La niña tenía 13 años cuando un cártel la reclutó en Navolato, Sinaloa, mientras vendía elotes en la esquina de un antro. Le ofrecieron pertenencia, dinero y protección, pero pronto pasó a ser una pieza desechable de su maquinaria criminal. A los 15 estaba tras las rejas por un homicidio; hoy, con 19 años, intenta rehacer su vida y estudia Psicología para evitar que niños de su colonia sean reclutados. Graciela es apenas un ejemplo de cómo miles de niñas y niños son atrapados por el crimen organizado en una guerra inútil que despoja a México de generaciones enteras.

La fracasada “guerra contra las drogas”, encarnada hoy en el Mayo Zambada —figura emblemática del presumido éxito de las agencias estadounidenses—, ha sido un desastre social para México, EU e incluso en Europa, que ya empieza a sentir sus consecuencias.

México ha pagado el costo humano más alto. Desde 2008, se han registrado más de 400 mil homicidios y a más de 100 mil personas las han desaparecido. En decenas de pueblos el Estado se retiró y los cárteles impusieron su “autoridad”, reclutando jóvenes y controlando el comercio. Más de 450 mil personas han sido desplazadas por violencia criminal; familias enteras abandonan sus tierras, negocios e historias de vida. Miles de adolescentes reclutados como halcones o sicarios, convertidos pronto en despojos. En regiones sin opciones, los cárteles son el “empleador” principal y la sociedad queda organizada en torno al miedo.

El pueblo estadounidense creyó estar al margen del dolor, hasta que los opioides y en particular el fentanilo han llevado a decenas de miles de personas a la muerte en los últimos años; además, son visibles muchos barrios en decadencia y familias desintegradas. Aun así, su gobierno invierte más en políticas de guerra fuera de sus fronteras que en salud y prevención en casa.

Ahora el daño se expande a Europa, el consumo de cocaína ya supera al cannabis en ciudades como Ámsterdam, Bruselas y Barcelona. El ajuste de cuentas en Países Bajos y Bélgica, ligado al Cártel de Sinaloa, muestra cómo la violencia empieza a permear subculturas urbanas, repitiendo el patrón mexicano.

Como en todo esquema de economía de mercado, en el tema de las drogas la desigualdad queda expuesta. En México y en América Latina los pobres pagan las violencias, mientras que en los mercados ricos consumen las drogas. Así, las consecuencias, aunque distintas en magnitud, son compartidas; en México con muertos y desaparecidos, en EU sobredosis y muertes y en Europa con mafias emergentes. En todos los países involucrados hay familias rotas y un dolor difícil de sanar.

El rostro del Mayo Zambada simboliza que la “guerra contra las drogas” ha sido una guerra contra las sociedades, no contra el tráfico y el consumo. Los cárteles son hoy más ricos, diversificados y globales; trafican más drogas, personas y armas; expanden su cultura de violencia a través de símbolos, como corridos, lujos y un estilo de vida que normaliza la ilegalidad; lavan dinero en países ricos y levantan emporios “legales” en los suyos.

El juicio al Mayo puede presentarse como un triunfo judicial en Estados Unidos, pero en México el saldo se mide en vidas como la de Graciela, jóvenes reclutados en comunidades abandonadas y usados como objetos desechables. La guerra contra las drogas no ha reducido la violencia ni el consumo, pero sí ha multiplicado los cárteles, la corrupción y dejado generaciones marcadas por el miedo y la frustración.

Lo urgente no es seguir gastando en políticas restrictivas ni en exhibir capos tras las rejas, sino en impedir que el reclutamiento juvenil se normalice, en enfrentar la complicidad política y en asumir al crimen organizado como un desafío global, donde todos los países, productores y consumidores, tienen responsabilidad.

Presidenta de Causa en Común

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