En el vibrante mes de marzo, en el que se conmemora el Día internacional de la Mujer y se reconoce el valor femenino a través de los tiempos, resplandece la figura de doña Josefa Ortiz de Domínguez. En este mes en el que también se conmemora su fallecimiento, nos invita a recordar que su voz encendió la llama de una revolución. Su coraje y determinación la erigen no sólo como un pilar de la historia de nuestro país, sino como una inspiración eterna para aquellas almas que luchan por la justicia y la igualdad.

Josefa Ortiz, nacida el 8 de septiembre de 1768, en Valladolid, hoy Morelia, Michoacán. Criolla de nacimiento, de sangre morisca, hija de la unión de mulata y español, conoció la orfandad a temprana edad y creció al amparo de su tía. Según narra la historiadora Laureana Wright, como su tía residía en la ciudad de México, fue inscrita en el Colegio de las Vizcaínas de orientación jesuita, que proporcionaba una educación en cierto modo laica, con aires ilustrados. Lugar en el que conoció al prestigiado abogado Miguel Domínguez, integrante del patronato de la Escuela, quien la tomó bajo su protección desde los 17 años y que al quedar viudo se casó con ella, con quien procreó 14 hijos.

Su vida fue tejida por la pérdida, bebió de las aguas amargas de la discriminación y el desprecio racial. Sus días se nutrían de conversaciones plagadas de sueños provocados por las penas de criollos y mestizos que clamaban por justicia. Josefa, eco de esas voces, se convirtió en la llama que desafiaba la oscuridad de la injusticia. Caracterizada por una voz, suave en su género, pero feroz en su convicción.

La vida de doña Josefa se desarrolló en el corazón de Querétaro, donde su esposo fue nombrado Corregidor, en un escenario de descontento, cuando la Nueva España se debatía bajo el yugo de la corona española. Josefa encontró en su alma gemela, el abogado Miguel Domínguez, no únicamente el amor, sino, también un compañero en la sed de justicia, que, si bien no participaba de las secretas reuniones independentistas, sí estaba enterado de su contenido.

En la velada del 13 de septiembre de 1810, el destino de una colonia se tejió con hilos de conspiración. Narra la historia que, encerrada por su esposo entre las cuatro paredes de su habitación, pero con un corazón que no conocía barreras, con un susurro a través de las rejas, envió un mensaje que encendió la mecha de la revolución. Abrió paso a un adelantado “grito de Dolores” que resonó hasta el alba de la libertad.

Esta muestra de valentía le trajo consigo persecución y pérdida de la libertad, con la consecuente separación de su esposo y de sus hijos. Vicisitudes que nunca coartaron su espíritu de lucha por sus ideales libertarios. Hasta que el 2 de marzo de 1829 falleció víctima de una pleuresía.

Hoy su nombre se escucha con reverencia, denominando avenidas y plazas, en lienzos que retratan su respetado rostro, inmortalizada en bronce y mármol. Su espíritu indomable jugó un papel clave en el despertar de nuestra nación. Poetisa de la libertad, sin haber escrito versos. Su vida es un poema épico de lucha y pasión.

Al recordar a doña Josefa Ortiz de Domínguez, su visión se eleva como un águila sobre el horizonte del tiempo, recordándonos que el coraje y la valentía de una persona, puede despertar el espíritu de muchos. En la quietud de la noche, cuando escuchamos el viento, podemos percibir un eterno susurro, que nos invita a nunca olvidar el precio de la libertad.

Ministra en retiro de la SCJN. @margaritablunar

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