En México nos gusta hablar de los grandes cambios nacionales. Discutimos reformas, estrategias de seguridad, programas sociales, transformación. Pero hay una verdad incómoda que pocos quieren asumir: los grandes fracasos nacionales empiezan en lo local.
Empiezan en una luminaria que no funciona.
En una calle sin mantenimiento.
En un parque abandonado.
En una autoridad que privilegia la foto sobre la solución.
Y cuando la alcaldía falla, el país paga el costo.
México vive una transformación histórica bajo el liderazgo firme de nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum, quien ha colocado la justicia social y la dignidad humana en el centro del proyecto nacional. Pero ningún proyecto de nación se sostiene si en lo local se administra desigualdad.
La transformación no puede ser discurso en Palacio y omisión en la colonia.
Una alcaldía no está para presumir eventos. Está para garantizar derechos.
Gobernar no es seleccionar las colonias más visibles para la foto.
Gobernar es atender primero donde más duele.
En Miguel Hidalgo la desigualdad territorial no es percepción: es realidad. Mientras algunas zonas reciben mantenimiento permanente, otras sobreviven entre baches, luminarias inservibles, espacios públicos descuidados y servicios irregulares.
Eso no es un accidente. Es una decisión política.
Es decidir que algunas colonias merecen prioridad y otras pueden esperar.
Pero la dignidad no admite jerarquías territoriales.
No se gobierna para unos cuantos. Se gobierna para todas y todos.
Recorro Pensil, Tacuba, Anáhuac, Escandón, Chapultepec y muchas más. Y lo que encuentro no es apatía ciudadana. Es hartazgo. Las soluciones existen, pero requieren voluntad política.
Vecinas y vecinos no piden privilegios. Piden lo elemental: seguridad, mantenimiento, presencia institucional.
Cuando una madre pide alumbrado para que su hija regrese sin miedo, no está haciendo política. Está exigiendo protección.
Cuando una persona adulta mayor pide banquetas seguras, no está pidiendo lujo. Está exigiendo dignidad.
La transformación que defendemos desde Morena —y que encabeza nuestra Presidenta— exige coherencia en todos los niveles de gobierno.
No se puede hablar de justicia social mientras se gobierna con selectividad territorial.
Si lo local no está a la altura, el proyecto nacional se debilita.
Y lo digo con claridad: Miguel Hidalgo merece un gobierno que camine sus colonias todos los días, no solo en temporada electoral. Merece decisiones valientes, distribución justa del presupuesto y prioridad para quienes han sido relegados.
Porque la política no es espectáculo. Es servicio.
Y si queremos que México siga avanzando, necesitamos que cada rincón esté alineado con esa transformación.
Lo digo con claridad: el 2027 no será una elección de discursos, será una elección de memoria.
La gente recordará quién estuvo en la calle cuando nadie más estaba.
Quién escuchó cuando otros ignoraron.
Quién señaló lo que incomodaba.
Y quién tuvo la valentía de proponer un rumbo distinto.
El futuro de Miguel Hidalgo no se va a decidir en un evento.
Se va a decidir en la confianza construida todos los días.
Y la confianza no se improvisa. Se trabaja. Se camina. Se demuestra.
La pregunta no es si puede hacerse distinto.
La pregunta es quién tiene la voluntad de hacerlo.
Diputada federal. LXVI Legislatura

