Este texto se iba a titular: “el mal humor del régimen”, pero cuando me disponía a escribirlo leí la nota de EL UNIVERSAL donde se glosa el discurso que pronunció la presidenta Sheinbaum en Tijuana, el viernes pasado. En esa intervención dijo: “…los puentes siempre son mejores que los muros. Siempre tender puentes es nuestro principio”. Obviamente, se refería al gobierno de Donald Trump, pero la frase es relevante para la política interior, pues la planteó como un principio ético: tender puentes en vez de muros.

No es eso lo que hacen sus correligionarios ni lo que hizo su mentor. Muy por el contrario, el éxito político de la 4T ha estado en romper puentes y levantar muros, con el manido argumento de que todo lo que sucedió en México antes del 2018 fue deleznable y todos los que participaron en los asuntos públicos previos al triunfo electoral de AMLO, deshonestos y mafiosos. La tesis que animó una supuesta transformación histórica se basó desde el principio en el denuesto y la descalificación furibunda y sistemática a cualquier persona, cualquier decisión, o cualquier hecho que no hubiese emanado de las filas de ese movimiento.

Sin matices, todos los puentes fueron derribados y todas las posibilidades de emprender un diálogo, de buscar un acuerdo o sugerir siquiera alguna solución, fueron condicionados a la obediencia y la sumisión al líder. Durante siete años, se han levantado muros sobre muros, de manera metafórica y aun física, ante cada manifestación masiva. Ninguna mano abierta fue estrechada y ningún proyecto alternativo fue aceptado.

Lo más grave ha sido que la negación no se ha fundado en argumentos y deliberaciones informadas y sensatas, sino en la violencia, la difamación y el agravio en contra de quienes se atrevieron a pensar o actuar sin rendirle pleitesía al creador del movimiento: “O estás conmigo, o estás contra mí”; “quien se aflige, se afloja”; “No hay lugar para las medias tintas”. Todas esas frases fueron repetidas muchas veces y cada una surgió, en su momento, para descalificar a quienes intentaron tender puentes para escuchar a otros.

El mal humor social que hoy recorre a México no nació por generación espontánea: fue deliberadamente construido, día a día, por López Obrador. Había que exacerbar para ganar, bajo el supuesto de que cualquier gesto de amistad hacia los críticos o los rebeldes resultaba inaceptable. Había que ser implacables para hacer triunfar a la regeneración sobre las cenizas del pasado. Conforme evolucionó el sexenio, la estrategia diseñada para acumular poder se hizo costumbre y, más tarde, dogma.

Los mimetizados con el líder no solo se negaron a hablar con quienes pensaban diferente, sino que se atrincheraron en la ruptura de cualquier encuentro válido con un lenguaje abiertamente ofensivo, que canceló hasta el más mínimo atisbo de empatía. No importaba lo que se dijera o propusiera: si venía de otros, había que denostarlo. El mal humor se hizo rutina: insultar, difamar, sobajar, agredir se volvió práctica común y timbre de orgullo entre los suyos: mientras más estridentes y soeces, más aplaudidos.

Hoy la presidenta dice que tender puentes es un principio de su movimiento. Pero mientras le guiñe con esa frase a Donald Trump, aquí avanza la contrarreforma electoral a espaldas de la historia, el desdén por la rendición de cuentas y la transparencia, se consolida la militarización y se protege como nunca antes a los corruptos vociferantes. En siete años, el régimen se volvió un castillo ocupado por fanáticos enfiestados. Aquí no hay puentes sino trincheras, torreones, almenas y atalayas. No importa el tema, ni la evidencia, ni las intenciones, ni los contenidos. Para los partidarios de este régimen la consigna es atacar sin compasión ni tregua a los herejes.

Investigador de la Universidad de Guadalajara

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