Desde muy joven, López Obrador eligió el método de “doblar la apuesta” cada vez que alguien lo desafió. El machismo explícito de ese recurso se cobijó siempre en argumentos morales: la “honestidad valiente” para derrotar corruptos, mafiosos, clasistas, racistas o cualquier otro calificativo que le resultara útil para difamar a sus adversarios y justificarse a sí mismo. Lo hizo repetidamente en Tabasco, lo hizo para ganar la CDMX, lo hizo en el desafuero, lo hizo en 2006, lo hizo al crear Morena, lo hizo en 2018, lo hizo muchas veces como presidente de la República y lo está haciendo otra vez.

La diferencia es que hoy los acusados de corrupción y de pertenecer a una mafia (literalmente hablando) son él y su entorno familiar y político. Y esta vez, el desafío no viene de un grupo, de un partido o de una persona, sino del gobierno de los Estados Unidos. Sin embargo, López Obrador ha vuelto a “doblar la apuesta”: la carta de su hijo y el cinismo de Rocha Moya en su ir y venir de Sinaloa son muy elocuentes. Ni uno ni otro habrían actuado así sin su venia. Tampoco puede dudarse de su actitud reiteradamente machista: si de veras quisiera servir a México, ya habría viajado a Washington para asumir la responsabilidad sobre esas acusaciones con verdadero sentido patriótico. En cambio, ha decidido atrincherarse entre los suyos.

Casi todos los análisis sobre este delicadísimo tema concluyen que hay una ruptura entre el gobierno de Claudia Sheinbaum y López Obrador. Conozco gente muy inteligente y muy bien informada que prevé un cisma e incluso una implosión de Morena. Pero sigo pensando que sucederá lo contrario. La gran mayoría de las personas que integran los mandos de ese partido vienen de la clase política que se formó en el PRI y en el PRD y llevan la disciplina corporativa en la sangre. En privado, pueden tener opiniones contrarias a su liderazgo, pero nunca actuarían al margen del grupo que los protege. Irán juntos, como una manada.

De otra parte, desde el principio de este sexenio leí análisis similares que vaticinaban la ruptura entre Claudia Sheinbaum y su mentor. Pero hasta ahora, ha sucedido exactamente lo opuesto: el “segundo piso” de la 4T no ha sido más que la continuación fiel del gobierno de AMLO, hasta en el tono y la cadencia de los discursos. Si la presidenta optara por abandonar a su líder, tendría que rendirse ante los Estados Unidos y entregar a los acusados; tendría que abrirse al respaldo negociado con los partidos de oposición para darle viabilidad al gobierno; tendría que cambiar abruptamente de narrativa; y, al final, se quedaría sola. Con el debido respeto, el hábito no hace al monje: sin AMLO y su movimiento, la presidenta es muy frágil.

Así que las preguntas relevantes son otras: ¿hasta dónde quiere llevar AMLO esta nueva escalada para proteger a los suyos y a sí mismo? Varias veces ha dicho que volvería a la escena pública si hubiera (entre otras condiciones) una afrenta a la soberanía del país. Y ya quedó claro, por la carta de Andy, que esa afrenta está en curso. Y también ha dicho que, si fuera preciso, está dispuesto a “soltar a los tigres”. ¿Quiénes son esos tigres? ¿Son acaso, como se ha dicho, los cárteles criminales que habrían pactado alianzas con su gobierno? O peor aún, ¿son los militares que alcanzaron la cúspide de sus privilegios y sus poderes durante estos ocho años?

Hace ocho días escribí aquí que nos esperaban tiempos aciagos, pero no pensé que llegarían apenas una semana después. No serán las instituciones formales las que definirán el desenlace de esta crisis de Estado, sino el gobierno de Trump, las decisiones de AMLO, la lealtad de su movimiento, los poderes fácticos criminales y las fuerzas armadas. Se acabaron las reglas. Lo que viviremos será un tour de force.

Investigador de la Universidad de Guadalajara

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