dispuesto a todo, a quien no importa conflictuarse interna o externamente por sus medidas.

Esto a su vez ocasiona efectos colaterales como pánico en los mercados, fugas de capitales, y produce presión en sus rivales a la hora de negociar los términos de “no agresión” o de “cese al fuego”, y, sobre todo, puede ocasionar que las tácticas de defensa o contraataque parezcan débiles o huecas. Por consiguiente, librar una guerra comercial implica el despliegue de herramientas psicológicas, el uso de contramedidas para contener las amenazas y la intimidación, ideas creativas para controlar la conversación en los medios y la opinión pública, para atenuar el pánico y para comunicar eficazmente el poder que se tiene (o incluso el que no se tiene) a fin de disuadir a la contraparte de potenciales ataques, y orillarla a la mesa de negociación bajo términos adecuados. Sobra decir que en la medida en que se carece de herramientas para combatir esta dimensión psicológica de una guerra comercial, la posición de desventaja se hace evidente con todas las consecuencias que ello implica.

Dicho lo anterior, de lo que acá estamos hablando—si seguimos el lenguaje de Bannon—es de una guerra total. La obra clásica del siglo XX sobre la Guerra Total es Der Totale Krieg de Erich Ludendorff, y se basa en la experiencia del autor en la Primera Guerra Mundial. En la Guerra Total (a diferencia de las guerras limitadas), todos los recursos disponibles de un país son empleados al servicio de un esfuerzo militar mayor. Todo en función de la guerra.

Si de verdad Trump se encuentra en modo de Guerra Total como lo afirma su exasesor, tendríamos que entender primero, que esto incluye, pero no se limita a lo comercial; incluye, pero no se limita a lo interno; incluye, pero no se limita a los enemigos o adversarios tradicionales de la superpotencia, pues incluye y no se limita a sus aliados. En esta serie de planos, el país que ha decidido aplicar la fuerza—dado que no encuentra una mejor alternativa para cumplir con sus objetivos—necesita demostrar no solo que tiene el poder suficiente, sino que está absolutamente determinado a emplearlo, sin importar los costos que eso conlleve. En el mundo de Trump, esto pasa por el mensaje de que hay disposición soportar las caídas en los mercados, el desplome del dólar, los presagios de una recesión global, o el incremento en costos para la ciudadanía en EU. El actor en pugna, necesita demostrar que entiende y está dispuesto a pagar ello y más, pues solo así conseguirá doblegar a las contrapartes, restaurar la credibilidad y la disuasión como herramientas para garantizar que EU no sea nunca más aventajado por los demás. Todos los recursos disponibles de la superpotencia están al servicio de metas como esas.

¿Qué hay al final de esa macro estrategia? Si le preguntan a un economista como Peter Navarro, fiel convencido de la efectividad de las tarifas arancelarias, lo que hay es el retorno de las manufacturas y la industria a ese país, en beneficio de sus trabajadores. Pero si le preguntan a alguien como Trump, lo que hay tras esas herramientas es mucho más inmaterial: la “era dorada de America”, la restauración de la credibilidad, el poder y el respeto para la superpotencia. Todo eso puede lograrse a través del éxito de instrumentos como los aranceles, pero también a pesar de su fracaso si es que consiguen otro tipo de efectos como doblegar, persuadir o disuadir a sus contrapartes.

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