El proceso mediante el cual una idea o justificación que pasa de ser considerado extraordinario o ilegítimo a ser percibido como aceptable o rutinario dentro del discurso público, político o institucional, es la normalización de un argumento.

A través de la repetición y de la validez implícita se moldean las expectativas sobre lo que es políticamente posible. Foucault hablaba de la creación de un “régimen de verdad” no porque fuera verdadero, sino porque circula con autoridad y se vuelve dominante.

Cuando Trump expresó el interés de que Estados Unidos adquiriera Groenlandia, el argumento central no fue económico o cultural, sino estratégico y de securitización; Groenlandia sería un activo crítico para la seguridad nacional debido a su posición geográfica, su acceso económico y militar.

Pese a que la propuesta no ha derivado de una acción formal —hasta el momento— el hecho de introducirla en la narrativa de Washington se normaliza el argumento, se justifica la adquisición —“por las buenas o por las malas”— y comienza a ser percibido como una opción legítima de geopolítica en lugar de una violación excepcional de un principio de soberanía. El caso en sí no produce un cambio jurídico, pero contribuye a un desplazamiento discursivo.

Lo que antes era impensable comenzó a discutirse en la comunidad internacional como opción estratégica.

El riesgo de normalizar el argumento no es el peligro de no ser legal, sino sistémico. Si los actores globales en este nuevo orden mundial argumentan que su seguridad nacional justifica intervenir de acuerdo a sus intereses estratégicos geopolíticos se normaliza la ley del más fuerte, y se debilita el orden internacional lo cual ya está ocurriendo.

Botones como la guerra Rusia-Ucrania ha sentado un precedente (geo)político no jurídico. Y en esa ruta el conflicto latente China-Taiwán pese a no ser planteado como “expansión” sino como el principio de “una sola China”, podría encontrar una ventana para esa normalización del argumento.

Los actores más fuertes protegerán sus intereses y su seguridad nacional, aunque se violen principios de soberanía y fronteras.

Por eso en Davos el discurso del primer ministro canadiense Mark Carney arrojó luces sobre algunos ánimos globales: “..Estamos en medio de una ruptura, no una transición”

Y en este convulso contexto México por su asimetría con Estados Unidos es especialmente sensible a esta dinámica.

Los focos rojos del gobierno de Sheinbaum danzando entre una deficiente reforma judicial, la iniciativa para una electoral en medio de un frágil Estado de derecho, descontento social, el elefante blanco en la sala económica, una violencia imparable y una protección institucional a la hidra narcopolítica, es tierra fértil para la normalización de ese argumento de securitización.

Y con el aumento de la tensión bilateral, la relación Trump-Sheinbaum no está automáticamente convertida en un juego de suma cero, pero sí la desplaza peligrosamente en esa dirección.

Y el riesgo central en el epicentro del T-MEC es la erosión gradual del equilibrio cooperativo. Si Canadá sale del tratado comercial se rompe el ancla institucional y el sistema se vuelve más conflictivo perdiendo México su capacidad de apalancamiento multilateral con impactos particularmente adversos; para Sheinbaum, el peor de los mundos donde ceder o resistir implica costos elevados y persistentes.

Empezando su segundo año de gobierno.

@GomezZalce

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios