Al cumplirse 4 años del conflicto entre Rusia y Ucrania, este 24 de febrero, que ha dejado cerca de 1.8 millones de muertos, heridos y desaparecidos tanto civiles, como militares de ambos lados, además, de 7.5 millones de ucranianos desplazados fuera de su país y otros tantos al interior del territorio, aparte de la destrucción de ciudades e infraestructura crítica y la pérdida del 30% del territorio ucraniano (Crimea, Donetsk, Luhansk, Jerson y Zaporiyia), cabe preguntarse si tanto sacrificio ha valido la pena.

Yo diría que no. Y todo por no entender el mensaje inicial de Rusia y su presidente Vladimir Putin, de la mesa vacía, que pone en evidencia la falta de visión, oficio y experiencia desde el propio Volodimir Zelenski, la Unión Europea (UE) y hasta la Organización Tratado del Atlántico Norte (OTAN), para identificar claramente las implicaciones políticas, geopolíticas, económicas, comerciales e incluso, ideológicas de una guerra atípica.

Entre las consideraciones políticas y geopolíticas, ningún país del mundo occidental quiso escuchar el mensaje de Vladimir Putin, en el prólogo de la guerra, sentado en aquella gran mesa vacía; él solo, sin letreros, sin banderas, sin otras sillas, ni traductores, ni siquiera vasos de agua -como manda el protocolo-, en el sentido de que no estaba dispuesto a negociar la seguridad de Rusia con nadie, así fueran los EU del viejo Biden, la UE entera o la OTAN en bola. Nadie entendió el mensaje de la mesa vacía.

Parte de ese mensaje significó también que Rusia no ha renunciado al “derecho de antigüedad” sobre las exrepúblicas soviéticas, especialmente en aquellos casos en que la seguridad de la otrora potencia está en juego. Bielorrusia y Ucrania constituyen el último cinturón de seguridad de Rusia con Europa, que se ha adelgazado al mínimo, si consideramos que 9 países del antiguo bloque soviético -incluyendo 4 exrepúblicas-, se han integrado a la OTAN desde 1999.

La forma de preservar ese derecho ha sido mediante buenas relaciones (Bielorrusia) o a través de la intervención directa (Ucrania) desde 2014 para impedir la traición, que significaría aliarse con el enemigo, es decir, con la OTAN, y que implicaría romper ese angosto cinturón de seguridad.

La UE, miope como siempre ha sido de la política regional e internacional y ciega ante la resolución de conflictos bélicos, erró doblemente, primero, al creer que verdaderamente podría vencer a Rusia y, luego, en dejarle todo el delicado tema de Ucrania a la OTAN. El organismo manejó desastrosamente la crisis, sin entender siquiera que Rusia nunca dejaría a Ucrania ser parte de ese organismo, simplemente por seguridad, tema del cual -se supone- ellos son expertos. Lo dudo. En esa miopía la UE y la OTAN utilizaron y utilizan todavía hoy a Ucrania, a su presidente y su territorio para tratar de cobrar rencillas del pasado a Rusia, sin importar las muertes de los ucranianos, mucho menos de los rusos.

Resulta absolutamente incomprensible cómo la UE no ha entendido su papel en el nuevo escenario internacional, luego de dos guerras mundiales en el siglo XX, y la nueva geopolítica mundial del siglo XXI, donde está llamada a ser la potencia buena, que hace la paz y no la guerra, gracias a las simpatías que despierta su desarrollo unionista, su preocupación por el medio ambiente y la defensa de los derechos humanos. En cambio, se haya metida hoy en una guerra atípica, despertando fantasmas del pasado bélico e invirtiendo cuantiosos recursos económicos para su defensa, todo para protegerse -según ellos- del oso ruso, que no pide más que salvaguardar su seguridad.

La inexperiencia política y la arrogancia de Zelenski en desafiar a Rusia -con el apoyo de la OTAN-, y luego al propio EU de Trump, en su propia casa, lo desnuda como lo que es: un mal actor, un mal político, un mal líder y un pésimo presidente también, que gobierna -incluso- sin legitimidad. La historia es siempre un factor a considerar y Zelensky la obvió, por lo que está condenado a repetirla, con todas sus consecuencias.

Hoy, a cuatro años de distancia, y con el cambio de coyuntura política, Zelenski está derrotado políticamente, además de ser el principal responsable de miles de muertes ucranianas, el exilio de millones de compatriotas y la destrucción de ciudades, ante una guerra imposible de ganar. No le hace que las balas y bombas hayan sido rusas, él tuvo la oportunidad de evitar la confrontación, negociar favorablemente con

Rusia, si supiera hacerlo, y sin derramar una gota de sangre, pero prefirió hacerles caso a los enemigos de Rusia. He ahí el resultado. No siempre la defensa de la soberanía nacional se obtiene con guerras, sino con la cabeza y la inteligencia para reconocer su papel estratégico y negociar.

Entre las consideraciones económicas y comerciales, Rusia también ha soportado todas las sanciones que la UE, e incluso los EU de Biden y Trump, establecieron para doblegarlo, pero no han podido. Al contrario, se ha fortalecido y sobrevivido. Y es que la otra parte de esta guerra atípica es la gran riqueza de minerales raros de Ucrania que, en el fondo, todos la disputan para bien o para mal.

El cambio de intereses de EU, a partir de la llegada de Trump, también se explica por esa riqueza mineral, donde el olfato del magnate hará cobrar todo lo que el viejo Biden invirtió en la guerra, al reclamar 500 mil millones de dólares por la ayuda armamentista, ahora a cambio de minerales raros, necesarios para el desarrollo de las empresas estadounidenses.

Las consideraciones ideológicas todavía cuentan, aunque de manera también atípica, pues ahora EU coincide con la Rusia aún socialista, lo cual resulta una verdadera contradicción dialéctica. Lo cierto es que detrás de esta extraña relación EU – Rusia, está escondido el verdadero interés de Trump: debilitar la alianza ideológica y natural entre Rusia socialista y China comunista y aún, enfrentar juntos al nuevo enemigo de Trump y la humanidad, que significa la China S.A. y la amenaza de convertirse en la nueva potencia comercial y global. Si bien, Rusia no tiene suficiente poder económico para tal empresa, por lo menos dejaría sola a la China, en caso de que Putin accediera a la trampa ideológica de Trump. No lo creo.

A 4 años de distancia, las condiciones de esta guerra han cambiado dramáticamente, y tiene a todos los países de la UE y la OTAN, formados en la puerta, queriendo participar en la reunión en donde se firmará la paz y donde se ha colgado un letrero que dice: “se reserva el derecho de admisión”. Asimismo, en un salón contiguo a la reunión, China y su presidente Xi Jinping aguardan pacientes el momento de entrar en apoyo de Rusia, pues al final de cuentas, Trump será un pasajero del tiempo, mientras la alianza ideológica de Rusia y China es y será verdadera y permanente.

Por cierto, la otrora mesa vacía está repleta ahora de banderitas de Rusia y EU, además de salmón, caviar, medovik, Kvas y vodka rusos, así como de hamburguesas y refrescos de cola para ya saben quién, junto a los minerales raros ucranianos que adornan la mesa, donde las dos potencias se repartirán el botín, como lo hacían antes, en una nueva edición de la “guerra frívola”.

Mario Alberto Puga

Politólogo y exdiplomático

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios