En política, ganar nunca ha sido lo más difícil. Lo verdaderamente complicado es sostener el poder sin perder el rumbo, sin diluir el proyecto y, sobre todo, sin traicionarse. Porque llegar se logra con votos. Pero sostenerse se construye todos los días: con resultados, con congruencia y con autoridad moral.

El movimiento que hoy gobierna México, encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum, no es producto de la casualidad. Morena es la respuesta a años de hartazgo, a una sociedad que decidió apostar por un cambio real. Pero toda victoria cambia las reglas.

Morena nació como movimiento. Y los movimientos, por naturaleza, son amplios, diversos, incluso contradictorios. En ellos, caben distintas voces, trayectorias y visiones.

Esa pluralidad fue, sin duda, una de sus mayores fortalezas para llegar al poder. Sin embargo, gobernar exige algo distinto: orden, claridad de rumbo y, sobre todo, responsabilidad en la toma de decisiones. Hoy, el mayor riesgo no viene de afuera. Viene de adentro.

La pluralidad sin conducción deja de ser fortaleza y se convierte en desorden. Y el desorden, en política, se traduce en mensajes contradictorios, decisiones fragmentadas y disputas por espacios de poder que poco tienen que ver con el proyecto que nos dio origen.

No se trata de negar la diversidad, sino de entender sus límites. La política no puede sostenerse en la lógica de las “tribus”. Cuando los intereses de grupo pesan más que la causa, lo que se erosiona no es solo la eficiencia de los gobiernos, sino su credibilidad.

A esto se suma otro problema igual de delicado: los nombramientos, “títulos nobiliarios”, sin sustento. Cargos que se reparten como si fueran títulos honoríficos, sin responsabilidad real, sin resultados y, muchas veces, sin trayectoria que los respalde.

En política, no basta con ocupar un cargo. Hay que estar a la altura de él.

No preocupa la falta de experiencia —nadie nace sabiendo hacer política—, sino la reiteración de perfiles cuya trayectoria no acredita compromiso con lo público, ni una ética acorde con la responsabilidad que implica tomar decisiones desde el poder, o siquiera acorde a los principios que nos rigen como movimiento.

Ahí comienzan las fracturas. También preocupa —y mucho— la distancia entre el discurso y la realidad. Hay quienes han hecho del discurso una herramienta para posicionarse, pero no han logrado traducirlo en resultados. Y en política, la simulación tiene fecha de caducidad.

Gobernar no es prometer. Gobernar es cumplir. No es llenar de propaganda las calles ni de narrativa las redes. Es resolver, es responder y es dar resultados. Pero hay una dimensión aún más grave. La que no aparece en los informes, pero se vive todos los días: la violencia política disfrazada de diferencia.

No se trata de crítica —que es necesaria—, sino de descalificaciones, de usar la mentira como herramienta e intento de destruir al otro para ocupar su lugar. Cuando las diferencias derivan en ataques o en la minimización del trabajo ajeno, lo que está en juego no es solo una disputa interna, sino la coherencia de un proyecto que ha hecho de la igualdad y la justicia sus principales banderas. Particularmente entre mujeres, esto es inaceptable.

No se puede hablar de igualdad hacia afuera y practicar exclusión hacia adentro. No se puede enarbolar la sororidad en el discurso y abandonarla en los hechos. Porque entonces, el mensaje es claro: la narrativa es conveniente… pero no es real. La transformación no se sostiene con discursos. Se sostiene con coherencia.

Se construye cuando lo que decimos coincide con lo que hacemos, cuando corregimos lo que está mal —aunque incomode— y cuando entendemos que el poder no es un espacio para competir, sino para construir. Los proyectos políticos no se desgastan solo por la presión externa. Se debilitan cuando pierden rumbo, cuando dejan de cuestionarse y cuando empiezan a parecerse a aquello que prometieron cambiar. Por eso el verdadero reto no era llegar.

El verdadero reto es no perderse en el camino. Porque “llegamos todas” no es una consigna de conveniencia ni de coyuntura. Es una ruta que hoy se expresa desde la Presidencia de la República, pero que nos compromete a todas. Nos obliga a sostenerla con hechos. A ejercer el poder con congruencia. Y a estar a la altura de lo que representamos. Porque si no es así, no llegamos todas.

Diputada Federal LXVI Legislatura

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios