La Suprema Corte es objeto de burla y desprecio. La majestad judicial está por los suelos. Entre la ministra Batres que no sabe lo que es una determinación de oficio (debido a que como dijo socarrona, ese día no fue a clase) y el ministro Giovanni Figueroa que argumentó en su disertación judicial que es mejor clavar un clavo con martillo en lugar de utilizar un zapato, una llave de tuercas o una maceta, no hay a quien irle. Tampoco es que antes de la reforma de los acordeones, la SCJN haya sido acrisolada. Cuando estuve cerca profesionalmente del Poder Judicial de la Federación, fui testigo de episodios lamentables: el ministro Mariano Azuela que corría presuroso al despacho presidencial para aconsejar sobre el desafuero a AMLO; o peor todavía, Genaro Góngora que al mismo tiempo corría escondido, agazapado, a la oficina de AMLO, en la CDMX, para aconsejar su defensa.
Hace años mi padre, un digno abogado postulante, me explicó la importancia para una sociedad de respetar, atender y confiar en quienes tienen encomendado dictar el derecho, conciliar a las partes en conflicto y proteger a los ciudadanos de la violación de sus derechos o las eventuales arbitrariedades del gobierno.
Entonces uno de los socios del despacho que mi padre encabezaba, perdió un juicio y envió un escrito de queja en términos poco comedidos. Se dirigió a la “Corte de la Nación”, explicando que no se refería a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, porque no era suprema, ni tampoco impartía justicia. El ministro presidente en turno, Agapito Pozo, mandó llamar a mi padre para pedirle que conminara a su socio, un destacado abogado internacionalista, a que ofreciera una disculpa. La falta de respeto a una institución fundamental del Estado, constituía un agravio intolerable, advirtió. Afortunadamente se arregló el desaguisado. Entendí que el poder judicial es clave para el funcionamiento ordenado, apegado a las reglas de la convivencia social.
Recientemente un juez federal, con sede en Minneapolis, ordenó la liberación de un pequeño de cinco años detenido por ICE. Esta decisión ilustra el papel de los jueces en una sociedad democrática. La sentencia de tres páginas limitó al hombre más poderoso del planeta. El juez acusó al gobierno de Míster Trump de ignorar la Declaración de Independencia. Adicionalmente, en un país como EU, sustentado ideológicamente en preceptos bíblicos, la resolución invoca el Nuevo Testamento, al recordar el regaño de Jesús a sus discípulos al impedir que los niños se le acercaran: “Dejad a los niños venir a mi” (Mateo).
Pasaje judicial tal vez inocuo, que muestra la necesidad de jueces independientes y de órganos judiciales autónomos. Sin jueces independientes una sociedad está perdida. La historia no registra jueces alemanes liberando a los niños judíos de los campos de concentración. Alemania rompió con la independencia judicial. De nada sirvió la tradición de excelsos juristas alemanes (Von Savigny, Ihering, Jellinek, Kelsen, Radbruch y Carl Schmitt).
En México de nada sirvieron las incontables advertencias sobre el riesgo de perder el único contrapeso del gobierno. Los que detentan el poder pudieron más que quienes detentan el conocimiento. La Corte de la Nación (ni suprema, ni de justicia) ocupa ya una página negra de la historia jurídica del México.
En lo personal, como abogado egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM, hijo de un abogado, padre de otro abogado, como profesor de Historia Constitucional de esa misma casa, expreso vergüenza por una Corte dependiente, parcial, partidista, politizada, sumisa, revanchista, ignorante y contumaz.
Una ironía publicar este texto el día que deberíamos celebrar la Constitución mexicana a la que los gobiernos en turno (4T) le han mutilado principios que técnicamente debieron permanecer inamovibles.
Profesor de Historia Constitucional en la UNAM

