Ya es evidente que el gobierno de Claudia Sheinbaum se ha enredado entre un berenjenal de contradicciones. La justicia selectiva ya marcó su sexenio de manera indeleble. El doble rasero que ha empleado es tan obvio que amerita una pausa para tratar de entender por qué está actuando de esa manera, más allá de los gritos y sombrerazos entre los propagandistas del régimen y sus adversarios políticos, que insisten en debatir desde miradores morales sin asidero.

Una primera razón es que la presidenta no puede permitir que se sostenga que hay vínculos entre el crimen organizado o sus fuentes de dinero ilícito y Rocha Moya, Adán Augusto López o López Beltrán (entre una lista más larga), porque todos ellos participaron en su propia campaña política. Si se llegara a demostrar esa relación, sería imposible desligar al presidente López Obrador y a ella misma de los cárteles criminales. Aunque quisiera (suponiendo que así fuera), la presidenta no puede aceptar esa acusación de ninguna manera, pues al hacerlo se vendría abajo la legitimidad política de ambos gobiernos. La defensa de Rocha Moya (¡pruebas, pruebas!) es en realidad su propia defensa.

Guardadas las proporciones, las agencias estadounidenses tampoco son hermanitas de la caridad. Están construyendo el argumento del narcogobierno de México con la nítida intención de someter a Claudia Sheinbaum a las decisiones de la Casa Blanca y de evadir cualquier responsabilidad propia en el trasiego de drogas, dinero, armas y personas del crimen organizado que se financia con el dinero de los Estados Unidos: la paja en el ojo ajeno. En el mejor de los casos, eligieron reventar su mercado de drogas por el lado de la oferta, para no meterse con la demanda ni con las redes que operan en su territorio. ¿Cuántos chapos, menchos y mayos hay de aquel lado de la frontera?

De otra parte, la dimensión del problema obliga a la presidenta a actuar con mucha cautela. A estas alturas, sospecho que nadie sabe a ciencia cierta hasta dónde llegan los tentáculos de la corrupción, ni tampoco quiénes están realmente implicados ni –lo que es peor– en quiénes podría confiarse para erradicar esas redes. Aun concediendo que Claudia Sheinbaum quiera acabar con el cáncer que está matando al gobierno, la metástasis la está rebasando y, en contra de lo que suele creerse, la soledad de Palacio suele ser mucho más honda de lo que la gente supone. Dicho de otra manera: si quisiera hacerlo, seguramente sabría por dónde tendría que empezar la poda, pero no sabría hasta dónde tendría que llegar. Y supongo que no quiere jugar a ser aprendiz de brujo.

La única opción que ha tenido a la mano para ganar tiempo ha sido prender el ventilador: primero fue Maru Campos, hasta que se acabó la pila; ahora es Ernesto Ruffo hasta donde dure; y ya nos enteraremos quién sigue: la cosa es culpar a otros y dispersar la presión pública aun a costa de echarle más leña al fuego de un régimen que ya se está consumiendo en las llamas: “alumbra, lumbre de alumbre, sobre la podredumbre”, escribió Miguel Ángel Asturias en el Señor Presidente. “Alumbra, Luzbel de piedralumbre”, al menos mientras llegan las elecciones siguientes.

A nadie sensato –supongo– le gustaría estar en los zapatos de Claudia Sheinbaum ahora mismo. Pero ella quiso tomar el bastón de mando que hoy le está ardiendo en las manos: quiso acumular más poder, quiso investirse de madre patria y quiso honrar el legado de alianzas, compromisos y complicidades que le heredó el gran demiurgo. Ahora sabe que el poder es como las drogas duras: al principio parecen el paraíso, pero después se convierten en un infierno de adicción sin salida. Le tocó lidiar con el desenlace de una historia que escribió otro. Ojalá no se le deshaga el país antes de cerrar el sexenio.

Investigador de la Universidad de Guadalajara

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