Como si el mundo existiera primero en la imaginación de un novelista, Ian Fleming el creador de James Bond, el legendario espía inglés, ideó un personaje. Se trataba de un ultra millonario alemán, agente encubierto de la Unión Soviética infiltrado en el gobierno británico. Son los años iniciales de la Guerra Fría (1955). Hugo Drax, que bien pudo llamarse Elon Musk, además de construir cohetes pretende destruir Londres. El momento en que se desarrolla la novela es el de la confrontación entre la URSS y EU.

Esta rivalidad es como la política veleidosa, por lo que no debería asombrar el acercamiento de Trump con Putin. Franklin D. Roosevelt, acreditado como el demócrata del siglo XX, no tuvo empacho en acercarse a un monstruo como Stalin. En la Conferencia de Yalta, en los días finales de la II Guerra Mundial, las tres potencias aliadas EU, Inglaterra y la Unión Soviética deberían resolver que hacer con Alemania derrotada; garantizar elecciones libres en Europa del Este; lograr que Unión Soviética declarara la guerra a Japón y establecer la ONU con un Consejo de Seguridad que garantizará a los miembros permanentes el derecho de veto a sus resoluciones.

No fue una conferencia sencilla, pero se dio una alianza EU-URSS causante de la Guerra Fría, si bien evitó la guerra nuclear. Ya para esa reunión Roosevelt estaba enfermo y disminuido. Las negociaciones entre los tres líderes mundiales Churchill, Roosevelt y Stalin estuvieron a punto de salirse de control. Fue el genio de Churchill lo que evitó unan catástrofe diplomática.

Roosevelt, en un mal cálculo, había expresado que Stalin era una persona muy accesible, dando a entender que se lo había echado a la bolsa. Esto tal vez debido a la actitud de quienes, como Roosevelt, forman parte de una élite oligarca y aristocrática que considera a personas de origen humilde accesibles, abordables. Stalin era el líder de la URSS, efectivamente provenía de una familia muy modesta, hijo de un zapatero alcohólico que lo abandonó y de una madre lavandera que no tuvo otra salida que llevar a Stalin al seminario de donde escapó, pero era unos de los grandes líderes del siglo XX. Líder lo más alejado de una personalidad accesible o complaciente. Tan duro como el más ruso de los rusos.

En una de las comidas de los tres líderes, Stalin entre serio y broma propuso fusilar cincuenta mil oficiales alemanes. Churchill al oír esto señaló horrorizado que prefería ir al jardín darse un balazo y sentenció: “evitar así manchar mi honor y el de mi país con semejante infamia”. Roosevelt socarrón, tomó la palabra y dijo que solamente deberían fusilar a 49 mil oficiales alemanes. Churchill abandonó el recinto y fue necesario que Stalin personalmente lo convenciera de regresar a las conversaciones, que se trataba de una broma. Churchill declaró más adelante que nunca estuvo seguro de que hubiera sido un chistorete.

Otras conexiones EU-URSS se dieron con Nixon, asesorado por Kissinger, cuando ante el desastre de Vietnam y el colapso financiero de Bretton Woods planteó el Détente que permitió cierta estabilidad entre las superpotencias, hasta que sobrevino la Revolución Islámica en Irán; la crisis de los rehenes en la embajada de EU; más adelante la invasión soviética en Afganistán y el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú.

Por eso no debe extrañar los arreglos de Estados Unidos con Rusia para resolver la cuestión de Ucrania, a pesar del alto costo que tendrá para Europa y los países afiliados a la OTAN. El gran perdedor de los arreglos Trump-Putin será Ucrania cuya admirable resistencia, nacionalismo y vocación independentista no parecen suficientes para contrarrestar la negociación en marcha que ya está en la atmósfera diplomática mundial.

Profesor de Derecho Constitucional en la UNAM

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.