Hay imágenes que explican mejor una época que cualquier discurso.
La oposición intenta contar la historia de Coahuila como si siguieran vivitos y coleando. Salieron a celebrar, a presumir músculo y a fabricar una narrativa de victoria, como si una elección pudiera borrar décadas de prácticas que México conoce demasiado bien.
Pero el PRI tiene un problema: puede cambiar de discurso, de logotipo, de candidato, de dirigente, de plataforma y hasta de tecnología. Lo que no puede cambiar es su ADN.
El Universal Responde
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Sigue siendo el mismo partido que durante años creyó que la necesidad de la gente podía administrarse. El mismo que confundió participación ciudadana con control político. El mismo que convirtió al pueblo en padrón, en estructura, en número, en mercancía electoral.
Los dinosaurios aprendieron a usar códigos QR.
Antes eran listas en papel; hoy son bases de datos. Antes eran carpetas; hoy son plataformas. Antes eran operadores con libretas; hoy son operadores con celulares.
Cambió la herramienta, pero no cambió la maña.
Y eso es lo verdaderamente grave: que los dinosaurios no aprendieron a hacer política de forma distinta; sólo aprendieron a digitalizar sus viejos métodos.
Por eso les molesta tanto que se pregunte.
¿Quién financió esa operación? ¿Quién pagó la movilización? ¿Quién integró las bases de datos? ¿Con qué recursos se sostuvo la estructura? ¿A cambio de qué se registró a la gente? ¿Quién dio la instrucción?
Son preguntas elementales en cualquier democracia. Tan elementales que, si todo fue limpio, deberían ser los primeros interesados en responderlas.
Pero no.
Cada vez que se les cuestiona, reaccionan como siempre: con enojo, victimismo y escándalo. Gritan persecución, hablan de ataques y se envuelven en la bandera de la democracia, aunque durante décadas usaron esa misma democracia como mantel para repartirse el país.
Porque el PRI no entiende la transparencia como obligación. La entiende como amenaza.
Por eso quieren vender Coahuila como si fuera una gran lección política. Pero la verdadera lección es otra: los dinosaurios no se extinguieron por falta de tamaño; se extinguieron porque no supieron adaptarse al mundo que cambió.
Y ahí aparece el verdadero rostro de su dirigencia.
Alejandro Moreno es el retrato más fiel del PRI que queda: un partido que ya no convence, sólo opera; que ya no inspira, sólo administra estructuras; que ya no representa futuro, sino nostalgia de privilegios. Habla de pueblo desde la comodidad, habla de democracia desde la maquinaria y habla de renovación mientras carga en la espalda las prácticas más viejas de la política mexicana.
Alito quiere parecer moderno, pero no engaña a nadie: no renovó al PRI, sólo le puso código QR al viejo régimen. Cambió la forma, no el fondo. Cambió la herramienta, no la maña. Cambió el empaque, pero el contenido sigue siendo el mismo priismo de siempre.
Y mientras el dinosaurio con celular aparece disfrutando un partido del Mundial, en un espacio que para millones de familias mexicanas sería simplemente inaccesible, la Presidenta Claudia Sheinbaum y la Jefa de Gobierno Clara Brugada están donde siempre ha estado la Cuarta Transformación: con la gente, en territorio, caminando con el pueblo.
Ahí está la diferencia.
De un lado, quienes hablan de México desde el palco.
Del otro, quienes lo construyen desde la calle.
De un lado, el PRI de la foto, de la grada cara y del aplauso vacío.
Del otro, un movimiento que entiende que la patria no se presume desde un asiento exclusivo: se defiende todos los días con el pueblo.
Porque hasta el Mundial revela diferencias.
Para millones de mexicanas y mexicanos, el futbol es familia, barrio, emoción, bandera y esperanza colectiva. Es la oportunidad de sentirnos parte de algo más grande. Pero para algunos políticos del viejo régimen, México sigue siendo una escenografía: una foto, un boleto caro, un reflector, una oportunidad para aparecer.
Así ha sido siempre.
El PRI nunca entendió al México profundo porque siempre lo miró desde arriba: desde el palco, desde la oficina, desde la estructura, desde el cálculo y desde el privilegio.
Por eso no entienden a una Presidenta que camina con el pueblo, que gobierna con respaldo popular y que no necesita fingir cercanía porque la cercanía ha sido parte de su historia política.
Por eso Coahuila importa. No por el resultado electoral, sino por lo que exhibe: la desesperación de una oposición que necesita reciclar sus viejas prácticas para fingir que sigue viva.
Los dinosaurios quieren presentar lo ocurrido como una reivindicación, pero lo que vimos fue otra cosa: la resistencia de un sistema podrido y viejo que se niega a morir.
Un sistema que durante décadas convirtió la pobreza en oportunidad electoral, la necesidad en estructura, la organización social en control político y la participación en simulación.
Ese sistema se llama PRI.
Y aunque hoy se disfrace de modernidad, aunque use plataformas, códigos QR y discursos de renovación, sigue oliendo a lo mismo: a pasado, a operación, a abuso de la necesidad, a maquinaria electoral.
Ese es el verdadero rostro del priismo.
Por eso celebran cualquier resultado como si fuera oxígeno.
Porque saben que representan un pasado que México ya no quiere de regreso.
Alito podrá presumir fotos, discursos, viajes, estadios y supuestas victorias. Podrá sentarse en un palco, levantar la voz y hablar de democracia con la solemnidad de quien quiere que olvidemos su historia pero no puede escapar de lo evidente, encabeza un partido que cambió los códigos, no las mañas.
Un partido que se dice renovado, pero actúa como antes. Un partido que presume democracia, pero se incomoda ante la transparencia. Un partido que pretende dar lecciones, cuando todavía carga encima el peso histórico de haber enterrado al PRI.
Porque aunque los dinosaurios aprendieron a usar códigos QR, siguen siendo dinosaurios.
Y la historia ya les enseñó cómo termina esa especie.
Diputada Federal. LXVI Legislatura
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