El gobierno de Donald Trump decidió recurrir a las viejas y perversas prácticas de la intervención militar directa en otros estados, especialmente en América Latina, quizá con el objetivo de liberar a la sociedad venezolana del yugo chavista-madurista, pero sometiéndola ahora al yugo trumpista y arrebatándole sus riquezas petroleras —las más grandes del planeta-, en la más pura versión neoimperialista del siglo XXI: violación de soberanía, uso de la fuerza, quebranto del derecho internacional y pillaje.

Lo primero que se me viene a la mente, luego de oír a Trump y sus secuaces en la conferencia de prensa del sábado pasado, es el desprecio a las formas más elementales del comportamiento humano y social, empezando por el respeto y dignidad de las personas y de los cargos que ostentan, donde Trump denigra 250 años de historia de un país, que los padres fundadores pensaron y crearon grande, y que hoy ha pasado de una gran potencia a una vulgar tiranía comercial. De grandes presidentes y estadistas a vulgares tiranos y mercachifles. Del pragmatismo anglosajón al vulgar y ramplón mercantilismo.

Lo segundo que creo es que Trump se ha convertido, con esta incursión violenta a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, en otro tirano -loco de atar-, que gobierna a base de decretos ejecutivos, es decir, sin el acompañamiento y consentimiento del congreso, al cual -incluso- agredió impunemente hace cinco años, a cuyos agresores indultó al inicio de su gobierno. Y que juega con el poder judicial, que sabe controlado al final de la pirámide, esto es, en la Corte Suprema de Justicia, y que ahora interviene también en países de la región, a los que dice gobernará y saqueará a su antojo, zona a la que ha proclamado su área de influencia, según su nueva estrategia de seguridad nacional: América para las empresas americanas, la nueva versión de la doctrina Monroe Corporation.

Lo tercero que me aterra es el desprecio total a la democracia en todas sus formas, donde lo mismo se olvidó del pasado proceso electoral de Venezuela en 2024, donde -según ellos- ganó el embajador Edmundo González, al que proclamaron y reconocieron como presidente electo, que descalificó la figura de Corina Machado, premio nobel de la paz y líder opositora al madurismo. Lo anterior confirma que el objetivo de la intervención de Trump en Venezuela no busca restaurar la democracia como forma de vida, sino condicionar al gobierno que sea y como sea al acceso a sus recursos, especialmente al petróleo, por parte de empresas estadounidenses.

Lo siguiente que me decepciona es la respuesta de la comunidad internacional, donde el multilateralismo, encabezado por la ONU, ha confirmado su muerte, mediante un acta de defunción extemporánea, gracias a la burocracia internacional, que revela la causa de su muerte por inanición, es decir, por no hacer nada. Mientras tanto, EUA, Rusia y China se preparan para repartir de nuevo el planeta, los mercados y los recursos naturales, sin rubor alguno y ante la mirada siempre intrascendente de la Unión Europea, para completar el nuevo esquema de poder mundial 3 + -1.

Mi hipótesis es que existe un acuerdo tácito entre esas tres renovadas potencias y sus líderes para recomponer el poder y la geopolítica mundial bajo tres criterios fundamentales: 1) reconfigurar y respetar las zonas de influencia de cada uno; 2) tomar los recursos naturales, especialmente petróleo y minerales raros, sin importar cómo; 3) una vez fortalecidas, las potencias dominarán por la fuerza el aún globalizado mercado y un eventual nuevo orden mundial.

En el caso de América Latina, el tema es de mayor preocupación, si consideramos que formamos parte de la zona de influencia de EUA, donde el tirano Trump amenaza con hacer lo mismo con Cuba, Colombia y Nicaragua y, en menor medida, con México.

Sobre Venezuela, luego de los primeros días sin Maduro, pareciera haber dos caminos: o coopera con Trump, sacrificando soberanía y principios y sobrevive, o bien, enfrenta una guerra desigual contra EUA que, irremediablemente, perderá, donde ese país impondrá en el gobierno a su nuevo hijo de p#%&.

Lo que aún no puedo entender son los motivos que llevaron a Trump a dar este primer zarpazo. En EUA se habla de una cortina de humo interna, ante los bajos índices de aceptación popular -menos del 40%-, que preocupan a los republicanos en año electoral, donde la guerra siempre es un buen distractor; se dice también que Trump requería de una acción de tal magnitud, luego de miles de amenazas, bravuconadas y chifladuras que, en la mayoría de los casos, no se habían cumplido, más allá de los aranceles, para parecer un “presidente de acción” que cumple sus promesas, como lo mencionó el propio Rubio; se menciona -incluso- que se trata de un mensaje contundente para todos los países no amigos, no sólo en Latinoamérica, a fin de cooperar con Trump. Y así mil teorías más.

Sin embargo, aceptando que cada idea tiene su lógica, me quedo con la teoría más general de que estamos en el inicio de un nuevo proceso de redistribución del poder y reconfiguración de la geopolítica mundial, donde EUA, Rusia y China + -UE (3+-1) dominarán sus respectivas zonas de influencia, los recursos naturales y el mercado mundial, aun por la fuerza, donde el multilateralismo ha muerto de inanición.

EUA ha abierto la puerta negra del pasado, que se creía cerrada con tres candados, para resolver los problemas de hoy, sin saber lo que hay detrás: un nuevo orden mundial a la fuerza o una nueva guerra por la soberanía de los países, el derecho internacional y un nuevo multilateralismo, así como los recursos naturales del planeta.

Politólogo y exdiplomático

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